Con De un siglo anterior, publicado el 17 de abril de 2026, Enrique Bunbury entrega uno de los trabajos más introspectivos de su trayectoria reciente. Él mismo lo definió como el cierre de un ciclo, el final de una búsqueda que lo llevó a sumergirse en el folklore hispano y latinoamericano durante los últimos años. Grabado en febrero de 2025 en el Desierto de los Leones, en México, el disco reúne a una banda latinoamericana integrada por Sebastián Aracena, Luri Molina, Johnny Molina, Ramón Gacías y Jorge “Rebe” Rebenaque.
Lejos de la nostalgia literal que sugiere el título, Bunbury propone otra lectura: no se trata de volver al pasado, sino de interrogar el presente desde la perspectiva de alguien que ya atravesó varios cambios de época. Las canciones plantean preguntas sobre un mundo que se acelera, sobre las formas que se desvanecen y las que resisten, sobre la necesidad de creer incluso cuando todo parece incierto. A lo largo del disco se percibe una voz que ya no necesita gritar para decir lo que importa.
La crítica ha leído el álbum como la consolidación de un nuevo Bunbury: más íntimo, más latino, más narrador que rockstar. Y hay algo más: la voz. En un mercado saturado de producciones clónicas, Bunbury apuesta por el menos es más. La sutileza de los arreglos y la calidez del trío latinoamericano que lo acompaña permiten que su registro —marcado por años de incertidumbre y un susto vocal que puso en pausa su carrera— encuentre nuevos matices. Quien lo escuchó desde joven reconoce los rasgos característicos, pero también descubre una expresividad distinta, casi como si hubiera aprendido a cantar desde otro lugar. Esa transformación lo acerca, por momentos, a la figura de un crooner hispano contemporáneo.
Aunque De un siglo anterior cierra una etapa, también abre otra. Bunbury adelantó que su próximo trabajo irá en una dirección casi opuesta, lo que confirma que sigue en movimiento, siempre inquieto, siempre buscando. Mientras tanto, este disco queda como un retrato cálido y humano de un artista que mira el mundo con distancia crítica pero también con ternura, y que entiende que a veces la única forma de avanzar es detenerse a escuchar lo que el tiempo tiene para decir.

Comentario canción por canción:
Creer que se puede creer
La canción abre el disco como una declaración de principios. Bunbury instala desde el primer compás una cadencia que avanza sin prisa, como quien camina por un sendero polvoriento repitiéndose una verdad para no olvidarla. La instrumentación —madera, cuerdas, percusión mínima— crea un clima de búsqueda espiritual, casi ritual.
La canción trabaja sobre una idea poderosa: la fe como impulso vital donde primero están los sueños despues la realidad. Bunbury no habla de creer en algo externo, sino en la capacidad de sostenerse a uno mismo cuando el mundo se vuelve inhóspito.
Hay un matiz existencial: la incomodidad como motor, la sensación de no pertenecer como señal de que todavía hay algo por descubrir. La canción redefine el fracaso, lo vuelve aprendizaje. Y en ese gesto, Bunbury abre el disco con una invitación a mirar hacia adentro antes de seguir adelante.
Un brindis al sol
Una de las piezas más interesantes del disco, Bunbury propone un brindis no por lo perfecto, sino por lo que queda en pie después de cada sacudón. La canción se sostiene en una estructura casi circular, como si imitara el movimiento del sol que describe.
La perspectiva cósmica —el sol, la galaxia, el tiempo que avanza— funciona como un recordatorio de nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, de nuestra pertenencia a algo mayor. La vida aparece como un sistema de señales: huellas, marcas, aprendizajes que solo se revelan con el paso del tiempo.
La canción también explora el desgaste: redes que se desmoronan, búsquedas que se vuelven imposibles, intentos que no llegan a destino. Pero lejos de caer en el desencanto, Bunbury encuentra en esa fragilidad una forma de belleza. El brindis final es un gesto de aceptación: celebrar lo que permanece, incluso cuando todo cambia.
La voz
“La voz” es el corazón emocional del disco. Acá Bunbury se despoja de artificios y canta desde un lugar de vulnerabilidad. La canción funciona como un espejo donde el artista observa lo que queda de sí después de los años, los excesos, las expectativas ajenas y las propias.
