Drowsy land, Sancho Panzas y la guerra contra el chamuyo: el universo según Lou Booba

Lou Booba es uno de esos artistas que aparecen cada tanto y descolocan todo: la escena, las reglas, las expectativas y, sobre todo, la idea de qué puede ser un rapero del interior. Desde Salta, construyó un universo propio —ritual, poético, delirante, profundamente narrativo— que no se parece a nada de lo que circula en el mainstream argentino. Su obra se mueve entre la vulnerabilidad y la demencia lúcida, entre la épica del peón y la filosofía del fisura, entre la estética Sega y la espiritualidad yoruba.

En esta entrevista, Lou habla con una honestidad feroz: de la validación externa, de los parásitos mentales, de la necesidad de tener un Sancho Panza, de la pesadilla de Drowsy land, de la Game Booth Nation, de la creación de videojuegos, de su propio “gobierno hubuesco” y de la convicción de que la única línea posible es la que uno sostiene aunque se derrumbe todo alrededor. Y en ese sentido, su figura dialoga —a su manera, desde otro territorio y otra escala— con la tradición de raperos que hicieron de la construcción de un mundo propio una forma de resistencia. Uno de ellos es Booba, el histórico rapero francés nacido en Boulogne-Billancourt, pionero del gangsta rap en Francia, fundador de 92i y una de las voces más influyentes del hip hop europeo. Booba convirtió su identidad en un imperio: discos, moda, sellos, polémicas, una estética inconfundible y una ética de supervivencia que marcó a generaciones. Su carrera es un ejemplo de cómo un artista puede crear un ecosistema cultural entero alrededor de su nombre, sin pedir permiso y sin bajar la cabeza.

Lou no es Booba —ni quiere serlo—, pero hay un eco común: la idea de que el rap no es solo música, sino un territorio, una mitología, una forma de habitar el mundo. Un espacio donde la imaginación, la disciplina y la terquedad pueden más que cualquier estructura.
Lo que sigue es una conversación larga, intensa y llena de imágenes. Lou piensa en voz alta, se contradice, se ríe, se oscurece, se ilumina. Y en cada respuesta aparece algo que hoy escasea: una visión.

O.c:  Salta tiene algo que, de a poco, parece estar consolidando una escena propia dentro del hip hop. El año pasado escuché el disco de Alkoy —otro rapero salteño que me sorprendió mucho, creo que ahora radicado allá— y me quedó la sensación de que en el norte hay una gran tribu alrededor del rap, una comunidad muy viva. ¿Vos cómo lo percibís desde adentro?

Luba: Lo que pasa con Salta es que se mezclan varios temas. Primero, que hay un abanico enorme de experiencias artísticas: rap, folclore, break… El ganador de break, por ejemplo es salteño.

Todos nosotros estuvimos mucho tiempo bajo la sombra, viéndonos las caras todos los días, perfeccionándonos. Y empezó a aparecer en la cabeza de todos los pibes esa idea de que no éramos suficientes. Ese pensamiento muy de provincia, de “no somos capital”, de “no estamos a la altura”.

Acá hay menos oportunidades, menos inversión, menos exposición. Y eso baja los ánimos: todo el tiempo te dicen en la cara que no hay futuro en lo que haces, que estás flasheando, que perdés el tiempo. Entonces imagínate: los que quedan son los que tienen una convicción muy fuerte. Tan fuerte que cuando salen de acá, van y rompen todo.

Te puedo dar mil ejemplos. El ganador de la última Red Bull BC One que fue a representar en baile es un chico de Salvador Mazza con el que yo me crié haciendo freestyle. El Alcoy, otro demente: fue provincia por provincia ganando todas las competencias, llegó a Buenos Aires, la rompió, y hoy está consagrado.

Después tenés diseñadores enormes, muralistas, poetas. La última vez que fui a Buenos Aires pasé por el Centro Cultural Kirchner y estaban haciendo una orquesta con canciones del Cuchi Leguizamón. Acá valoramos muchísimo a nuestros exponentes como el Cuchi. No lo dejamos como “ah, bueno, pasó en algún momento”. Lo llevamos como una bandera.

O.c: Pienso en tu música, y también en lo que hablábamos de Alcoy. En el tema donde lo invitás aparece muy marcada por otros genéros. ¿Cómo funciona esa raíz en tu sonido? ¿Eso es ‘lo salteño’ en tu disco? Lo pregunto porque muchxs creen que el rap y el folclore están separados, cuando en realidad conviven hace rato.

