Horacio Convertini es periodista, guionista y uno de los escritores argentinos más destacados dentro del género policial negro. En su escritura construye atmósferas: no importa si la historia ocurre en un pueblo perdido, en una ruta o en un departamento; siempre hay una tensión subterránea, una sombra que avanza y un humor que desarma. Convertini escribe desde ese borde donde lo cotidiano se vuelve inquietante y donde los personajes —rotos, leales, traidores en potencia— caminan sin épica posible.
A lo largo de su trayectoria obtuvo premios como el Extremo Negro‑BAN por El último milagro, el Celsius en España por Los que duermen en el polvo, el Premio de la Ciudad de Buenos Aires por Los que están afuera, y su novela más reciente, La exactitud del dolor, fue nominada al Dashiell Hammett 2025. Como guionista trabajó en proyectos para México, Brasil y Argentina, y fue coguionista de Homo Argentum. En 2024, Disney estrenó la serie basada en su cuento “Lo que sea, cuando sea”, nominada a los Produ Awards, donde él también fue nominado como mejor guionista.
Durante décadas fue una figura clave del periodismo: editor jefe de Policiales en Clarín y hoy director de la revista Viva. En paralelo, construyó un mundo narrativo propio, antiépico, donde los héroes no existen y los perdedores cargan con todo. “Escribo lo que se me canta”, dice, reivindicando la literatura como un espacio de libertad frente a la urgencia periodística y al algoritmo.
Pero más allá de los premios, Convertini tiene algo que no se enseña: una mirada. Una forma de leer el mundo desde ese lugar donde los perdedores todavía creen que pueden torcer el destino. Para él, la literatura no es un refugio sino un método: escribir lo que quiere, como quiere, sin pedir permiso.
En esta conversación hablamos de todo eso: del antiheroísmo como poética, de los años 90 como herida abierta, de la violencia mínima que organiza la vida, de los maestros que fallan, de los géneros que se mezclan sin pudor y de esa intuición narrativa que convierte lo pequeño en decisivo.

Otra canción: En tus novelas aparece siempre ese “universo antiépico” donde los héroes no existen y los perdedores cargan con todo. ¿Cuándo descubriste que ese era tu verdadero territorio narrativo y no otro más clásico o luminoso?
Horacio Covertini: No hablaría de descubrimiento sino, más bien, de un lugar al que llegué casi naturalmente. De chico, las historias que más me interesaban leer o ver en cine tenían que ver con la parábola de redención de los perdedores, los “underdog”, como los llaman los norteamericanos. En mis relatos, esa redención nunca termina de cristalizarse del todo o queda limitada al intento desesperado. Alguna vez me dijeron que hago sufrir mucho a mis personajes y quizás sea cierto. Pero, insisto: no es una estrategia. Me encantan los finales felices, pero no me salen.
O.c: Muchos de tus personajes —Giménez, El Tanque Millán, Rayo— son hombres comunes arrinconados por fuerzas que no controlan. ¿Qué te interesa de ese instante en que alguien cruza una línea y queda atrapado en una lógica que no entiende?
H.C: Desde los viajes de Gulliver para acá, sabemos que la condición de forastero implica un riesgo en sí mismo. Llegar a un lugar desconocido es, también, enfrentar personajes, estructuras de poder, reglas y códigos también desconocidos. El tópico ha funcionado tanto en el terror como en el policial y me encanta. Dal Massetto, en la trilogía de Bosques, lo aborda maravillosamente. Y uno, a veces, elije transitar en sus propios libros los caminos que disfrutó como lector.
O.c: En El misterio de los mutilados, El refuerzo y La exactitud del dolor aparece el mismo universo: pueblos del interior, forasteros amenazados, deporte, antiheroísmo. ¿Qué te sigue atrayendo de ese territorio narrativo donde la Pampa húmeda funciona como un mapa secreto de violencia y locura?
H.C: Soy un tipo urbano. Si me alejo mucho del asfalto, me mareo. No tengo un particular enganche con la naturaleza, por lo que me cuesta romantizar el entorno rural. Por el contrario, me divierte pensar en pueblos alejados del radar, a los que uno sólo puede llegar por error o por alguna imposición de la que no puede negarse, como escenarios donde la maldad y la locura se exacerban, donde el aislamiento saca lo peor del ser humano y la vida en sociedad admite formas propias y peligrosas.
