Las escritoras silenciadas: genealogías rotas y rescates pendientes

En 1976, Reina Roffé publicó Monte de Venus con apenas veintidós años. La novela no llegó a instalarse en librerías ni a encontrar lectoras. No porque fuera un fracaso, sino porque fue censurada. El decreto no mencionaba su nombre, pero sí la categoría que la condenaba: “inmoral”. Esa palabra —amplia, ambigua, eficaz para disciplinar cuerpos femeninos y escrituras incómodas— bastó para que el libro fuera retirado de circulación. Roffé recordó años después los llamados, las advertencias, los silencios tensos. La editorial prefirió no arriesgarse. El clima era irrespirable. Poco después, se exilió.

La escena no necesita adornos: una autora joven, una novela que explora el deseo y la libertad, un Estado que decide que esa voz no debe leerse. Lo que siguió fue una ausencia. Monte de Venus se volvió un libro fantasma: existía, pero no estaba. Su autora también: escribía, pero lejos. La dictadura no solo persiguió militancias; también interrumpió trayectorias literarias, sobre todo las de mujeres que escribían desde el cuerpo, desde la intimidad, desde una libertad que el régimen no toleraba.

Roffé es apenas un caso. Su historia abre una pregunta más amplia: ¿cuántas escritoras quedaron fuera del mapa literario argentino porque la violencia estatal, la censura o el miedo las empujaron al silencio?

La dictadura no solo disciplinó cuerpos y proyectos políticos: también moldeó silencios. Para las mujeres que escribían, ese silencio tuvo un espesor particular. A la censura estatal se sumaban las presiones domésticas, la vigilancia sobre la sexualidad, la maternidad forzada, la sospecha sobre cualquier gesto de autonomía intelectual.

Algunas autoras lograron sostener su obra antes o después del golpe, pero su presencia quedó desdibujada en el período más oscuro. Otras desaparecieron del radar editorial. Tununa Mercado escribió parte de su obra en el exilio mexicano, lejos de la lengua cotidiana, lejos de sus lectoras. Alicia Kozameh pasó tres años presa y, ya en libertad, escribió Pasos bajo el agua, una novela que reconstruye la experiencia carcelaria femenina con una crudeza que todavía incomoda. Cristina Feijóo sobrevivió a un secuestro y escribió una novela que dialoga con la violencia estatal desde una voz íntima, fragmentada, casi quebrada.

Mientras el mercado editorial se achicaba y la censura avanzaba, muchos textos circularon por vías alternativas: fotocopias, talleres literarios en casas particulares, lecturas íntimas en cafés o peñas semiclandestinas. La literatura oral —poemas leídos en voz baja, cuentos compartidos entre amigas— se volvió una forma de resistencia. Diana Bellessi, que vivió parte de la dictadura en el Delta, escribió años después: “La poesía fue un modo de seguir respirando”. Esa respiración, tenue pero persistente, sostuvo una comunidad literaria que no podía nombrarse a sí misma.

Mientras tanto, la crítica y el mercado editorial consolidaban un canon mayoritariamente masculino. No solo por decisión explícita, sino por una combinación de factores: la desaparición de autoras, la falta de circulación de sus obras, la imposibilidad de sostener una carrera literaria en condiciones de represión. La pregunta que se abre hoy es incómoda pero necesaria: ¿qué literatura argentina tendríamos si esas voces no hubieran sido interrumpidas? No se trata solo de recuperar nombres, sino de imaginar las conversaciones que no pudieron darse, las influencias que no existieron, las genealogías que quedaron truncas.

En los últimos años, investigadoras, editoriales independientes y proyectos de archivo comenzaron a recuperar estas trayectorias. La Biblioteca Nacional digitalizó cuadernos y correspondencias de escritoras exiliadas. Editoriales como Blatt & Ríos, Eterna Cadencia o Ediciones del Dock reponen obras descatalogadas. Investigadoras como María Moreno, Florencia Abbate o Nora Domínguez reconstruyen escenas literarias donde las mujeres vuelven a ocupar un lugar central. Cada recuperación es una reparación. No solo para la autora, sino para la memoria cultural del país. Cada reedición, cada archivo que se abre, cada manuscrito que aparece en una caja dice: acá hubo una voz, acá hubo una vida, acá hubo una historia que no llegó a contarse del todo.