Luba: Yo creo que la narrativa del folclore es distinta, obviamente, a la del rap. Pero cuando hago mi poesía trato de difuminar los géneros. A mí no me interesa tanto la clasificación, sino cómo me hace sentir la música. Lo instrumental tiene que llevarme a algún lado: a un bioma nuevo, a una atmósfera rara.

Lo primordial en ese junte era que pasara algo, que hubiera una atmósfera. Y la poesía que empezamos a armar entre los dos se fue entrelazando de una manera muy rara. En algunos puntos él improvisó la letra que venía para ese tema. Nos juntamos en un estudio, unimos lápiz, y quedó eso.

O.c: ¿Dónde fue grabado el disco? ¿En un estudio propio, alquilado? ¿Fue grabado en Salta?

Luba: Fue grabado en Salta, en un estudio que se llama Level Z. Yo necesitaba un espacio grande para pensar, y Level Z —Leo Vásquez— es un chabón que viene laburando con cumbia, con folclore, con todos los géneros. Está muy curtido, no tiene filtros en el oído. No es que yo le voy a caer con rap y le va a costar integrarse: él laburó con artistas de todos los palos.

O.c: Creo que eso también hace que puedas abrir el estilo del disco. No es lo mismo un productor solo de rap que alguien que indaga en distintos géneros.

Lua: Eso le sumó muchísimo, porque la visión de él estaba tres pasos adelante de la mía. Yo estoy muy curtido en la poesía, y él está muy curtido en la melodía. Yo tengo una idea de melodía porque trabajé mucho lo que escucho y vengo seleccionando hace tiempo qué me gusta. Pero cuando yo le explicaba —siempre pensando que no me iban a entender— él no solo me entendió: estaba tres pasos adelante.

Me mostraba lo que hacía con la instrumental y yo no lo podía creer. Llegaba a hacer cosas que yo no sabía que quería.

O.c: Recién me decías que venís muy desde la poesía. ¿Qué te atrae de ese mundo y cómo se filtra en este disco, en este rap? Porque se nota un trabajo fuerte en la lírica, algo claramente poético.

Luba: A mí lo que más me atrae de la poesía es cuando una palabra puede llevarte directo a una imagen, casi como el efecto inverso de mirar una pintura. No puedo mostrarte imágenes para que entiendas lo que digo: la poesía tiene que hacer ese trabajo. Ahí me ayudaron muchas cosas que aprendí de Mara Pastor y de la poesía de la Comunidad Yoruba.

Una herramienta clave fue el subrayado: partir de un grupo de palabras y quedarme solo con las que realmente tienen fuerza, hasta que una estrofa puede reducirse a un one‑liner, como un chiste de Steven Wright o Demian Martin.

También entra algo del stand‑up: Richard Pryor, ese humor que te hace hacer sinapsis. Yo quería que esa sinapsis te llevara a una imagen, a un sentimiento, a un lugar. Lo importante era que hubiera un campo visual. Y nada, seguí ese camino con buenos mentores y quedó lo que quedó.

O.c: Drowsy Land, ¿de dónde nace?

Luba: Drowsy land nace de una envidia que tengo desde chiquito, quizá hacia J.K. Rowling, por haber creado el mundo de Harry Potter. Yo me acuerdo de que todo el mundo hablaba de Harry Potter, mi papá me compraba las revistas, me llevaba al cine. Pero yo no fantaseaba tanto con estar ahí, sino con crear un mundo así. Sentía que me habían robado esa historia, ese universo; que era más mío que de ella.

Lo mismo con Stephen King o con cualquier enfermo que crea mundos. Siempre quise hacer algo así. Desde chico me mandaba con el diseño: estaba metido en una página que se llamaba Neurons, hacía videos y animaciones con Macromedia Flash Player, inventaba pequeñas historias.

Solo que ahora, de grande, tengo otras herramientas lingüísticas, otros conocimientos para llevarlo a cabo, que de guachín no tenía.

O.c: Es un disco que me pareció muy interesante, y siento que tiene una crítica social fuerte. Una de las canciones que más me sorprendió fue Salomónico, donde hablás de la sociedad y del mainstream como si fueran un tablero de ajedrez.

