COSQUÍN 2026 — CRÓNICA DE UNA EDICIÓN BISAGRA

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Cosquín 2026 terminó dejando la sensación de haber sido algo más que un festival: una edición bisagra donde la tradición volvió a mezclarse con nuevas estéticas, donde la política tensó el aire y donde la emoción —esa que no se programa— terminó imponiéndose sobre cualquier grieta. La Plaza Próspero Molina, con varias noches sold out , fue testigo de un cruce generacional pocas veces tan visible, con maestros que reafirmaron su vigencia y artistas jóvenes que llegaron para quedarse.

La última luna de Cosquín 2026 empezó a latir pasadas las 22, cuando las bombas anunciaron el ritual de cada noche y el grito de “¡Aquí Cosquín!” volvió a sacudir la Plaza Próspero Molina. Con las entradas agotadas desde hacía semanas y gente esperando afuera con la ilusión de que se abriera un hueco, la 66° edición del festival se preparaba para un cierre que terminaría de sellar su carácter histórico: un encuentro donde la mística de los maestros convivió con la irrupción de una nueva era.

El primero en salir fue Peteco Carabajal, acompañado por Marina, Homero y su banda. Venía a mostrar un tramo de su historia. Entre el público, incluso entre jóvenes más cercanos a la música urbana que al folklore tradicional, empezó a escucharse un grito inesperado: “¡Peteco, Peteco!”. Ese coro espontáneo reveló algo que atravesó toda la edición: la tradición no está en retirada, todavía tiene con qué conquistar a nuevas generaciones. Peteco no necesitó discursos; su remera, con la cara de Charly García y la frase “si ellos son la patria, yo soy extranjero”, dijo lo que él prefirió dejar en silencio.

Después llegó Teresa Parodi, con un repertorio cargado de historia. Cantó aquellas canciones que interpretó por primera vez en Cosquín hace 42 años, invitó a La Ferni, y sumó una versión íntima de Yo vengo a ofrecer mi corazón. Antes de homenajear a Horacio Guarany con Si se calla el cantor, recordó a jubilados, discapacitados y damnificados por incendios e inundaciones. Su intervención fue clara, firme, necesaria: Teresa volvió a demostrar que es una cantora comprometida, una voz que no se calla cuando la patria duele.

La emoción siguió con Maggie Cullen, una de las figuras jóvenes que confirmó que el folklore tiene futuro y que la gente joven aún escucha, siente y canta estas músicas. Interpretó un puñado de canciones latinoamericanas —entre ellas Hasta la raíz— y uno de los momentos más intensos de la noche llegó cuando invitó a Teresa Parodi para cantar juntas Esa musiquita. La Plaza entera se unió en ese abrazo generacional. Luego llegaron las tonadas Mi corazón se quiere quedar y La sin pena, y hacia el final convocó a Pacho Herrera para un carnavalito, Ay carnaval, antes de cerrar con La sencilla ante un público que pedía otra, confirmando que su lugar en Cosquín ya no es promesa sino presente.

La noche siguió con Gauchos of the Pampa, el homenaje a los Hermanos Abalos, y la presentación de Campedrinos, flamantes ganadores de la Consagración y próximos a debutar en Viña del Mar. Más tarde, ya entrada la madrugada, Cuti y Roberto Carabajal regresaron al festival con banda completa y fueron ovacionados de pie. La sonrisa no se les borró ni un segundo, menos aún cuando Cuti recibió el premio Camin a la trayectoria. Volvieron al escenario una vez más, invitados por Milo J para cantar Invisible, una canción compuesta entre los tres. También pasaron la murga Agarrate Catalina, Soledad Pastorutti —que abrazó a Milo como si fuera un hijo—, Radamel, Sergio Prada y Agustín Fantili, completando un mosaico donde la familia del folklore se mostró en toda su amplitud.

Y entonces llegó el turno de Milo J, el encargado de cerrar las lunas. Su aparición no fue solo un gesto de apertura generacional: fue la confirmación de que el folklore argentino está entrando en una etapa donde la raíz y lo urbano ya no se miran de reojo, sino que se reconocen. Milo salió al Atahualpa Yupanqui con una naturalidad que desarmó cualquier prejuicio. No impostó folklore, no buscó disfrazarse de algo que no es: llevó su música, su sensibilidad y su manera de estar en el mundo, y desde ahí tendió puentes.

Su show fue colosal, inclusivo, luminoso. Diseñado para todos: para los mayores, que pudieron asomarse a su universo a través de clásicos reinterpretados; y para los más jóvenes, que celebraron su faceta urbana, la misma que lo llevó a lo más alto. Milo entiende algo que muchos artistas tardan años en comprender: que la emoción no tiene género musical. Por eso pudo pasar de una zamba a un trap sin que la Plaza perdiera el hilo. Por eso pudo bromear con quienes estaban de brazos cruzados, pedir baile, pedir disfrute, y conseguirlo. Su energía se expandió como una ola por toda la Próspero Molina, una mezcla de ternura, carisma y entrega que sorprendió incluso a quienes no lo conocían.

Verlo tan cómodo en el Atahualpa Yupanqui, con su tacita o su botella de agua, fue una escena que quedará en la memoria colectiva. Algunos fans lloraban desconsoladamente, otros lo miraban con sorpresa, otros con orgullo. Milo no vino a “folklorizarse”: vino a honrar la raíz desde su propio lenguaje, a mostrar que la tradición también puede ser un territorio donde los jóvenes se sienten invitados, no examinados. Su presencia marcó un antes y un después, no por ruptura sino por convivencia: demostró que el folklore puede dialogar con la música urbana sin perder identidad, y que la emoción —cuando es verdadera— no necesita permiso.

Pero Cosquín 2026 no fue solo su cierre. Fue también el descubrimiento de nuevas voces como la jujeña Wara Calpanchay, ganadora del premio Revelación. Con apenas 21 años, nacida en Susques, Wara trajo la frescura del norte y la profundidad de la tradición. Su paso por el Pre Cosquín, su ovación en la Plaza y su impronta personal confirmaron que el folklore sigue naciendo donde siempre nació: en la tierra, en la comunidad, en la juventud que escucha antes de cantar.

La edición también dejó huellas políticas. Desde las críticas de Luciana Jury y las palabras de Susy Shock, hasta el recitado de Hugo Rivella y las declaraciones de Coplanacu, la tensión atravesó varias lunas. El público, sin embargo, mostró cansancio ante los discursos y buscó refugio en la música, en la fiesta, en la emoción. Teresa Parodi fue la que mejor leyó ese clima: no callarse, sí; pero hacerlo desde un lugar que convoque, que abrace, que no fracture.

La Próspero, la terraza gastronómica preferencial, fue otro acierto de la comisión: un espacio para ver el festival desde otra altura, para recibir invitados, para agasajar músicos, para respirar la Plaza desde una perspectiva distinta. Un gesto de modernización que no rompe nada, que suma.

Cosquín 2026 fue político, tenso, emotivo, multitudinario, intergeneracional, urbano y tradicional. Un festival imperfecto e inolvidable. Un festival donde la grieta apareció, sí, pero donde también se ensayaron otras formas de convivir. Un festival donde los maestros sostuvieron el rito, donde las nuevas voces abrieron caminos y donde un pibe de Morón cerró las lunas con una humildad que desarmó prejuicios.
Un festival que no solo celebró su historia: la reescribió.