En Córdoba, Andrés Calamaro volvió a la Plaza de la Música como quien regresa a un territorio afectivo. Lo hace todos los años, sí, pero cada visita tiene un matiz distinto: un gesto nuevo, una frase que cambia de color, una relectura inesperada. Y siempre, antes de cantar alguna canción, recuerda su paso con Los Abuelos, los primeros shows en La Falda Rock, la hostilidad de aquellos tiempos y la certeza de que Córdoba es parte de la historia del rock.
En esta gira Como cantor, ese cambio es más evidente que nunca. Calamaro decidió despojarse de artificios y cantar desde un lugar más directo, más humano, más cercano a la esencia del oficio, aun cuando la voz exhiba el paso del tiempo.
Un inicio sentimental y una banda en estado de gracia
La noche arrancó con Todavía una canción de amor, un clásico de los Rodríguez (aunque vale aclarar que su autor es nada menos que Joaquín Sabina) del disco Sin documentos (1993). Después llegaron Mi gin tonic y Cuando no estás, ambas de Bohemio (2013), en un clima confesional que Calamaro habita con ironía, alcohol y melancolía.
El bloque rockero abrió con Pasemos a otro tema de Nadie sale vivo de aquí (1989) y Loco, de Alta suciedad (1997), ese disco que redefinió su carrera. En vivo, las guitarras de Julián Kanevsky y Brian Figueroa recuperan el filo original, mientras la base rítmica —más filosa, más funky— empuja todo hacia adelante. El añadido de trompeta y saxo volvió la propuesta resonante, arrolladora, casi spectoreana.
En esta gira, Calamaro no esquivó la controversia por las imágenes de carreras de galgos proyectadas durante Palabras más, palabras menos. Volvió a defender la autonomía del arte: “Ver una imagen no es avalarla, como ver una película bélica no te convierte en beligerante”. Una introducción que sirvió para darle pase a otro clásico de Andrés, Mil Horas.
También hubo momentos donde el salmón les dedico algunas ironías a los “animalistas dogmáticos” y una defensa de las tradiciones populares. Calamaro habló mucho entre tema y tema: anécdotas de La Falda, de Los Abuelos. Hasta se dio el gusto de contar una anécdota de Ravi Shankar afinando el sitar en Monterrey.
Crímenes perfectos volvió a ser un momento suspendido en el aire. Señal que te he perdido confirmó que incluso sus gemas menos obvias pueden convertirse en puntos altos. Costumbres argentinas fue un puente emocional entre los ’80 y hoy, cantada con nostalgia y orgullo.
El tramo Rodríguez —A los ojos, Mi enfermedad, Palabras más, palabras menos— reafirmó que esas canciones ya no le pertenecen: son del público, de la memoria afectiva de un país. Y entre esos clásicos se colaron Bohemio, Tres Marías y Carnaval de Brasil, mostrando que Calamaro no necesita elegir entre pasado y presente: desafina a propósito, vuelve a afinar, reescribe, transforma. Un gesto dylaniano, sí, pero con ADN rioplatense.
El momento tanguero llegó con Garúa, cantado sin impostación ni solemnidad. Un recordatorio de que Calamaro no es solo un rockero: es un cantor en el sentido más amplio, más visceral.
El tramo final: hits, símbolos y una incomodidad necesaria
El final fue un festival de himnos: El salmón, Alta suciedad, Sin documentos, Paloma, Flaca, Estadio Azteca. Cada una con su historia, su época, su público. Estadio Azteca volvió a sonar como elegía generacional; El salmón, como manifiesto.
Pero el momento de mayor densidad simbólica llegó con Los Chicos. Está vez acompañadp de imágenes de los héroes de Malvinas y de las Abuelas de Plaza de Mayo.
Calamaro incomoda. Y en un presente tan literal, esa incomodidad es, quizás, el mayor valor que un artista puede ofrecer.
Otra vez Andrés dejó claro que el verdadero cantor sale a cantar con lo que tiene. Porque al final lo que importan son las canciones, no la perfección de la voz. y si Calamaro vuelve siguió.
Calamaro vuelve todos los años, sí. Pero esta vez trajo diez canciones distintas respecto a su gira anterior, desempolvó perlitas, profundizó en Los Rodríguez, y volvió a demostrar que su obra es un territorio en movimiento. Un territorio que Córdoba, una vez más, habitó como propio.