El 19 de septiembre, Daniel Maza llega a Pez Volcán junto a Leo Amuedo, en una noche que tendrá boleros, samba brasilero, candombes, funk, baladas y, sobre todo, música hecha desde el disfrute y el encuentro. El encuentro será en Pez Volcán.
Con más de 45 años viviendo en Argentina, el bajista, compositor y músico uruguayo construyó una trayectoria atravesada por el candombe, el jazz y una enorme diversidad de proyectos y colaboraciones. Hugo Fattoruso, Pipi Piazzolla, Celia Cruz, Los Auténticos Decadentes y Lorena Astudillo son apenas algunos de los nombres que aparecen en su recorrido.
Pero hablar con Maza también es hablar de algo que va más allá de la técnica. Del ritmo como una forma de identidad, de la importancia de escuchar al otro y de esa conexión que aparece cuando dos músicos se miran y saben hacia dónde va la música. También hablamos de Uruguay y Argentina, de la política, de la empatía, del aprendizaje y de una manera de entender el oficio sin necesidad de demostrar permanentemente cuánto se sabe.
Además, el 18 de octubre volverá a Córdoba con su cuarteto para presentarse en el Teatro Ciudad de las Artes junto a la Córdoba Jazz Orchestra. Antes de esos encuentros, Maza repasamos junto al bajista una vida dedicada a tocar y compartir música.

O.c: Me gustaría empezar por preguntarte cómo elegís con quién tocar. A lo largo de tu carrera compartiste proyectos con músicos como Pipi Piazzolla, los Fattoruso o Lorena Astudillo. ¿Qué buscás en un músico para decidir tocar con él?
Daniel Maza: Y, qué sé yo, es como los tipos que tocan cumbia se juntan con los que tocan cumbia. O los que tocan rock se juntan con los que tocan rock. Ojo, no es despectivo esto. Yo me junto con los que, de repente, en algún momento, vemos que nos gusta la misma música, que nos gusta tocar lo mismo. Entonces, si nos gusta tocar lo mismo, ya estamos en la misma frecuencia.
Se da el caso de que, con Hugo, con Almuedo, somos todos uruguayos y hay un aire que tenemos nosotros para tocar el candombe, que es lo que nos une.
Después, vengo del lado del Pipi Piazzolla o de Hernán Jacinto, y ellos cruzan el alambre para mi lado también. Entonces, básicamente, lo que hacemos es juntarnos a tocar y pasarla bien. Si encima de eso viene gente y nos pagan, ya somos felices.
O.c: Ayer varias personas me decían que te sienten un poco argentino. Después de más de 45 años viviendo acá, ¿sentís que hay una parte tuya muy arraigada a la Argentina, aunque sigas siendo profundamente uruguayo?
D.M: Primero que nada, tengo seis nietos y cinco hijos; dos son argentinos y mi mujer también. Mi casa está acá. Yo me voy de gira y extraño mi baño, que está acá, y extraño mi cama, que está acá, en Argentina.
Por supuesto que, cuando me agarran las saudades con Montevideo, agarro el auto y nos vamos. Mi mujer hace unos sándwiches de milanesa y nos vamos. Cuando podemos y tenemos plata, nos pegamos una escapada a Montevideo: vamos, comemos un poco de pizza, nos sentamos en la rambla a tomar unos mates, vemos unos amigos, paso por mi barrio y me vuelvo, porque mi casa es acá, en Argentina.
Por más que todo el mundo que habla conmigo me dice que soy más uruguayo por la forma en la que hablo, eso es algo que no quiero perder. Me niego a perder mi tonada y mis amigos del barrio.
Me niego a olvidarme de mis vecinos, donde me metía a comer cuando la comida de mi casa no me gustaba. Yo entraba a la casa de cualquier vecino y preguntaba: “¿Qué vas a comer?”. Y si me decían “milanesa, huevo frito”, yo les decía: “Bueno, quedo a comer acá”. En aquella época se podía hacer eso.