Lua: Salomónico nace de querer conectar el trabajo arduo con el mainstream, pero sin decirlo literal, por eso busqué una metáfora más tridimensional. Trabajé el tablero de ajedrez como si fuera un objeto en un taller: lo giré en mi cabeza, lo miré desde abajo, desde los costados, desde arriba. Desde ciertos ángulos los peones desaparecen; desde otros, tapan a las torres. Hasta que, visto desde un plano picado, una partida bien jugada parecía un QR. Siempre desde la mirada del peón. Y así fui escribiendo lo que veía.

O.c: No por nada elegís al peón: es el que va siempre al frente, el que recibe las primeras batallas, el que pierde primero.

Lua: Sí, y pasa algo muy loco con el peón: la única manera de cambiar de dirección es matando a otro. Solo puede salir de su línea matando. Eso es rarísimo y muy fértil para escribir.

Muchas de esas líneas vienen de una mentoría que tengo con Steven Wright, que te súper recomiendo.

O.c: En tus videos y en la gráfica hay mucho de videojuego. Tiene una estética muy noventera, muy arcade. ¿De dónde surge esa necesidad?

Lua: Viene de una nostalgia muy infantil. Me quedé con la idea de que hay cosas irreproducibles: el olor de los cartuchos, soplar un cartucho… para mí eso era importantísimo.

Mi estética nace ahí: SEGA Génesis, dieciséis y treinta y dos bits, un mundo donde todo tenía otro valor. Yo sigo viviendo en ese tiempo; no es que vuelvo atrás, es que mi línea de tiempo es esa.

Por eso todo lo que haga va a tener esa estética. Estoy en ese bucle, y me encanta

O.C. Otra canción que me llamó la atención —y voy saltando entre discos— es Cornucopia. Me pareció un tema muy personal, casi un estado mental. ¿En qué momento nació?

Luba: En ese momento estaba en una relación que no funcionaba y atrapado en la monotonía del laburo. Acá de una a cinco de la tarde hace un calor tremendo y está todo cerrado, no tenía nada para hacer. Y venía así hacía más de un año.

Vivía con mi pareja y era todo raro, sistemático, en loop. Ni siquiera tenía espacio para escribir.

Encima, durmiendo, me cayeron dos alacranes del foco y me picaron. Me arrastré por el comedor, exageré un poco porque ya venía mal. Mi viejo los mató de una piña.

Al otro día salí en bici para ver si transpiraba el veneno. Me dolía la pierna, la tenía dura. No se me fue: se intensificó. Por eso en el tema digo “ando en bicicleta con veneno en la pierna”. El tema es eso: fragmentos fotográficos de mi cabeza.

O.C. También siento una crítica a la ambición y a la necesidad de pertenecer. ¿Qué te preocupa de esa lógica en una escena donde parece que siempre hay que encajar?

Luba: La escena —o lo que sea que llamemos “escena”— funciona como un filtro para detectar a quienes quieren entrar por interés. Si se nota, te rechazan.

Muchos se acercan más por la movida que por el arte. En ese momento era: “¿Estás acá por la repercusión o por el arte? Si es por otra cosa, te hacemos mierda”. Mucho hermetismo.

No se pasaba data: ni discos, ni conceptos básicos del hip hop, ni libros. Era difícil curtirse.

Había algo medio maléfico ahí, pero también hizo que algunos valoraran de verdad el dato, el link, la información. Como una colección del dato.

O.c: Otra canción que me gustó mucho es El héroe consumido por su época. Me da la sensación de que abre con una especie de declaración de fe, no religiosa sino existencial. ¿Cómo entra eso en tu manera de pensar la música y de escribir? Siento algo muy existencialista ahí, quizás ligado a la poesía.

Luba: Es loco, pero vivo en contradicciones. Y una grande es que, dentro de lo metafórico, no podés ser metafórico porque sí: ese mundo también necesita lógica.

En la vida lógica te dicen: laburá, ganá plata, viví bien, tené pareja, serví a la sociedad. Pero si hablás desde la ambición o la fantasía, sos un delirante.

Cuando empezás a hacerle caso a ese delirio, entrás a otro mundo, pero ese mundo también tiene reglas: no es grabar un tema y viajar. Tenés que instruirte, saber usar las herramientas, leer poesía de verdad, entender tu rol, tu función.

