Entre Cosquín Folklore y Cosquín Rock ocurrió algo que excede la programación de dos festivales: se está reconfigurando la idea misma de música popular argentina. Pensar esa reconfiguración solo en términos comerciales sería ver apenas una parte del fenómeno. Claro que la industria está involucrada —como lo estuvo siempre, en mayor o menor medida, sobre todo cuando hablamos de festivales—, pero lo que sucede hoy no es únicamente un movimiento de mercado. Es un proceso profundo, casi subterráneo, que atraviesa generaciones, sensibilidades y modos de imaginar comunidad. Y lo más interesante es que no nace desde arriba —no viene de instituciones, academias ni guardianes de la tradición— sino desde los cuerpos que cantan, desde nuevas generaciones que encontraron en los géneros contemporáneos un modo de expresarse y, al mismo tiempo, de reconocer y homenajear músicas que, en principio, parecerían lejanas. Ahí están YSY A dialogando con el tango o Trueno invitando a León Gieco en Cosquín Rock, Milo J emocionando en Cosquín Folklore, por nombrar solo tres ejemplos de una camada que creció sin miedo a mezclar.
Tal vez en esa necesidad de ir más allá de lo puro, de romper los bordes sin romper la raíz, aparece también un homenaje involuntario a referentes como el Chango Farías Gómez, MPA, Charly, Spinetta y tantos otros que hicieron de la mezcla un gesto de libertad.
En la nota sobre Milo J hablábamos de hibridación cultural, ese concepto que ayuda a entender cómo lo tradicional y lo urbano pueden convivir sin perder densidad simbólica. Lo que pasó ahora en Cosquín rock —o mejor dicho en ambos Cosquines— es la continuación de esa conversación. Pero ya no se trata solo de un artista que irrumpe en un escenario tradicional: se trata de una sensibilidad generacional que desborda los límites de los géneros y reescribe lo popular desde otro lugar.
Una Generación Sin miedo a las etiquetas
Hay una camada de artistas que no encaja en ninguna etiqueta y, justamente por eso, define el clima cultural del presente. No representan un género: representan una sensibilidad. A algunos esa urgencia les sale en forma de rap, como Trueno; a otros en forma de trap mezclado por momentos con Tango, como YSY A; y en otros, como Milo J, aparece un pulso que roza el folklore. Pero en todos los casos la música funciona como una manera de habitar el mundo, un espacio donde lo íntimo convive con lo barrial, lo ancestral con lo digital, la raíz con el Spotify. No vienen a ocupar un casillero: vienen a desarmar la idea misma de casillero. Y esa conversación no ocurre solo en Spotify o en TikTok. Ocurre en los festivales. Cosquín Folklore y Cosquín Rock —dos escenarios que durante décadas funcionaron como polos opuestos, casi como dos países distintos— hoy están atravesados por la misma energía. En ambos estuvo Agarrate Catalina (invitada de Milo en el folklore y con show propio en el rock). En ambos estuvieron Gauchos of the Pampas y Abel Pintos.
Esa superposición muestra algo que ya es evidente: los jóvenes pueden llorar con una chacarera y saltar con un beat electrónico sin sentir contradicción. Y los adultos descubren que lo urbano no viene a borrar la raíz, sino a abrirla. Quizás por eso los públicos ya no se definen por género, sino por lo que sienten, por la necesidad de ser representados por lo que dice un artista más que por la etiqueta estética que lo contiene.
Ahí aparece algo que la teoría cultural conoce bien: las comunidades imaginadas. Durante mucho tiempo, el folklore y el rock construyeron comunidades basadas en la continuidad, la memoria y la tradición. Pero lo que está emergiendo ahora es otra forma de comunidad: una donde la identidad no se hereda verticalmente, sino que se negocia en escena; donde los jóvenes no son receptores pasivos, sino interlocutores activos; donde la pertenencia no depende del género musical.
Hoy los jóvenes encarnan lo que Raymond Williams llamaba una estructura de sentimiento: un clima emocional compartido que todavía no tiene nombre, pero que ya se siente. Lo que se vio en Cosquín —en ambos Cosquines— es justamente eso: una sensibilidad que no busca pureza, sino sentido. Que no busca custodiar una frontera, sino construir un puente. Que no necesita definirse para existir.