Pero estoy en Argentina y son de acá. Cuando juega Argentina, hincho por Argentina. El único problema es cuando jugamos al fútbol.
O.c: ¿Y en un partido entre Argentina y Uruguay, por ejemplo, por quién hinchás?
D.M: Ahí no puedo, ahí es Uruguay. Si no está Uruguay, hincho por Argentina. Soy capaz de ponerme la camiseta y salir por el barrio con mi hijo.
Yo soy hincha de Independiente, fanático. Y mi hijo es fanático de Huracán. Cuando juega Huracán y él se queda gritando hasta quedarse afónico, en ese momento yo soy el tipo más feliz.
Cuando Argentina le ganó a Inglaterra, a mi hijo no le alcanzaba con gritar en el patio, sino que salió a la calle. Y a mí se me ponía la piel de gallina de contento, porque él estaba feliz.
O.c: Hace unos días pensaba justamente en esto, y en músicos como los Fattoruso, Agárrate Catalina, Fernando Cabrera, No te Va gustar o La Vela Puerca . Hay muchos artistas uruguayos que tienen una pata muy fuerte en Argentina, y también muchos argentinos con una relación muy fuerte con Uruguay. Musicalmente, hay algo que hace que sea difícil pensarlos por separado. ¿Cómo ves vos esa relación entre los dos países?
D.M: Es que nosotros nos hemos criado así. Me acuerdo, por ejemplo, de que había algunos cantantes y artistas que acá ya no estaban en el candelero. No sé cómo decirlo para que no quede mal, pero, por ejemplo, en las últimas etapas de Aldo Monjes, acá ya no estaba tocando tanto. Sin embargo, iba a Uruguay y llenaba estadios.
Porque en Uruguay, cuando vos sos ídolo, lo sos para siempre. Nunca te retiran ese mote. Si fuiste ídolo una vez, lo seguís siendo. No es que después te dejan de dar bola.
Entonces caían allá: caía Horacio Guaraní y la rompía, caían Los Chalchaleros y la rompían, caía Sandro y rompía todo.
Para los uruguayos es más difícil que suceda eso. El uruguayo tiene que salir, tratar de pegarla afuera y después volver a Montevideo. Ahí sí te reconocen. Pero si no, como que siempre sos “el de ahí” y no es lo mismo.
O.c: Pensaba en vos justamente a partir de esto de los ídolos y las referencias. Hablando con músicos de jazz o de folklore, de alguna manera aparecés como una referencia dentro de la escena. Después de 45 años de carrera y de haber tocado con tantos músicos de acá, ¿sentís que abriste un camino o que construiste una forma particular de tocar que te dio un lugar propio dentro de la música argentina?
D.M: No sé. Mirá, ¿querés que te diga la verdad de las verdades? Todo lo que a mí me pasó con la música, los lugares a donde llegué… Si yo te digo que nunca busqué nada de eso. Las cosas me fueron pasando y yo fui acompañando.
De lo que sí me siento orgulloso es de que, al menos que yo sepa, no tengo nadie que hable mal de mí. Pero ya no como músico, sino como persona.
No puedo tocar con alguien que no me cae bien, que no tengo onda. No la puedo pilotear esa.
Mi viejo me decía siempre: “Tenés que caminar derecho”. También decía que te morís y te vas para el infierno, pero todo lo que vos hacés mal lo vas a pagar acá, cuando estás vivo.
Entonces, toda la vida me preocupé de que cuando me toque ir, sea irme bien. Trato de ser buena gente, de ser lo mejor con los alumnos, de ser lo mejor con los colegas. Pero nunca busqué nada…
A veces yo me paro en algún lado y viene algún pibe y me pide: “Maestro, ¿me puedo sacar una foto?”. Y yo siempre le digo que sí. Pero sabés que me da una vergüenza eso.
O.c: ¿Por qué te da vergüenza?