Y para mí la música es un ritual. Atraés a la gente de tu misma esencia, como en la comunidad yoruba. Yo soy un recolector: con mi música atraigo a mis recolectores, a mi tropa.

Quiero hacer un show en Buenos Aires con proyectores al techo, animaciones nuevas, alfombras, almohadones, limonada, banda en vivo. Quiero romper la estructura de estar parado. Soy muy vago: Drowsyland nace de que duermo mucho. Busco la paz. Quiero crear ese lugar de paz y que la gente lo viva conmigo.

O.C. Otra canción que me llamó la atención es Cornucopia. La sentí muy personal, casi un estado mental. ¿En qué momento nació?

Luba: Estaba en una relación que no funcionaba y atrapado en la monotonía del laburo. Acá de una a cinco hace un calor tremendo y está todo cerrado; no tenía nada para hacer, y venía así hacía más de un año.Vivía con mi pareja y era todo raro, sistemático, en loop. Ni siquiera tenía espacio para escribir.

Encima, durmiendo, me cayeron dos alacranes del foco y me picaron. Me arrastré por el comedor, exageré un poco porque ya venía mal. Mi viejo los mató de una piña.

Al otro día salí en bici para ver si transpiraba el veneno. Me dolía la pierna, la tenía dura. No se me fue: se intensificó. Por eso en el tema digo “ando en bicicleta con veneno en la pierna”. El tema es eso: fragmentos fotográficos de mi cabeza

O.C. También veo una crítica a la ambición y a la necesidad de pertenecer. ¿Qué te preocupa de esa lógica en una escena donde parece que siempre hay que encajar?

Luba: Sí. Siento que la escena —o lo que llamemos “escena”— funciona como un filtro para detectar a quienes quieren entrar por interés. Si se nota, te rechazan.
Muchos se acercan más por la movida que por el arte. En ese momento era: “¿Estás acá por la repercusión o por el arte? Si es por otra cosa, te hacemos mierda”. Mucho hermetismo.
No se pasaba data: ni discos, ni conceptos básicos del hip hop, ni libros. Era difícil curtirse.
Había algo medio maléfico ahí, pero también hizo que algunos valoraran de verdad el dato, el link, la información. Como una colección del dato.

O.C. También gustó es El héroe consumido por su época. Siento una declaración de fe existencial. ¿Cómo entra eso en tu manera de pensar y escribir?

Lua  Vivo en contradicciones. Y una es que, dentro de lo metafórico, también tiene que haber lógica.
La vida lógica te dice: laburá, ganá plata, viví bien, serví a la sociedad. Pero si hablás desde la ambición o la fantasía, sos un delirante.
Cuando le hacés caso a ese delirio, entrás a otro mundo, pero ese mundo también tiene reglas: no es grabar un tema y viajar. Tenés que instruirte, usar bien las herramientas, leer poesía de verdad, entender tu rol.
Para mí la música es un ritual. Atraés a la gente de tu misma esencia, como en la comunidad yoruba. Yo soy un recolector: con mi música atraigo a mis recolectores, a mi tropa.
Quiero hacer un show en Buenos Aires con proyectores al techo, animaciones nuevas, alfombras, almohadones, limonada, banda en vivo. Quiero romper la estructura de estar parado. Drowsyland nace de que duermo mucho: busco la paz. Quiero crear ese lugar de paz y que la gente lo viva conmigo.

O.C. Recién hablabas de la paz, y pienso en ese “enemigo diminuto” que mencionás. ¿Te pasó? ¿Sentís que existen esos parásitos que parecen insignificantes pero te van marcando?

Luba: Lo que te hace daño no es alguien que te grita en la cara. Eso no duele tanto. Lo que te destruye es quien, de a poco, te convence de que sos un pelotudo.
Si me venís de frente, chocamos y listo. Pero si todos los días me metés la idea de que fallo, ahí sí estoy hasta las bolas.
Hablo de esa gente que es parásito real en tu cabeza. Y también de los supuestos ambiciosos que después se conforman con lo primero que les permite subsistir. Desde ahí se vuelven unos hijos de puta con los demás, con la bandera de “no quiero que te pase lo que me pasó a mí”. Y te arruinan porque ellos no pudieron.

O.c: En el disco conviven pop, calle, rap clásico. ¿Cómo se mezclan esos mundos en tu música?