La idea del retorno —volver sobre los pasos, corregir lo inconcluso— instala una reflexión sobre la madurez. La vida aparece como un ciclo que insiste, que ofrece nuevas oportunidades para entender lo que antes no se entendía. Las imágenes de la canción —balas que rozan, una voz rota que permanece— condensan una verdad: las heridas no desaparecen, pero se integran a la identidad.
La canción no lamenta el paso del tiempo: lo reconoce como parte del proceso de convertirse en uno mismo.
La próxima vez no habrá próxima vez
El español se mueve en un registro más mediterráneo y terrenal. La percusión y el fraseo crean un clima de urgencia contenida. La canción es un adiós definitivo, pero sin dramatismo: una aceptación de que hay puertas que, una vez cerradas, no vuelven a abrirse.
La frase “cuando bebo sé cosas que los demás ignoran” no es apología al exceso: revela un estado de conciencia alterada donde la verdad aparece sin filtros. La dualidad moral —ángeles y demonios— funciona como metáfora de la batalla interna que acompaña todo final.
La reflexión sobre la memoria es uno de los puntos más profundos: los recuerdos se adaptan, se desdibujan, se acomodan a lo que podemos soportar. La canción sugiere que avanzar implica renunciar a certezas, sacrificar explicaciones y permitir que la mirada se desplace hacia otro lugar.
De un siglo anterior
“De un siglo anterior” funciona como el manifiesto del disco. Bunbury se presenta como alguien que llega desde otro tiempo, por la sensación de que el presente —rápido, superficial, saturado— no coincide con su manera de estar en el mundo. El “perdedor con más dignidad” no es autocrítica: es una forma de resistencia frente a la uniformidad contemporánea.
La canción contrapone la intensidad de la juventud con la vulgaridad del ahora, y usa imágenes como el “animal en vías de extinción” o “el espejo y la revelación” para hablar de una identidad que persiste aun cuando el entorno cambia demasiado rápido. Musicalmente avanza con un pulso narrativo, sin estridencias, como quien afirma su lugar en el mundo musical.
Porque como estamos (Ya es difícil que estemos)
Esta canción introduce un registro social y político sin perder la poética. La metáfora de los “comensales” y las “porciones que se reducen” denuncia la concentración de recursos y la desigualdad estructural. La letra describe un sistema que oprime, reduce y empobrece, pero también muestra cómo la pérdida puede despertar valentía.
En el arcén
“Nos han quitado tanto que perdimos el miedo” es una de las líneas más inresantes: sintetiza la transformación del dolor en acción colectiva. La violencia institucional —“el dedo opresor tiene el gatillo fácil”— aparece sin eufemismos. La canción es un llamado a la conciencia, a la honestidad y a la conspiración compartida.
En el arcén captura el momento en que uno se corre del camino, no por derrota, sino por lucidez: reconocer que no se puede seguir como antes.
El arcén es metáfora de un estado intermedio: ni avance ni retroceso, sino suspensión. Desde ese borde, el protagonista observa el movimiento del mundo mientras él permanece quieto. Esa quietud no es inmovilidad: es tránsito. Es el espacio donde se decide qué cargar y qué dejar atrás. La canción sugiere que a veces la única forma de avanzar es detenerse. Desde el margen, la vida se ve distinta.
Zamba para olvidar
Bunbury se adentra en un terreno delicado: interpretar un clásico del folclore argentino sin caer en lo trillado. Su versión es contenida, oscura, íntima. El timbre grave intensifica el lamento del tema, convirtiendo la zamba en una confesión.
La canción conserva la esencia melancólica de la versión tradicional, pero Bunbury introduce un aire más cercano al rock y a la canción de autor. El resultado es un puente entre culturas: una zamba que respira desde otro lugar sin perder su raíz.
La cima
Minimalista, “La cima” desmonta la idea de que llegar a lo más alto equivale a alcanzar la plenitud. Bunbury observa el éxito como un territorio ambiguo donde la altura no garantiza claridad. La canción explora el costo emocional del ascenso: la pérdida de inocencia, de espontaneidad, de brújula interna. La voz suena cansada pero lúcida.
Un par de acordes, una mentira y la redención
El cierre del disco es una escena íntima, casi de confesionario. Bunbury revisa el pasado con ironía, culpa y lucidez. La mentira no es traición: es torpeza humana. La redención no es heroica: es terrenal, frágil, posible.
La música funciona como refugio. A veces, un par de acordes basta para sostenernos. La canción es una reflexión sobre la reconstrucción, sobre la humildad de aceptar errores y sobre la posibilidad —mínima pero real— de empezar de nuevo.