Escribir la historia colectiva de mujeres en la música forma parte del universo sonoro de la percusionista limeña, actual baterista de Alejandro Sanz, que hace del ritmo una forma de construir territorio y desmoronar espacios desiguales. Del cajón peruano en el living de su casa a los estadios internacionales, su paso por Argentina traza una red de alianzas junto a Andrea Álvarez, Lucy Patané, Carolina Cohen, Belén López y Chocolate Remix, donde cada golpe sobre el parche se transforma en un estruendo colectivo.
A los siete años, frente a su primer cajón peruano, Gisella descubrió que la música se habitaba. En el living de su casa, mientras la radio sonaba, ella acompañaba las canciones que ponían su mamá y hermano mayor. “Desde pequeña, cuando me sentaba a tocar mi cajón peruano, era feliz. No podía explicar por qué, o de dónde venía ese sentimiento, pero sentir cómo la madera vibraba conmigo y yo con ella al compás de la música, me hacía muy bien. Ahí supe que era algo que me encantaría hacer, pero sobre todo sentir, el resto de mi vida”, describe Gisella.
Esa conexión intuitiva con el instrumento se transformó, con los años, en una marca de identidad.

__¿Cómo definirías tu estilo al tocar?
—Siento que va más allá de lo técnico. Para mí, es la manera en la que me comunico sin palabras; es una explosión de sentimientos, una forma de sacar todo lo que llevo dentro, todo lo que soy. No hay máscaras, la música es mi lado más honesto.
Ese saber inicial marcó una forma de ocupar el espacio a través del ritmo. Formada en el Conservatorio Nacional de Música de Lima y curtida a la par en la música popular, construyó su identidad. En ese camino, fue nominada al Latin Grammy en 2020 por el proyecto “Las Guerreras de la Música Afroperuana”, un documental que visibiliza el legado de las mujeres en la música criolla y afroperuana. A través de testimonios, presentaciones musicales y recorridos por distintas generaciones de artistas, la obra busca recuperar voces que durante años quedaron relegadas. Además de poner en valor tradiciones como el cajón peruano, el festejo y otros ritmos afrodescendientes, el documental aborda la música como espacio de memoria, identidad y resistencia cultural.
—Desde tu experiencia, ¿cómo ves hoy el espacio para las mujeres músicas en Perú y en América Latina?
—Hoy hay cada vez más oportunidades, en parte por el precedente que están dejando músicas de distintas generaciones. Pero es obvio que seguimos siendo minoría y que nos siguen observando y juzgando. Todavía hay festivales en los que solo hay una o dos bandas de mujeres en todo el cartel. Y aún hoy, sigue sorprendiendo que las mujeres en una banda no solo sean cantantes o coristas, o escuchás los típicos comentarios de “lo hacés bien para ser mujer”. Entonces, sí, el espacio va mejorando pero va muy lento. Y la realidad es que ese espacio nos lo estamos haciendo nosotras mismas. Por eso hace falta una reflexión para incluir más a chicas que quizás no cuentan con tanta experiencia: si no tienen la oportunidad, tampoco la van a llegar a tener nunca.
Al respecto, informes regionales de la organización Somos Ruidosa (2025) muestran que la presencia de mujeres en los grandes festivales de Latinoamérica apenas roza el 15%. En Perú, los datos del Registro Nacional de Trabajadores y Organizaciones de la Cultura y las Artes (RENTOCA) revelan una paradoja conocida: las mujeres presentan niveles de formación académica superiores a los de sus pares varones, aunque solo el 9% de los puestos de decisión están ocupados por ellas. En Argentina, la Ley de Cupo Femenino y Acceso de Artistas Mujeres y Personas Travestis, Trans, Intersex y No Binarias a Eventos Musicales logró empujar el piso hacia el 30% según el Instituto Nacional de la Música (INAMU), aunque la disparidad reaparece en las contrataciones y los horarios centrales.
La respuesta de Giurfa fue construir desde abajo. Hace más de una década fundó el Warmi Rock Camp Perú junto a las músicas peruanas Natalia Vajda, Estefanía Aliaga y Fiorella Uceda: una escuela de música autogestiva donde niñas y adolescentes atraviesan toda la experiencia de formar parte de una banda.
Durante una semana ensayan con el instrumento que eligieron, componen una canción, participan de sesiones de fotos, diseñan logos, eligen el nombre de sus bandas y conforman sus propios proyectos musicales. El proceso culmina con un concierto frente a familiares y amistades, en un escenario donde pueden ser libres y experimentar quiénes quieren ser.
“Somos testigos de la transformación que muchas participantes tienen en tan solo una semana de compartir. Se produce la ruptura no solo de barreras sociales sino de estereotipos con los que muchas veces desde niñas crecemos y naturalizamos. Vemos cómo todo eso empieza a desmoronarse a través de la música y creemos firmemente que si hubieran más espacios como estos, y más veces al año, el cambio en nuestra sociedad y en el mundo sería mucho más impactante aún”, destaca Giurfa.

Alianzas rioplatenses: tocar juntas, construir escena
Su paso por Argentina traza una cartografía de alianzas que amplía las fronteras nacionales. Guarda un recuerdo especial de su primera vez en Argentina, hace doce años en el festival Ciudad Emergente, cuando el público despedía a Gustavo Cerati: “Fue la primera vez que vi un público tan visceral, pasional y leal”.
Ese lazo se reactivó en una sesión de estudio en Buenos Aires donde Gisella compartió con referentes de la escena local como Lucy Patané, Carolina Cohen y Belén López. También compartió estudio con Chocolate Remix, proyecto con el que grabó nuevo material que será lanzado durante 2026.
Pero hubo un cruce que tuvo un peso particular: grabar a dos baterías junto a Andrea Álvarez, pionera absoluta del rock argentino desde los tiempos de Rouge. “Viniendo ella de una generación de mucha presión, fue muy enriquecedor”, recuerda Gisella. La experiencia, cuenta, significó un cruce entre músicas que tuvieron que disputar sus propios espacios.
A la par de las grandes arenas junto a Alejandro Sanz, el horizonte de Giurfa para este año se mueve en una búsqueda más íntima: el lanzamiento de su primer material solista junto a Lorenzo Tapia, un proyecto personal que convivirá con sus facetas de sesionista y educadora.
Entre Weather Report, Jaco Pastorius, Michael Jackson, Rage Against the Machine, Incubus y Chick Corea, Gisella reconoce parte del repertorio que moldeó sus primeros años como música. Y si pudiera elegir cualquier época para tocar, viajaría al momento en que la música popular se volvió revolución cultural: los años de Elvis Presley, The Beatles, Janis Joplin y Woodstock. También le hubiese gustado presenciar el nacimiento del blues y el soul, esa revolución sonora nacida de las raíces africanas que redefinió la música contemporánea.
Mientras habla de lo que la apasiona y se prepara para lo que viene, surge una última pregunta:
—Si tu batería o tu cajón pudieran hablar hoy, después de tanto camino recorrido, ¿qué creés que dirían de vos?
—No estoy segura, pero probablemente me dirían que les siga dando con todo, siempre con el corazón en la mano, con mucha pasión y disciplina. Y también… que todavía nos queda mucho camino por aprender y vivir.
Hay algo de lo estructural que cambió de manera irreversible: el silencio del sistema ya no tiene dónde esconderse. Mientras Gisella vuelve a acomodarse frente al cajón y el golpe sobre la madera marca otra vez el compás, queda claro que ya no vibra solo el instrumento, sino una escena que hace tiempo las mujeres escriben —estén dentro o fuera del afiche.

#Foto de portada: Ali Arvayo