D.M: Me da vergüenza, en el sentido de que no es que hoy me pongo en el papel de Messi, digamos, que tengo 300 fotos por día.
Me da vergüenza que alguien me pida a mí una foto. Es lo que me da vergüenza. A veces digo: “¿Para qué la querés? ¿Para qué querés una foto conmigo?”. Pudiendo sacarte una con otro, qué sé yo. Me da esas cosas…
Por otro lado, también me ha pasado que gente me ha invitado a un cumpleaños. “Che, Maza, mirá, te pago el viaje, te pago todo. Venite con tu señora, se pueden quedar acá en este hotel. ¿Podés venir al cumpleaños de mi marido? Yo sé que vos sos el ídolo de él y, si vos aparecés en el cumpleaños, se va a morir”.
Después he ido y el tipo se emocionó, y vos decís: “Pará, mirá vos lo que hace que uno toque”. No sé ni cómo explicarlo, pero me ha pasado eso.
O.c: Pienso en los ídolos y en la carrera que fuiste construyendo de a poco, por fuera del mainstream y de la lógica más comercial de la industria. ¿Sentís que ese camino más lento, compartiendo con distintos músicos y proyectos, también te convirtió en una especie de ídolo de nicho, pero de esos que no pasan de moda?
D.M: Sí, mirá, yo me acuerdo de que una vez un conocido me dijo: “Mirá, yo me parece que lo puedo resumir así”. Un amigo mío me dijo: “Hacer un disco tiene tres éxitos. El primero es hacerlo. El segundo es que les guste a tus colegas. Y el tercero es que le guste a la gente. Y ahí, si hacés las tres cosas, ya está, un fenómeno”.
Después, si se vende o no se vende, en mi caso no me mueve nada. Solamente me mueve que la gente venga y me diga: “Escuché el disco, está buenísimo, me encantó”. Y eso ya está.
Una vez, un periodista me preguntó: “¿Qué es lo que más te gustaría?”. Le dije: “Me gustaría un día doblar en la esquina de un barrio cualquiera y que un tipo venga silbando un tema mío”.
Que suceda eso es cosa seria. Me imagino lo que deben sentir los compositores de las canciones que se cantan en la cancha. No creo que pase nunca, pero si alguien canta un tema mío en la cancha, me desmayo.
O.c: ¿Por qué crees que no va a pasar nunca?
D.M: Porque lo mío no es comercial. El otro día le cantaron a Rada en un par de canchas de fútbol y fue increíble.
Eso es increíble, que canten un tema en la cancha. Por ejemplo, Los Auténticos Decadentes: yo toqué con ellos, anduve de gira y cantan sus temas en las canchas. Es una cosa increíble. Más popular que eso no hay.
O.c: Hablando con otros músicos, varios me decían que tenés una forma muy particular de tocar, que cuando te escuchan dicen: “Ese es Daniel Maza”. ¿Sentís que tenés una impronta propia?
D.M: Sí, yo trabajé para eso. Me acuerdo cuando empecé a tocar. Al principio venía alguien y me decía: “Che, Maza, ¿no me hacés un solo acá?”. Y yo le decía: “¿Qué te voy a hacer un solo? Te voy a cagar todo el tema. Hay otros tipos que improvisan mejor, yo no sé improvisar”.
Y, de repente, yo estaba estudiando o me grababa en mi casa, en aquella época, y mi mujer me decía: “Ey, qué buen solo que hiciste ahí”. Y yo le decía: “¿En serio te gusta?”.
Hasta que un día me empecé a dar cuenta de algo. Yo escuchaba a otros bajistas todo el tiempo. Y cuando escuchás a otros tipos, empezás a tener como un parangón muy alto, porque uno escucha lo que le gusta.
Entonces, claro, si yo no tocaba eso, me parecía que lo mío era una porquería. Hasta que un día empecé a darme cuenta de que ese era yo. Que no me parecía ni a ese, ni a Marcus Miller, ni a Malosetti, ni a nadie. Era yo.
