En El hechizo del verano, la autora de Los sorrentinos convierte su experiencia de vivir en Suecia en una serie de textos donde el idioma, el invierno, la extranjería y las escenas de la vida cotidiana funcionan como disparadores para pensar. Un libro íntimo y reflexiones que muestra a una escritora explorando otra forma de narrar.
Mudarse a un país extranjero entre otras cosas es aprender a mirar nuevamente con otros ojos. Las calles cambian de nombres, los paisajes tambien. Las reglas sociales muchas veces dejan de ser las mismas, las conversaciones requieren otra atención y hasta las cosas más sencillas pueden converstirse en pequeños prblemas a resolver. Si a todo eso le agregamos un idioma completamente diferente, la experiencia obliga a desarrollar una sensibilidad distinta, escuchar mejor, observar más, elegir las palabras con cuidado.
De todo lo anteriormente dicho está hecho El hechizo del verano de Viriginia Higa. La autora de Los sorrentinos se instaló en Estocolmo y desde esa experiencia construyó dieciocho textos que se mueven entre la crónica, el ensayo personal y el diario. No hay aquí una novela ni una narración que avance hacia un desenlace, sino diferentes miradas.
El idioma sueco aparece como una de las primeras puertas de entrada. Higa no se limita a contar que aprender una lengua nueva es difícil. Se detiene en sus sonidos, su pronunciación, su música y en la manera en que esa lengua parece relacionarse con el paisaje y los ritmos de la vida sueca.
La observación del idioma se convierte entonces en una observación del país. El frío, la luz, las largas noches y los breves veranos forman parte de un escenario que no aparece como una postal turística, sino como el territorio cotidiano en el que la autora intenta acomodarse. Y allí reside una de las decisiones más interesantes del libro: Higa no intenta explicar Suecia.
No hay una guía de Estocolmo ni una sucesión de datos destinados a presentar un país exótico ante el lector argentino. La ciudad aparece filtrada por la experiencia personal. La autora registra aquello que le llama la atención, aquello que le cuesta, aquello que le resulta absurdo o fascinante y también aquello que, con el tiempo, empieza a formar parte de su nueva normalidad. La mirada extranjera funciona como una herramienta.
Al no conocer completamente los códigos de un lugar, todo puede volverse significativo. Una palabra, una costumbre, una forma de relacionarse, una pista de hielo. El hecho de estar afuera obliga a prestar atención.
Ese procedimiento mantiene un vínculo evidente con Los sorrentinos. Si en aquella novela el lenguaje tenía un peso fundamental y Higa demostraba una capacidad particular para encontrar humor y extrañeza en las situaciones cotidianas, en El hechizo del verano esas características aparecen trasladadas a una experiencia mucho más personal.
El tono conserva esa combinación de empatía, ironía y humor que muchos lectores reconocieron en su primera novela. Pero cambia el mecanismo narrativo. Ya no hay una familia, una ciudad argentina y una trama que sostenga el relato. Ahora está la propia autora pensando en voz alta.
Para algunos lectores, esa libertad es justamente su encanto. La posibilidad de acompañar los pensamientos de Higa permite que los textos se muevan con naturalidad de un tema a otro. El libro puede comenzar hablando de Suecia y terminar en Jane Austen, pasar por Éric Rohmer, detenerse en la importancia de la holgazanería o preguntarse por las diferencias entre la plata ganada y la plata regalada.
Algunas reseñas de lectores señalan que determinados textos podrían ser más contundentes si no se interrumpieran con reflexiones excesivamente personales. Otros consideran que, por su extensión, el libro termina sintiéndose más largo de lo que realmente es. También aparece una comparación recurrente: quienes llegaron después de disfrutar Los sorrentinos extrañan a la Higa novelista y encuentran menos fuerza en esta escritura fragmentaria.
La objeción es interesante porque toca una característica fundamental del libro. El hechizo del verano no pretende construir una gran historia. Su apuesta está en registrar el pensamiento mientras sucede.