Luba: Para mí lo primordial es la atmósfera, y eso viene de la mezcla de géneros con la que crecí.
Mi mamá es fan del jazz y del pop: George Michael, Cheryl Lynn. Mamé mucho de eso.
De mi papá, la salsa: Marc Anthony, El Gran Combo, la Orquesta de la Luz.
La intro del disco me la recomendó él en el auto. Escuché esa frase —“algunas cosas vas a creer llorando”— y dije: listo, este es el intro.

O.c.  En la canción gerónimoo, donde invitás a Alcoy. Habla de un hombre consumido por su época. ¿Sentís que hoy también estamos consumidos por esta época tan acelerada?

Luba: El tema nace de una película sobre un indio que se llama Jerónimo. Le matan a la familia y a la aldea. En el tema uso un diálogo de ahí: “¿Qué querés que haga?”. No le queda otra que ir al frente.
En el álbum aparece ya avanzado, como diciendo: “¿Sabés qué? Nos está pasando lo mismo que al del principio, el de los parásitos. ¿Qué hacemos? ¿Abandonamos o seguimos de frente?”. Y la onda es seguir de frente.
Por eso digo: “los árboles crecerán torcidos hasta que sus copas brinden”. Vamos a pifiar, pero vamos a coronar.
También digo: “yo con vos fui el Barça cuando muchos te fueron River”. Aposté por vos cuando otros no.
Alcoy se mimetizó perfecto. En un momento dice: “alumbro la escena del crimen poniendo en contacto el auto”. Era un mar de sincronicidad: imágenes aparecían como un storyboard. Apenas hacés contacto, apenas decidís avanzar, ves quiénes son los giles.

O.c:  También creo que es una canción que cuestiona la pertenencia y la validación externa. En la música uno necesita cierta validación para entrar al circuito. ¿Cómo te llevás con esa idea, sabiendo que siempre hay algo externo marcando el camino?

Luba: Con la validación externa tengo algo claro: me incomoda la gente que dice que no la busca. Porque quien busca validación impostando, sin ser él mismo, vive incómodo. Y alguien incómodo se manda cagadas. Se nota cuando un chabón no está en sincronía con su entorno: cae mal, sufre y termina siendo una mala persona.
La validación externa es válida, pero no si estás incómodo con la versión de vos que mostrás. Ahí sos falso. Todos los artistas buscamos esa cuota de valoración: si no, haríamos música solo para nosotros. Lo que mostramos es porque queremos ver cómo lo mira el otro.
Mientras seas vos y estés de acuerdo con lo que mostrás, está bien. Si no, vas a molestar a gente que lo hace por amor.

O.c: En esa canción nombrás a María Elena Walsh y decís que hay que aspirar a ser un poco ella.

Luba: Sí. María Elena Walsh me marcó desde chico. Me encantaban los submundos que creó. Yo aspiro a eso: vivir cómodo dentro de mis propios mundos.
Estoy preparando muchas cosas: una novela visual de tres capítulos con actores en Salta; una coreografía estilo Smooth Criminal con más de 25 bailarines, una coreógrafa de Uruguay, una cantante de Estados Unidos y un rapero de Santa Fe. Vienen todos a Salta. Va a haber drones, cámaras, un despliegue enorme. Mucha plata invertida, pero es mi búsqueda y va con el blog del que te hablaba.

O.C. ¿Y ese blog cuándo va a empezar a salir?

Luba: Va a surgir de a poco. Este año salen las últimas piezas gráficas y visuales para armar segmentos: animaciones, videojuegos, la novela, cuentos, poesías.
La idea es que sea un lugar sin feedback externo. No me van a poder escribir. Entrás, interactuás y listo. Si no te gusta, no entrás. Ahí voy a subir todo. Voy a eliminar YouTube. Quiero poner de moda crear tus propias páginas web.

O.c: Otra canción que me llamó la atención fue Nadie garantiza a niños en la calle. ¿Por qué ese título?

Luba: Es un poco cierto. Siempre pienso que quien más se muestra como algo suele ser quien más está en contra de eso. Tomo la referencia de Nike: una empresa que, al existir, garantiza que haya niños descalzos. La contraparte se maximiza.
Cuando escribí ese tema estaba muy loco, tratando de entender qué significa llevar una idea o una empresa a lo más grande y terminar afectando a los más indefensos.
Es un tema escrito desde una visión bastante infantil, y me gusta darme esos momentos de incoherencia.

