La cultura, una infraestructura que Argentina no puede darse el lujo de perder

En Argentina, la cultura funciona como una infraestructura invisible. No aparece en los presupuestos pero sostiene algo más profundo: la manera en que un país se piensa a si mismo. Además de la posibilidad de que una sociedad se piense, se narre y se acompañe en sus crisis. Un país sin cultura no se queda sin entretenimiento: se queda sin lenguaje para nombrar lo que le pasa. La literatura, la música, el teatro, el cine y las artes visuales no son adornos: son tecnologías simbólicas que permiten que una comunidad no se reduzca a la mera supervivencia económica.

La discusión pública suele reducir la cultura a un gasto prescindible, pero los datos muestran otra cosa. La industria editorial argentina —incluso en años de crisis— mantiene una de las producciones de títulos más altas de la región aunque con una fuerte caída de la cantidad de ejemplares que se hace de cada libro. Cada libro implica editores, correctores, diseñadores, imprentas, distribuidores, librerías y lectores: una cadena de trabajo que sostiene a miles de personas. En la música, los informes del Observatorio de Industrias Culturales muestran que el sector emplea a decenas de miles de trabajadores, la mayoría independientes, con ingresos inestables y sin redes de protección. La cultura no solo produce valor económico: produce ciudadanía, amplía horizontes, democratiza la palabra y habilita la participación simbólica.

Pero la pregunta no es solo quién accede a los bienes culturales, sino quién puede producirlos. En un país atravesado por desigualdades estructurales, la cultura es también un campo donde se juega la inclusión. La mayoría de los músicos independientes financia sus proyectos con recursos propios; los sellos editoriales pequeños publican con tiradas mínimas; las salas de teatro independiente sobreviven con ingresos inestables. Cuando el Estado se retira, la desigualdad cultural se vuelve brutal: la creación queda en manos de quienes pueden pagarla, no de quienes pueden imaginarla. Por eso los subsidios, becas y políticas públicas no son privilegios: son mecanismos de democratización.

La cultura argentina tiene además una particularidad histórica: fue, en los momentos más oscuros, un territorio de resistencia. La música guardó lo que no entraba en los diarios; la literatura sostuvo preguntas que la política intentó silenciar; el teatro independiente mantuvo viva la discusión pública cuando otros espacios se cerraban. La memoria es un archivo que se actualiza en cada obra, en cada libro, en cada canción. Allí se preservan las experiencias que una sociedad no puede darse el lujo de olvidar.

Cultura, política y proyección internacional

Argentina es una potencia cultural, aunque no siempre lo reconozca. La literatura se traduce a decenas de idiomas, el cine circula en festivales internacionales, la música —del tango al trap— ocupa escenarios globales. Las ferias, las giras y los festivales funcionan como política exterior no declarada: son la manera en que un país se presenta ante el mundo sin necesidad de discursos oficiales. La cultura, en ese sentido, es un vector de identidad internacional que ningún otro sector logra sostener con tanta continuidad.

La discusión sobre el financiamiento cultural atraviesa gobiernos de distintos signos. Pero reducirla a una disputa partidaria es perder de vista lo esencial: la cultura es un bien público. No se trata de si debe ser financiada, sino de cómo garantizar que su acceso no dependa del nivel de ingresos. En un país desigual, la cultura sin políticas públicas se convierte en un privilegio; con políticas públicas, se convierte en un derecho.

Más allá de los números, la cultura sostiene algo que no se puede medir: la vida emocional de un país. Un recital, una feria del libro, una muestra o una función de teatro independiente son espacios donde la sociedad se reconoce. La cultura no solo se consume: se comparte. Y en esa experiencia compartida se produce comunidad. En tiempos de fragmentación, la cultura es uno de los pocos lugares donde todavía es posible estar juntos sin pedir credenciales.