Y empecé a disfrutarlo. Y eso me pasó varias veces, porque varios me dijeron: “Lo que está bueno es que cuando uno escucha que vos estás tocando, escucha dos o tres notas y sabe que sos vos”.
Y eso me hace muy feliz y me pone muy orgulloso, realmente.
O.c: Te escucho tocar y hay algo que me pasa especialmente con vos: tu bajo tiene un ritmo que me hace mover, me hace bailar. ¿Sentís que ese modo de tocar el ritmo es parte de tu identidad como músico?
D.M: Eso es lo que a mí me gusta. A mí me gusta bailar. Yo, cuando tocaba con Celia Cruz y la gente bailaba, me prendía fuego.
Cuando estamos de gira con Hugo Fattoruso, de repente decimos: “Pero fulano tiene ritmo”. Y “ritmo” es una palabra que casi no se usa más entre los músicos.
Antes decíamos: “Me gusta tocar con ese porque tiene un ritmo bárbaro”. Ahora se habla de si tiene técnica, si tiene tempo, si lee, pero decir que un músico tiene ritmo ya casi no se usa.
Yo toco con ritmo porque a mí me gusta tocar con ritmo. Me gusta que la música se mueva, que vaya girando, que tenga un tempo, que tenga algo que te invite a moverte.
O.c: Te pregunto como bajista y como músico: a mí, como escucha, a veces me pasa que escucho grandes músicos, muy estudiosos, que hacen unos punteos y unas cosas que decís: “Guau, es impresionante”, pero no me llegan.
Y, sin embargo, hay músicos que no hacen cosas extravagantes, pero tienen ritmo y me llegan mucho más. ¿Sentís que ahí hay algo que va más allá de la técnica?
D.M: Parece que también vivimos en un mundo donde la gente que está a la escucha común, y a mí me pasa con los chicos, está más atenta —no sé si por una conexión comercial o qué— al virtuosismo, al solo, y no tanto a lo rítmico. Es como que está el solo y el exceso de solo, que a veces es contraproducente.
No sé si es más vistoso o qué sé yo. Pero es como en las tribus de los indios: está bien que esté el cacique, pero tiene que haber indios; si son todos caciques, el mundo se manda solo.
Fijate en la diferencia. Vos escuchás a Victor Wooten, que es un tipo que a mí me encanta y es súper virtuoso. Lo escucho tocar slap, improvisa, se le da vuelta al bajo y es buenísimo.
Ahora, yo escucho a Bona, que no hace eso, pero me emociona. Richard Bona toca bajito, hace menos cosas, pero todo lo que toca es un swing que no se puede más. Se canta todo y es un tipo súper comunicativo en el escenario. A mí me gusta más y me emociona más.
Lo de Bona me emociona más. Capaz que, si ponés a los dos, el otro sabe más, pero a mí me gusta más eso.
O.c: Bona tiene más ritmo, viene más de la música africana, si querés. Me parece que un poco esa es su raíz, y que también es un poco la raíz tuya. El candombe, digamos, pensando en que venías de Uruguay. El candombe, bueno, es ritmo.
D.M: Y sí, es todo el ritmo. Nosotros allá arrancamos, ¿viste?, tocando en el respaldo del sofá. Ahí empezás a hacer ritmo, hasta que un día te compraron el tambor y, pues, no hay vuelta atrás.
O.c: Y esto también tiene que ver con vos, porque sos músico de candombe. ¿Vos empezaste tocando el bajo o primero pasaste por la percusión? Porque muchos músicos que vienen del candombe me cuentan que primero arrancaron tocando algún tambor.
D.M: Sé tocar los tambores, pero nunca toqué en una comparsa de candombe.
También sé tocar percusión de la parte de salsa: el bongó, la campana, el timbal, el güiro, el merengue, el samba brasilero, el surdo. El único que no sé tocar es el pandeiro, que es muy difícil. Y la cuica tampoco, que es más difícil todavía.