Griselda Gambaro también vivió ese silenciamiento. En 1976, su novela Ganarse la muerte fue prohibida por decreto del régimen militar, que la consideró “contraria a la institución familiar y al orden social”. La frase, tomada de la resolución oficial, revela el tipo de control simbólico que se ejercía sobre las escrituras femeninas: no se trataba solo de censurar ideas políticas, sino de disciplinar cualquier relato que desarmara el mito de la familia, el cuerpo femenino como propiedad, el deseo como amenaza. Gambaro se exilió en Barcelona entre 1977 y 1980. Durante ese tiempo escribió obras teatrales que se volvieron emblemas de la resistencia ética. Su teatro no representaba la violencia: la exponía. En Ganarse la muerte, la protagonista se prostituye para sobrevivir en un entorno de miseria estructural. No hay redención, no hay moraleja: hay una mirada seca, cortante, que incomoda porque no ofrece consuelo. La censura fue castigo, pero también confirmación: la literatura puede ser peligrosa cuando se atreve a mirar lo que otros prefieren no ver.

Elsa Bornemann, querida por generaciones de niñas y niños, también fue castigada. En 1977, su libro Un elefante ocupa mucho espacio fue prohibido por la Junta Militar e incluido en la lista de “materiales subversivos”. El cuento que daba título al libro narraba una huelga de animales en un circo. Para los censores, esa fábula infantil era una incitación al desorden, una amenaza al orden jerárquico, una metáfora peligrosa sobre la desobediencia colectiva. Bornemann no fue encarcelada ni exiliada, pero la censura la marcó: su nombre quedó asociado a la sospecha, sus libros circularon menos, su obra fue vigilada. Lo que la dictadura no pudo prever fue que ese mismo libro, prohibido en Argentina, sería seleccionado por la UNESCO como uno de los mejores del año. Mientras aquí se lo consideraba subversivo, afuera se lo celebraba como una obra luminosa, sensible, profundamente humanista.

Laura Devetach también fue censurada. En 1976, su libro La torre de cubos fue prohibido por el Ministerio de Educación. El informe oficial acusaba al libro de tener “ilimitada fantasía”, de presentar “una visión distorsionada de la realidad” y de promover “conductas subversivas” en los niños. Para los censores, permitir que un niño imaginara mundos posibles era una amenaza al orden. La creatividad, el juego, la metáfora: todo podía ser leído como un gesto de desobediencia. Devetach no fue encarcelada ni exiliada, pero la censura la hirió en un lugar íntimo: el aula.

Beatriz Doumerc vivió una censura aún más explícita. En 1976, su libro La línea, ilustrado por Ayax Barnes, fue prohibido por la Junta Militar. El cuento narraba la historia de un pueblo que obedecía una línea trazada por un poder arbitrario, hasta que un personaje se atrevía a desviarse. Esa mínima desobediencia —una línea torcida, un gesto de libertad— bastó para que el libro fuera considerado subversivo. Doumerc y Barnes terminaron exiliándose en Europa. Su obra desapareció de las escuelas y de las bibliotecas públicas. Lo que la dictadura castigaba no era solo un cuento: era una pedagogía entera.

Luisa Valenzuela también fue empujada al exilio. En 1979, después de publicar cuentos y novelas donde la violencia política aparecía filtrada en metáforas, en cuerpos marcados, en lenguajes torcidos, recibió amenazas y presiones que la obligaron a dejar el país. Su prosa era un territorio de riesgo: fragmentaria, lúdica, política sin ser panfletaria, obsesionada con el lenguaje como espacio donde se inscribe la violencia. Esa capacidad de decir sin decir, de nombrar lo innombrable, la convirtió en una autora incómoda para un régimen que necesitaba controlar no solo las ideas, sino también las formas de narrarlas.

Estas historias no solo revelan la violencia de un régimen: también exponen la fragilidad de una tradición literaria que todavía estamos reconstruyendo. Cada autora silenciada, exiliada, prohibida o relegada dejó un hueco en la conversación cultural del país. No sabemos qué libros no llegaron a escribirse, qué diálogos no pudieron darse, qué influencias quedaron truncas. Pero sí sabemos que, incluso en los años más oscuros, hubo una insistencia: la escritura siguió apareciendo en cuadernos escondidos, en manuscritos que viajaban de mano en mano, en voces que se negaban a desaparecer.

Hoy, cuando sus obras vuelven a circular, no se trata solo de reparar una injusticia histórica. Se trata de reconocer que la literatura argentina está hecha también de esas interrupciones, de esos silencios forzados, de esas vidas que escribieron contra el miedo. Recuperarlas no es un gesto arqueológico: es una forma de ampliar el presente, de complejizarlo, de hacerlo más verdadero. Porque cada vez que una de estas autoras vuelve a ser leída, algo del país se reordena. Algo se ilumina. Algo vuelve a respirar.