Escribir sobre lo que se piensa puede ser una operación delicada. Cuando funciona, una observación cotidiana se convierte en una idea que excede la anécdota. Cuando no, la reflexión puede sentirse demasiado privada. Higa se mueve constantemente entre esos dos extremos, pero cuando acierta, el resultado es particularmente atractivo.
Uno de los ejemplos más logrados es el texto dedicado al patinaje. Una experiencia aparentemente sin mucha importancia se convierte en una escena cargada de humor, incomodidad y observación. La autora se enfrenta a una actividad que forma parte de la vida cotidiana del lugar y, desde su posición de extranjera, transforma la dificultad de aprender en una pequeña pieza literaria.
También funcionan especialmente bien los textos que se alejan de Suecia. Jane Austen y Éric Rohmer aparecen como presencias capaces de acompañar la vida en el largo invierno nórdico. Allí Higa demuestra que el libro nunca necesitó ser exclusivamente sobre Suecia.
Suecia es el escenario, no necesariamente el tema. All fin y al cabo el verdadero asunto parece ser la experiencia de vivir en un lugar donde las reglas todavía no están completamente aprendidas. Y, a partir de ahí, preguntarse por cuestiones mucho más amplias: el ocio, el dinero, la identidad, el lenguaje, el clima, la cultura, la literatura y las formas en que organizamos nuestra vida.
Hay además una dimensión particularmente atractiva en la manera en que Higa observa a los suecos y a las personas que aparecen en su nuevo entorno. No intenta construir una caricatura del extranjero ni idealizar la sociedad que la recibe. Mira, compara, interpreta y muchas veces se ríe de las diferencias.
El título también funciona como una clave de lectura. En un país donde el invierno ocupa buena parte del año y la oscuridad modifica radicalmente la vida cotidiana, el verano adquiere una dimensión casi extraordinaria. La luz, el calor y los días largos producen una sensación de excepción.
El hechizo no está solamente en el verano sueco. Está en la posibilidad de volver a percibir lo cotidiano como algo extraordinario.
Por eso el libro puede leerse como una defensa de la atención. Mirar mejor, escuchar mejor, leer mejor. Darle importancia a cosas que normalmente pasan de largo.
No todo funciona con la misma intensidad. Esa es probablemente la principal debilidad del conjunto. Hay textos que dejan imágenes memorables y otros que parecen quedarse en una reflexión demasiado íntima. La estructura fragmentaria puede producir una sensación de falta de hilo conductor y, para algunos lectores, el libro puede resultar más extenso de lo que sus poco más de cien páginas hacen suponer.
Pero también sería injusto medirlo únicamente con la vara de Los sorrentinos. Higa decidió no repetir la fórmula de su primera novela. Eligió una forma más abierta, personal y ensayística. Y aunque esa decisión puede generar cierta irregularidad, también permite descubrir otra zona de su escritura que celebramsos.
Si Los sorrentinos mostró a una narradora capaz de construir un universo propio a partir de una familia y un territorio, El hechizo del verano muestra a una escritora que encuentra literatura en su propia experiencia de desplazamiento.
Hay algo especialmente argentino en esa mirada. Una forma de combinar la observación del mundo nuevo con la memoria del mundo anterior, el humor con la melancolía y la curiosidad con cierta desconfianza. Una especie de hygge argentino, si se quiere recurrir a una palabra que describe esa búsqueda de bienestar, intimidad y pequeños placeres cotidianos.
Quizás allí esté el encanto más genuino del libro. No en descubrir cómo es Suecia, sino en acompañar a Virginia Higa mientras aprende a vivir allí. En verla convertir el desconcierto en observación y la observación en escritura.
El hechizo del verano no es Los sorrentinos, y probablemente no tenga que serlo. Es un libro más pequeño, más íntimo y menos narrativo. Tiene momentos extraordinariamente bellos y otros en los que la reflexión pierde fuerza. Pero detrás de sus irregularidades hay una escritora haciendo algo que todo escritor necesita hacer alguna vez: mirar el mundo como si fuera nuevo,