O.C: Tus novelas trabajan el miedo desde lo cotidiano —un trabajo, un viaje, un pueblo— y no desde lo extraordinario. ¿Qué te interesa de esa idea de que el horror nace de lo familiar y no de lo sobrenatural?
H.C: No me llevo del todo bien con lo sobrenatural. Si tengo que elegir un libro de Stephen King, me quedo con Carrie y no con It, porque Carrie cuenta una historia que va más allá de los poderes telequinéticos: tiene que ver con el bullying escolar y los delirios místicos. De hecho, la escribió basándose en dos compañeras de la secundaria que eran víctimas de bullying y las dos murieron jóvenes: una de epilepsia, la otra se suicida. Lo cotidiano encierra cosas espantosas.

O.c: En tus libros, una mala decisión basta para desatar una cadena de desgracias. ¿Qué te atrae de ese instante microscópico donde la vida se tuerce para siempre?
H.C: Toda elección es un salto al vacío. En cada tragedia aérea aparecen historias de gente que perdió el avión por una nimiedad y salvó la vida. El caso de Gaspi, por ejemplo. Uno de sus acompañantes decidió viajar en auto porque les tenía miedo a los helicópteros. Ahí tenés un hilo del que tirar. Si se tratara de una novela, sólo tendrías que elegir dónde ubicar la desgracia: en el aire o en la ruta.
O.c: Tus personajes suelen estar rotos, pero nunca cínicos, y el humor aparece incluso en los peores momentos. ¿Cómo trabajás ese equilibrio para que la oscuridad no se vuelva nihilismo y el humor no rompa la atmósfera negra?
H.C: Me gustaría decirte que es una decisión consciente y que forma parte de mi plan de escritura, pero no. No hay un equilibrio trabajado ex profeso. Cuando escribí El misterio de los mutilados, la primera devolución que me hizo la editora fue: “Me estoy matando de risa”. Y yo pensé: “Qué hice mal, si es una novela negra bastante brutal”. Después me di cuenta de que contenía personajes y situaciones graciosas que funcionaban como válvulas de escape.
O.c: Sos periodista, pero tus novelas no siguen la agenda del momento. ¿Sentís que la literatura funciona como un territorio de libertad frente a la urgencia periodística y al algoritmo?
H.C: Sí. No me gusta escribir en función de las noticias que salen en las tapas de los diarios. Sé que me estoy perdiendo un argumento de marketing. Las novelas que se promocionan como “urgentes y necesarias” porque conectan con temas de agenda se venden solas, pero si algo me permite la literatura es crear los mundos que a mí se me antojan. Para actualidad, bastante tengo con el periodismo.
O.c: Muchas de tus novelas no buscan resolver un enigma sino mostrar cómo viven los personajes en la oscuridad que los rodea. ¿Qué te permite ese enfoque de novela negra amplia que no te permitiría un policial clásico?
H.C: El policial clásico, el del enigma que debe ser revelado al final del relato, implica un trabajo de ingeniería argumental que no sé si estoy capacitado para hacer y que, además, tampoco me interesa demasiado. A veces, leo novelas o veo series que plantean un laberinto fascinante, pero terminan saliendo por arriba. Por ahora, me quedo con el otro formato, en el que la tensión no está puesta en el abracadabra de la develación sino en el recorrido de los personajes. En La exactitud del dolor, sabemos desde la primera página que Rayo muere. La clave es por qué.
O.c En El último milagro mezclás policial, fútbol y ciencia ficción, y en otras novelas cruzás géneros sin pudor. ¿Qué te atrae de romper la pureza genérica y qué buscás cuando hibridás mundos tan distintos?
H.C: Ojalá fuera todo tan pensado, tan deliberado. No me levanto a la mañana pensando: “Hoy voy a hibridar el policial con la ciencia ficción”. ¿Sabés de dónde surgió la idea de El último milagro? Un amigo, una vez, me dio a leer su libro de cuentos futboleros. Uno de los relatos admitía un camino que él no usó: que un jugador pudiera ser manejado con un joystick desde la tribuna. Me gustó tanto esa posibilidad, me pareció tan ridícula e inquietante, que decidí trabajarla yo.

O.c: En La exactitud del dolor trabajás un duelo de memorias entre un boxeador agonizante y su maestro. ¿Qué te interesaba explorar en ese espejo maestro‑discípulo donde ambos cargan culpas, sueños rotos y traiciones?