En ese contexto, la pregunta que incomoda es inevitable: ¿qué es hoy la música popular argentina? Durante décadas, la respuesta parecía sencilla: folklore, tango, rock nacional. Pero hoy esa definición queda corta; no alcanza para abarcar lo que realmente está ocurriendo en los escenarios, en las plataformas y en la sensibilidad de una sociedad. La música popular argentina es, al mismo tiempo, un chico de 19 años cantando en Cosquín, una banda de rock que se anima a meter zambas o chacareras en Cosquín Rock, un trapero que cita a Yupanqui, Violeta Parra o Gardel sin solemnidad y un público capaz de emocionarse con una chacarera y con un beat electrónico en la misma noche. Es una trama donde conviven mundos que antes parecían incompatibles, pero que hoy se encuentran sin fricción porque responden a una misma necesidad: decir algo, sin importar el sonido. Hoy lo que vale es el mensaje, más allá del género musical.
La tradición no se debilita cuando dialoga con lo nuevo; se debilita cuando deja de hacerlo. Lo que está ocurriendo en ambos Cosquines no es una amenaza para la raíz, sino su mejor oportunidad. Porque cuando la música deja de defender fronteras y empieza a construir puentes, aparece un país. Un país que se reconoce en su mezcla, en su contradicción, en su capacidad de emocionarse sin pedir permiso.
La nueva generación no está destruyendo la música popular argentina: la está ampliando. La vuelve más honesta porque no sienten que tienen que ser folkloristas o rockeros toda la vida. La llevan hacia un territorio donde la identidad no es un mandato ni una herencia fija, sino un movimiento. Y ese movimiento —como todo lo vivo— no pide permiso: avanza. En ese movimiento también resuenan, aunque a veces no lo digan explícitamente, los pasos de Piazzolla, Charly, el Chango Farías Gómez, Spinetta, Fito, León Gieco, Santaolalla, Mercedes Sosa y tantos otros que supieron caminar entre un género y otro sin miedo a perderse
Trueno y León Gieco: la memoria como futuro
Lo que hace Trueno en un escenario como Cosquín Rock va mucho más allá del impacto generacional o del despliegue técnico. Su presencia encarna una idea que atraviesa a toda esta nueva camada: la memoria no es un peso, es un motor. Trueno no llega para romper con lo anterior, sino para demostrar que la historia puede sonar con un beat nuevo sin perder su espesor. Su rap no es solo velocidad, destreza o actitud: es una forma de narrar el país desde un cuerpo joven que entiende que la identidad se construye mezclando, no separando.
En su música conviven la épica barrial, la tradición de la canción social, la cadencia del hip hop clásico y una sensibilidad política que no necesita solemnidad para ser contundente. Trueno rapea desde un lugar donde lo personal y lo colectivo se tocan: la calle, la familia, la memoria de los barrios del sur, la comuna 4, la herencia de quienes cantaron antes. Por eso su obra tiene algo que excede lo generacional: es una actualización de la canción comprometida, pero dicha desde un lenguaje que nació en las plazas y en el subte, no en los auditorios.
En ese marco, la presencia de León Gieco no es un gesto aislado, sino la confirmación de esa continuidad. Cuando Trueno lo invita, no está buscando legitimación: está mostrando que la canción social puede mutar sin perder su corazón. Cinco siglos igual o Tierra Zanta funcionan como espejos: una canción nacida en los años más duros del país y otra escrita por un pibe del siglo XXI dialogan sin fricción porque hablan de lo mismo. De injusticias que cambian de forma, de dolores que persisten, de esperanzas que se renuevan.
Trueno no cita a Gieco: lo incorpora a su propio relato. Lo trae a un territorio donde la memoria se vuelve ritmo, donde la denuncia se vuelve flow, donde la tradición se vuelve futuro. Y ese gesto, más que un homenaje, es una declaración estética: la música popular argentina no se divide entre lo viejo y lo nuevo, sino entre quienes se animan a decir algo verdadero y quienes no.
YsY A y el tango — una herencia que se reescribe
Lo que hace YsY A con el tango no es un gesto decorativo ni un capricho estético. En un país donde cada género nuevo suele ser recibido con sospecha, él elige tender un puente hacia atrás, hacia una tradición que cargó durante décadas con la tarea de narrar la ciudad, sus heridas y sus deseos. El trap, como el tango en su origen, nació en los márgenes, en la calle, en la mezcla de lenguajes y en la urgencia de decir. YsY A entiende esa continuidad y la trabaja desde adentro.