Después, conocer todos esos ritmos, para un bajista, es totalmente aprovechable. No los puedo tocar como un percusionista porque no tengo el golpe, pero sé lo que hace cada cosa. Si me dejás solo y tengo que hacerlo, lo hago. Va a ser modesto, pero va a estar bien.
En el barrio arrancás tocando percusión, después la guitarra y después aparece el bajo. En mi caso, el bajo apareció porque perdí un sorteo. Teníamos un trío y los tres teníamos guitarra, pero uno tenía que tocar el bajo y ninguno quería. Entonces dije: “Bueno, uno va a tener que tocar el bajo. Hagamos un sorteo y el que pierde toca el bajo, sin pataleo”. Y ahí perdí.
Entonces mamá me compró un bajo en 36 cuotas. Era un bajo de industria uruguaya. Y después de eso no paré nunca más de tocar el bajo.
Fue un amor medio obligatorio, de alguna manera. Arrancó así, sin darme cuenta, y cuando quise acordar, chau, era mi instrumento.
D.M: Hay una idea de que el jazz te da herramientas para tocar cualquier tipo de música. ¿Vos estás de acuerdo? ¿Sentís que ser músico de jazz te permite moverte con más facilidad entre distintos géneros?
D.M: Yo no creo que sea así. Pienso que está buenísimo agarrar cosas del jazz, por la improvisación, por la armonización, pero siempre desde tus músicas.
El jazz también ha agarrado cosas de otros lugares. Ha agarrado cosas de la música de Cuba, por ejemplo. Ya cuando empiezan a fusionar, hay de todo ahí. La música brasilera también se nutrió un poco del jazz, pero es brasilera.
Vos te encontrás con un brasilero en los festivales de jazz y toca música brasilera. Si te encontrás con cubanos por el mundo, tocan música cubana. Si te encontrás con peruanos, tocan música peruana. Y siempre es así. Y te encontrás con argentinos por ahí y pinta una chacarera o algún tango.
Una vez estábamos tocando en España con el grupo de Tomatito, el gitano, y después de que terminamos de tocar nos juntamos a guitarrear abajo del escenario. En un momento le toqué un candombe y el tipo se volvió loco. Me decía: “Pero mirá tu mano derecha”, no sé cuánto.
Y después, como teníamos que seguir de gira juntos, cada tanto me lo encontraba y me decía: “Enseñame a tocar candombe, enseñame a tocar candombe”. Y yo le decía: “Bueno, pero vos enseñame flamenco”.
Yo pienso que el jazz es una buena herramienta, pero de ahí a que sea la madre… El folclore es el folclore. Si vas a tocar una tonada, no la podés tocar si no la conocés. Por más músico de jazz que seas, si no conocés la tonada, no te va a salir bien ni en pedo.
O.c: Pensando en todos los proyectos que tenés, ¿qué buscás en un músico para decir “con este quiero tocar”? ¿Qué tiene que aportarte para que haya un verdadero ida y vuelta?
D.M: Mirá, con Amuedo sucede que te mirás y ya sabés qué va a pasar. De repente vas a parar con el tipo al mismo lugar. Esa coincidencia que no se habla, no se pone de acuerdo, no se ensaya, pero que está ahí. Esas son las cosas que hacen que Hugo sea un tipo increíble.
Hugo Fattoruso, por ejemplo, es re intuitivo y, después de tocar tantas veces, ya sabe lo que a mí me gusta. Yo sé lo que a él le gusta que yo haga.
Entonces es como si le llevaras un mate a alguien. Cuando le llevás un mate a alguien, tratás de que tenga la yerba acomodada, que tenga la espumita. Bueno, tocar con alguien es eso: vos tratás de hacer lo mejor para el otro y el otro hace lo mejor para vos.
De eso se trata. A mí me pasa que el tipo con el que estoy tocando me emociona. A veces terminamos de tocar con Hugo, me abraza y me dice: “Vos, ¿te tocaste todo?”. Y yo me prendo fuego.