O.c: Es una canción que también defiende el aburrimiento. En un mundo donde hay que producir todo el tiempo, ¿qué tan importante es aburrirse para crear?

Luba: Totalmente. Y hay algo que me gusta mantener: dejar de sostener cosas que dijimos alguna vez. Te cargás una mochila de cosas que podrías soltar.
Tengo amigos que creen que tienen que estar todo el año en buena forma. Si están un mes gordos, sienten que se les cae el mundo. Y viven en el gimnasio.
A mí me costó desligarme de muchas cosas, pero pude. Hoy tengo la cabeza más callada porque destruí muchos preconceptos que pensaba que tenía que sostener.
Te reinventás todo el tiempo. Lo que de niño pensabas que era así, de grande no tiene nada que ver. Mi cabeza hoy está vacía de eso.

O.c:  En No hay lugar para los débiles hacés una crítica a la viralidad vacía. ¿Vivimos en un mundo donde realmente no hay lugar para los débiles?

Luba: No, no hay lugar para los débiles. Los que buscamos cambiar algo estamos siendo hostigados, ninguneados. Y cuando le pegás a la serpiente, vienen todos hacia vos.
Si sos débil, te comen. No hay mucha metáfora. Es supervivencia del más apto.
Si no sos buen escritor, si no llamás la atención, si tus ideas son vagas, no te da. Y el mundo te lo hace saber.

O.c: Pero también hay cosas que funcionan desde el nicho. A veces uno tiene que entender que su lugar es ese, y que el mainstream o la viralidad vacía no son el camino.

Luba: Sí, pero también siento que hay una confabulación enorme y que todos nos hacemos los boludos. El mainstream no es lo que pensamos. El detrás de escena tampoco. Hay mucho ficticio, mucho chamuyo.

El otro día me enteré de algo tremendo: gente de la Iglesia que no leyó la Biblia ni tres veces. Obispos que no la leyeron más de diez. Y peor: un tipo armó todo su discurso con ChatGPT, versículo por versículo, lo actuó, se lo aprendió, y hoy es conocido a nivel nacional. Todo empezó hace un año y medio. Es un chamuyo gigante.

Lo mismo pasa con el diseño. Yo pensaba que los que trabajaban en empresas sabían muchísimo más que yo. Y cuando laburé con diseñadores profesionales —de acá y de Europa— no sabían nada. No sabían usar After Effects. Es todo un chamuyo.

O.c: Me pareció interesante lo de los curas, porque debe haber muchos así. Vivimos en un mundo donde, por usar herramientas como Chat GPT, creemos que sabemos un montón cuando en realidad no sabemos nada.

Luba: No sabemos nada de nada. Todo el tiempo mintiendo. No podemos defender nuestro laburo todos los días. No siempre estamos al 100%. A veces trabajamos desde la memoria muscular.

O.c: Otra de las canciones que me gustó mucho es Nada realmente importa. Siento una tensión entre un dios y un diablo. ¿Cómo nace esa canción?

Luba: La escribí con mi amigo Gastón Muñoz —Gastón Belmont, Tate— de mi crew, la Game Unleashed. Fue en un momento en el que la convivencia ya se estaba destruyendo. Vivimos juntos un año, y la convivencia cambia todo.

Nosotros teníamos el sueño de cambiar el mundo con la Game Unleashed. Hoy revivió porque dijimos “plan A o plan A”, pero en ese momento había una sensación depresiva fuerte.

Ahí hablo de otro yo: el que prometí ser, el que cumplió todo, y el verdadero que está sufriendo porque todo se cae. Es como decirle: “Me gustaría verte acá, pero no te veo”. Me arrepiento de haberme metido en la cabeza que tenía que ser artista cuando todo se estaba yendo a la mierda.

O.c: En una parte decís “soy tu mejor Sancho Panza”. ¿Qué lugar ocupa para vos ser secundario o ser primero? ¿Querés estar al frente o el papel de secundario también importa?

Luba: Los fisuras siempre fuimos ninguneados. Entonces, cuando aparece un Sancho Panza para nosotros, no sabés el valor que tiene. Que alguien siga tu locura vale oro.

Es tan fuerte que nosotros mismos queremos ser Sancho Panza de otros. Y así se arma una civilización rara donde los que antes te tiraban al piso empiezan a pensar: “Che, antes había un pelotudo, ahora hay 130. ¿No seré yo el que está quedando afuera?”.

