Las islas que hicieron lectora a Mariana Enriquez están en Archipiélago

Hay una imagen que queda suspendida sobre Archipiélago como una bruma persistente: la de cinco mil libros viajando por mar, embalados en un contenedor que parte del puerto de Buenos Aires y cruza océanos hasta llegar a Tasmania, donde Mariana Enríquez los espera entre cajas abiertas y una mudanza que todavía no termina de asentarse. Esa biblioteca errante condensa el espíritu del libro, que es justamente un mapa afectivo donde cada isla es un recuerdo, una obsesión, una herida o una revelación que marcó a la escritora desde la infancia hasta hoy.

Archipiélago, más que un libro, es un mapa literario o un paseo por el territorio donde Mariana Enriquez se deja ver sin artificios. Abre su mochila, esa que uno imagina siempre llena de papeles, anotaciones y libros marcados, y muestra de qué está hecha su vida como lectora. Para quienes ya conocen su recorrido, el libro confirma obsesiones que ella misma ha reconocido en entrevistas. Leer Archipiélago es entrar en la cocina lectora de Enriquez, asistir a sus manías, a sus rituales, a la manera en que la lectura se volvió una forma de estar en el mundo.

Mariana Enríquez demuestra que es una lectora exquisita, no solo porque su lista de libros leídos o pendientes podría ocuparnos varias vidas, sino porque su relación con los libros es física, emocional y, me animaría a decir, espiritual. En Archipiélago cuenta cómo llegó a cada libro y a cada autor en tiempos sin internet, sin algoritmos, sin booktubers, cuando lo único que existía era la recomendación de un amigo o de un librero de confianza. A lo largo del libro habla de bibliotecas, de hallazgos y también de rechazos literarios. De cómo la lectura moldeó su escritura, su mirada y su manera de habitar tanto el mundo real como el que inventa en cada libro. Ese mundo donde conviven Borges y Stephen King, Keats y Clive Barker, el gótico sureño, el vampirismo y la poesía.

Los últimos capítulos son, tal vez, los más fascinantes: ahí aparecen el horror, el weird, el gótico sureño y lo político. Ahí emerge la Enríquez más filosa, la que piensa la literatura como territorio, como herida y como linaje. La que reconoce afinidades misteriosas, esas que no se explican del todo pero que se sienten como un llamado.

Archipiélago deja algo que no todos los libros logran hoy en día y es el entusiasmo por leer algunos de los tantos autores que ella nombra a lo largo de su recorrido como lectora.

En definitiva, Archipiélago funciona como una carta de amor a los libros y a la lectura. Un inventario de obsesiones. Un mapa para entrar o volver a entrar al mundo de Mariana Enriquez, pero esta vez desde su lugar de lectora.

ARCHIPIÉLAGO, Mariana Enriquez | edicionesampersand