O.c: Pensando en todos estos proyectos que tenés —a dúo, trío, cuarteto—, ¿cómo cambia tu manera de tocar según el formato? ¿Hay alguno en el que te sientas más cómodo o que disfrutes especialmente?
D.M: No, en realidad me hace feliz todo. Mirá que he acompañado a alguna cantante. También he hecho arreglos y producciones para cantantes de bolero. Y cuando vamos a presentarlo, yo hago “tun, tun, tun, tun” toda la noche y soy feliz.
Me pone feliz saber que estoy haciendo que los demás suenen bien.
No tengo problema con tratar de tocar y decir: “No, acá tengo que hacer muchas notas porque, si no, la gente va a pensar que no toco tanto”. No, la verdad que no me pasa por ahí.
O.c: ¿Te gusta ocupar ese lugar de armador, el que está detrás del telón, por decirlo de alguna manera, sin necesidad de estar siempre adelante?
D.M: Me acuerdo una vez que estábamos de gira con Celia Cruz y, en un momento, yo estaba parado delante del equipo de abajo. Estaba a un volumen tan fuerte que el aire que salía del parlante me movía el pantalón.
Entonces le digo al director: “Está muy fuerte el bajo”. Y me dijo: “No, no, no, es así. Esta noche, cuando estemos tocando, vamos a probar una cosa para que vos entiendas de qué se trata”.
Bueno, llegó la noche y estábamos tocando. No sé qué tema era, ¿viste? Creo que era “Bemba colora” y la gente se estaba cantando todo.
De repente me dice el director: “Cortá el bajo”. Se fue el bajo y, automáticamente, toda la gente que estaba bailando miró para el escenario. No sabían qué estaba pasando, pero faltaba algo con lo que ellos bailaban, y era el bajo.
Ahí entendí que ese es el laburo mío: que esté lo que tiene que estar para que la gente sienta lo que tiene que sentir. El que está bailando, que baile; el que está escuchando, que escuche.
Vos ves que los autos que pasan por la calle, a veces, lo único que escuchás es el bajo. Porque si no hay bajo, no se arma. Entonces, de eso se trata. Vos podés hacer todo lo que quieras, pero que el bajo esté haciendo lo que tiene que hacer, en la nota que tiene que estar, es importante. Porque sin el bajo no pasa nada.
D.M: En el momento social y político que estamos viviendo, ¿qué rol creés que tiene hoy la música? ¿Sentís que tiene que ser solamente entretenimiento o también puede interpelar, cuestionar y hablar de lo que pasa?
D.M: Siempre somos políticos. El que dice “a mí la política no me interesa, no me gusta”, no le creo, porque tus acciones siempre son políticas. En tu casa, con el almacenero de tu barrio, estás haciendo política. Siempre estás haciendo política.
Yo me reservo mis razones políticas y las relego al ámbito donde las tengo que hablar.
Por ahí, si estuviera en Uruguay, podría ser más como Rada. Podría haberme manifestado, por ejemplo, por cierto partido político. Alguna vez, acá, hace muchos años, en un concierto, no me acuerdo por qué fue, hice una manifestación política y lo primero que escuché fue: “Vos sos uruguayo, vos te tenés que meter la lengua en el culo”.
A partir de esa vez no quise hablar nunca más. Si bien, por un lado, no tiene razón, porque hace 45 años que vivo acá y me fumé todo. Me acuerdo, por ejemplo, de ir a tocar a Tucumán y que me pagaran con bonos. Después, cuando volvía, tenía que cambiarlos.
Pero admiro muchísimo a los tipos que se manifiestan por una cosa y se la bancan, porque esas cosas tienen consecuencias. Después, no sé bien cómo es el laburo de algunos que siempre están bien con todos los partidos. Yo de eso dudaría. Siempre hay algunos que están en todos los partidos, en todos los lugares. Creo que la mayoría sabemos quiénes son.