H.C: La clave de la novela, creo, está en la lealtad: hasta qué punto sos fiel a alguien si eso te va a impedir cumplir tus objetivos. O dicho de otra manera, ¿en qué medida todos somos traidores potenciales y lo único que cambia es la circunstancia? Los vínculos Rayo – Zafe, Rayo – Vicente y Patricia – Rayo se juegan en esta disyuntiva.
O.c: Elegís los años 90 como escenario en varias obras: un tiempo de poder diluido, éxito exhibido y vidas al borde de la supervivencia. ¿Qué te atrae de esa década como territorio narrativo para pensar el fracaso, la mentira y la presión social?
H.C: Hay varias razones. Los 90 son años de un derrumbe silencioso, disimulado por el dólar barato, el déme dos en Miami, las chucherías importadas y esta idea de que con el cuentapropismo barato (me echaron y con la indemnización pongo un kiosco o compro un auto usado para hacer de remise) me puedo mantener a flote. Me interesan las ambiciones chiquitas que se juegan en este contexto. Pero además hay una cuestión, digamos, operativa: es la última década analógica y yo necesito que mis personajes puedan perderse o inventarse una identidad sin que haya celulares, geolocalizadores o redes sociales que metan la cola y me arruinen el clima que quiero crear.
O.c: Soriano y Dal Masetto están en tu ADN narrativo. ¿Qué aprendiste de ellos sobre el perdedor, el antiheroísmo y el humor triste, y qué necesitaste romper para que esas influencias se volvieran completamente tuyas?
H.C: Hace un par de meses, de Planeta me pidieron que escribiera un texto de contratapa para la reedición de Una sombra ya pronto serás, de Soriano. No la leía desde hacía una punta de años y la sentí tremendamente actual. Ratifiqué mi gusto por su estilo, sus temas, el tono melancólico, el humor amargo. ¿Soriano influyó en mi literatura? Sí, desde luego. ¿Dal Masetto? También. ¿Pienso en ellos cuando escribo, busco mirarme en ellos como espejos? No. Me parece que la influencia trabaja en otro nivel, es más inconsciente. Por lo tanto, no hay con qué romper. Yo no sé cuántos de los autores que he leído y disfrutado aparecen, de alguna manera, en lo que escribo. Pero entiendo que pueden latir en las elecciones que hago en cada texto.
O.c: En tus novelas, el territorio siempre parece tener una voluntad propia: pueblos que expulsan, rutas que engañan, paisajes que oprimen. ¿Cómo trabajás esa idea de que el espacio también es un personaje?
H.C: Creo que ese rasgo aparece más en algunas novelas que en otras. En New Pompey y en Los que duermen en el polvo, desde ya: Pompeya es el espacio en el que se desenvuelve el drama pero, también, el que ha marcado a fuego la historia de los protagonistas. En otros libros, los territorios tienen una función más instrumental, escenográfica, sin tanta densidad.
O.c: Muchos de tus protagonistas cargan culpas viejas, errores que no terminan de resolverse. ¿Qué te interesa de esa persistencia del pasado como una fuerza que condiciona cada decisión presente?
H.C: Cada personaje tiene su propia historia y en esa historia aparecen las claves del presente de la novela. Suena muy psicoanalítico, lo sé, pero es así. Y son las culpas, los deseos frustrados, las asignaturas pendientes las que me van a permitir que los personajes tengan carnadura y sus conductas sean justificadas y no antojadizas.
O.c: En varias de tus historias aparece la figura del maestro, del entrenador, del guía fallido. ¿Qué te atrae de esa relación asimétrica donde la enseñanza convive con la traición, la admiración y el desencanto?
H.C: Vuelvo a aquella referencia a La exactitud del dolor. La posibilidad de una traición es un motor narrativo muy potente.
O.c: Tus novelas muestran un mundo donde la violencia no es espectacular sino estructural: económica, laboral, afectiva. ¿Cómo pensás esa violencia mínima, casi invisible, como motor narrativo?
H.C: La vida está llena de esas microviolencias. Uno las maneja como puede. Y en la administración que hacemos de ellas hay un sinfín de historias posibles.
O.c: Para terminar que libros autores contemporáneos estás leyendo o recomendarías?
H.C: Un amor sin futuro, de Betina González. El nombre de todos los sonidos del bosque, de Santiago Craig. El intercesor, de Diego Muzzio. Un crimen dialéctico, de Guillermo Martínez. Un mal salvaje, de Coetzee-Siccardi. Los nuevos, de Pedro Mairal. una casa sola de Selva Almada