Los Sancho Panza son fundamentales. Sin alguien que te segundee, yo me desmorono. Pierdo el focus, la mentalidad. No terminás nada si no hay alguien que te diga: “Lo que estás creando tiene lógica”. Ahí decís: “Bien, es por acá”.

O.c: Otra de las canciones que me gustó fue Salomónico. La sentí muy personal, como un conflicto entre lo interno y lo externo. ¿A la hora de componer sentís ese choque?

Luba: Sí. La idea es partir el tema en dos. Lo primero que rapeo es la parte careta, que termina con “toda una civilización de Tokio mudada a un PSD”: ya no puedo meterle más efectos a esa imagen, no puedo falsear más que está todo bien.

Después arranca la otra mitad: “che loco, no tengo amigos, está todo agarrado con un hilo para atar la caja de la pizza”. Hablo de amigos disfrazados de amigos. “Hoy tengo un lobo con abrigo blanco…”: cumplo deseos a la gorra y no me acerco una moneda a nadie.

Yo me puse la bandera de ser el Sancho Panza de muchos, pero nadie quiso que yo fuera su Sancho Panza.

Es esa dualidad: te acompaño, te quiero… siempre y cuando me trates bien. Si me dejás de lado, se terminó. No hay friendly fire. Si no valorás el amor que te doy, te voy a hacer mierda. Va desde esa demencia.

O.C. En esa canción hablás del “jaque maestre al tablero”. Lo entendí como quebrar las reglas. ¿Hay alguna regla que te gustaría quebrar?

Luba: Sí. Me hubiese gustado no tener que hacer tanto para ser respetado. No me gusta que haya que laburar tanto para que te respeten.

O.c: Y también aparece “a quién aliento, a quién abucheo”. ¿Es una identidad en duda?

Luba: A veces sí. Hay gente que parece que está con vos y no lo está, y gente que parece que no está y termina estando. Pero cuando lo ves claro, lo ves claro.

Cuando alguien vale la pena, lo alentás. Cuando demuestra que es para abuchearlo, lo abucheás. No hay mucha vuelta.

O.C.  Para ir cerrando: el año pasado salió Drowsyland y Genbu Tower 2. ¿Qué viene ahora?

Luba: Muchas cosas. Estoy generando un sistema de gobierno “hubuesco”. Puestos de trabajo hubuescos. Suena a delirio, pero es real.

O.c:  ¿Cómo sería ese gobierno?

Luba: No quiero spoilear mucho, pero la página que estoy creando —voy un 35%— va a ser la base. Y cuando termine el año, se termina el changüí para todos. Es una movida medio flashera, medio ilegal: hackeo, grupos, cosas jodidas. Me voy a mandar muchas cagadas. Voy a necesitar más que nunca la máscara.

O.C. Y si vamos a lo más “family friendly”, ¿qué se viene?

Luba Dos videojuegos. También viene el videoclip estilo Smooth Criminal, con bailarines, drones, cámaras.

Y el álbum de la Game Booth Nation en marzo: 22 temas, todos distintos. Cada uno representado por un color.

O.C. Recién hablaste de la Game Booth Nation. ¿Qué tan importante es armar una crew viniendo del interior?

Luba: Cuando volví de Buenos Aires, volví sintiéndome un perdedor. No terminé la carrera, estuve en el Quinto Escalón y no destaqué. Perdía en todos los ángulos.

Ellos fueron un refugio para que mi cabeza no explotara. Una cueva de Sancho Panzas donde todos nos segundeábamos. Estábamos tan destruidos que entendimos que no se podía tocar más fondo. Y le metimos para arriba.

Ahora estamos muy arriba porque la sufrimos horrible.

O.c: Es un mapa del rap del norte.

Luba: Los chicos le metieron mucho amor. Estuvimos un mes encerrados en una habitación en Salta. Las calles se llamaban Milagro y Victoria. Una señal.

Queremos que se gesten más crews como la Game Unleashed. Que les llegue a los pibes que les tenga que llegar.

Si nosotros, que somos de Salta, donde se te derrite la cara cuando salís a laburar, podemos hacer música y poner a Argentina en el mapa, ¿por qué ellos no?

Que no sigan la vida convencional. Que se animen a mandarse cagadas. Que se animen a fracasar. No pasa nada.