Cuando sube al escenario con músicos como Noelia Sinkunas o Cucuza Castiello, no está “tanguerizando” el trap: está reclamando una genealogía. Está diciendo que la música urbana no es una anomalía dentro de la cultura argentina, sino una nueva rama del mismo árbol. Que el fraseo del trap puede convivir con la melancolía del bandoneón, que la poética del barrio no es patrimonio exclusivo de ninguna época.
Su “trap tanguero” no busca imitar el pasado, sino activar su potencia. El tango fue, en su momento, la voz de una juventud que incomodaba; el trap ocupa hoy ese lugar. YsY A lo sabe y lo asume: no se trata de nostalgia, sino de continuidad. De tomar una tradición que parecía cristalizada y devolverle movimiento, riesgo y calle.
En un festival como Cosquín Rock, donde la identidad musical argentina se expande año tras año, lo de YsY A funciona como un recordatorio: la tradición no es un museo, es un territorio vivo. Y cuando un artista joven decide dialogar con ella, no la está conservando: la está empujando hacia adelante.
En un festival como Cosquín Rock, que hace años dejó de ser solo rock, estos gestos funcionan como brújula: la música argentina está cambiando, pero no está rompiendo con su historia; la está ampliando.

Agarrate Catalina en Cosquín Rock: cuando la murga irrumpe y cambia el aire
En un festival donde la tradición se vuelve materia viva y no museo, estos gestos no son excepciones: son parte de un clima cultural más amplio. Y esa misma operación —tomar una herencia popular y reactivarla desde el presente— aparece también en otro momento clave del día: la irrupción de Agarrate Catalina.
La aparición de Agarrate Catalina en Cosquín Rock siempre tiene algo de acontecimiento. No importa si llegan como número propio o como irrupción sorpresa en medio de otra grilla: su presencia altera el clima del festival. En un predio donde conviven guitarras históricas, beats urbanos y voces emergentes, la murga uruguaya introduce un registro distinto, casi teatral, que obliga a escuchar de otra manera.
Lo suyo no es solo música: es relato, crítica, humor, memoria y comunidad. Cuando suben al escenario, el público deja de ser una multitud dispersa para convertirse en un coro que responde, ríe, piensa y se reconoce. La Catalina trajo consigo una tradición que rara vez encuentra lugar en los grandes festivales de rock, pero que en Cosquín halló un territorio natural: la palabra que interpela y la fiesta que no se desentiende del mundo
Su interpretación de el viaje y el puente que tendieron hacia León Gieco —otro símbolo de la canción social rioplatense— funcionaron como un recordatorio de que la música popular no vive en compartimentos estancos. La murga, el rock, el folklore, el trap: todo puede convivir cuando hay una intención común de contar lo que nos pasa.
Lo que muestran YSY A, Agarrate Catalina y tantos otros no es una ruptura con la tradición, sino la prueba de que la tradición sigue respirando. Que puede cambiar de forma sin perder su pulso. Que puede sonar distinta sin dejar de ser ella misma. En Cosquín Rock —como en Cosquín Folklore— no se trata de desplazar a los viejos para hacer lugar a los nuevos, ni de exigirle a los jóvenes que repitan un canon que ya no les pertenece. Se trata de entender que la identidad musical argentina nunca fue un bloque fijo: siempre fue una corriente.
Un festival de rock puede seguir siendo rock aunque aparezcan una murga, un trapero o un cantautor de raíz. Del mismo modo, el folklore no pierde su esencia porque un pibe de 19 años lo mire desde otro ángulo. Lo que hace que un género se debilite no es la mezcla, sino el miedo a mezclarse. Lo que lo fortalece es la capacidad de dialogar, de dejar entrar otras voces, de aceptar que la música popular es un territorio donde conviven generaciones, estéticas y memorias sin necesidad de competir.
La pregunta, entonces, no es cómo preservar la pureza, sino cómo sostener el movimiento. Porque la música popular argentina nunca se definió por custodiar fronteras, sino por animarse a cruzarlas. Y cuando un país se reconoce en esa mezcla —cuando entiende que lo nuevo no borra lo anterior, sino que lo expande— aparece algo más grande que un género o un festival: aparece una comunidad que se reconoce en su propia transformación.

#Foto de portada: Prensa Cosquín rock