Después, he tenido mis discusiones y mis batallas en el almacén, en el chino he tenido mis batallas.
Una vez fui a un lugar que había antes, en la calle 9 de Julio, donde iban muchos gurises que querían ser músicos. Iban de Panamá, Puerto Rico, Ecuador. Todos estaban tratando de hacer su carrera y se podían quedar en ese lugar.
Ahí había una foto gigante de Néstor, entonces fuimos con mi mujer, nos sacamos una foto con la gigantografía de Néstor y la subí a las redes.
No sabés lo que fue eso en Facebook. Me escribieron: “Lamentable, qué lástima… Ahora ya no te voy a escuchar más”, y no sé qué…
Y yo, al principio, los mandaba a cagar. Les ponía: “Andá a cagar”. Pero resultó que tampoco te suma nada eso.
O.c: O.c: ¿Cómo te llevás con las redes sociales? Te lo pregunto porque muchas veces me dicen: “Che, tu página se supone que es de música, no de política”. Pero yo creo que todo es política, incluso cuando hablamos de música.
No sé cuál es tu ideología política ni hace falta que la sepa, pero sí creo que pensamos la música desde un lugar social, desde una mirada sobre el mundo. ¿Vos cómo lo ves?
D.M: Es que es inevitable hacer política porque está en todos lados.
Cuando me dicen “yo no soy de ningún partido”, les digo: “Está mal eso de ningún partido”. Deberías tener un sentido. Tu vida debería tener un sentido de partido, porque vos tenés que ver qué es lo que está pasando.
Pero lo que veo que viene pasando es que se ha perdido la empatía. Era una palabra que antes no se usaba mucho.
Vos ayudabas a la gente. Le alcanzabas al tipo que estaba en la calle una frazada en invierno. O estabas haciendo una cena en tu casa y estaba el tipo sentado allá enfrente, al lado del tacho, y vos le llevabas un par de sándwiches de chorizo o un pedazo de carne para que comiera. O venían, te pedían agua y les dabas agua fría.
Ahora eso está bravo. Estamos viviendo una época en la que la empatía se está poniendo brava.
He visto gurises que han quemado a un tipo que estaba durmiendo en la calle y le prendieron fuego.
Todo eso es política. La tele está bravísima. Hay tipos que laburan en la tele que vos decís: “Loco, no podés estar diciendo estas cosas”.
O.c: Pero en la música veo lo contrario: músicos que se juntan, comparten, tocan y buscan esa comunión. ¿Vos también lo ves así? ¿Sentís que hoy hay más necesidad de encontrarse entre músicos?
D.M: Yo me acuerdo cuando recién aparecía acá: los músicos veteranos de jazz eran bravos. Era muy difícil entrar en donde ellos estaban, porque cada uno cuidaba su quinta y, como no había información, el que la tenía no la quería dar porque le había costado conseguirla.
Hoy le preguntás a la IA lo que quieras y ya tenés la información. Es increíble.
Pero yo siempre pensé que hay que enseñar todo. Porque, aunque tengamos la misma información, nunca vamos a tocar igual. Cuando yo toco un la en mi bajo va a sonar de una forma, y cuando lo toca otro va a sonar de otra. A mí me suena a mí y a él le suena a él. Siempre va a ser distinto.
O.c: Y para cerrar, el 19 vienen a Córdoba. ¿Cómo estás armando el repertorio? Porque tenés un repertorio muy grande.
D.M: Vamos a estar tocando temas míos, temas de Leo y alguno más. Vamos a hacer algún bolerito, seguro algún samba brasilero, unos candombes, algún funk, alguna balada. O sea, vamos a tocar básicamente lo que nos gusta a nosotros.
Después vuelvo a Córdoba el 18 de octubre, que voy a estar con mi cuarteto en el Teatro Ciudad de las Artes, junto con la Córdoba Jazz Orchestra
FOTO DE PORTADA: Laura Tenenbaum