Al igual que en el Día 1, el segundo día de Cosquín Rock 2026 vuelve a demostrar por qué este festival es uno de los más importantes de Argentina y de toda la música hispanoamericana.Entre nombres consagrados como Ciro y Los Persas, Babasónicos, Trueno, Fito, también aparecen proyectos que debutan, artistas que llegan con discos nuevos y propuestas que atraviesan momentos creativos decisivos.
Como cada año, te invitamos a descubrir esos shows que hacen que el festival sea más que una grilla: un recorrido. Y si el Día 1 ya ofreció una paleta enorme de sonidos y generaciones, el Día 2 redobla esa apuesta con escenarios que se vuelven territorios vivos, cada uno con su propia identidad
Escenario Sur
Blair llega a Cosquín Rock con Bar Scorpios, su nuevo disco: una obra donde lo sagrado, lo grotesco y lo íntimo conviven en tensión permanente. En estas canciones profundiza un universo marcado por la culpa, el deseo, la memoria familiar y una religiosidad torcida que aparece en imágenes potentes, voces susurradas y una producción cinematográfica. Ese imaginario —entre lo confesional y lo inquietante— encuentra en el vivo su mejor territorio: luces que acompañan la emoción, silencios que pesan y una banda que expande cada matiz.
En escena, Blair transforma su pop oscuro en una experiencia sensorial que mezcla dulzura, ironía y una vulnerabilidad que interpela a toda una generación. Llega en un momento artístico clave, consolidada como una de las voces más personales del indie argentino y con un show que promete ser uno de los pasajes más intensos y emotivos del festival.
Fito Páez llega a Cosquín Rock con Novela, su último disco, una obra donde vuelve a narrarse desde la música con la libertad de quien ya no necesita demostrar nada, pero igual elige seguir explorando. En Novela, Fito mezcla autobiografía, ficción y memoria emocional para construir un álbum que respira como un libro abierto: personajes, escenas, climas y confesiones que se entrelazan en un relato musical íntimo y expansivo a la vez.
Es un disco luminoso, lleno de arreglos cuidados y una sensibilidad madura que revisita su historia sin nostalgia, con la frescura de alguien que sigue escribiendo su propio mito. Su show en Cosquín Rock promete esa mezcla única de épica, ternura y desborde emocional que solo él puede generar.
Por su parte YSYA llega en un momento de expansión creativa total. Después de seguir empujando los límites del trap argentino con una obra que combina experimentación sonora, épica personal y una ética de trabajo casi militante, su presente lo encuentra más afilado que nunca. Cada lanzamiento reciente —entre mixtapes conceptuales, colaboraciones y tracks que se vuelven himnos instantáneos— confirma que su proyecto ya no es solo musical: es una visión estética, una comunidad y una forma de entender la independencia artística.
En vivo, YSY A despliega un show que es pura energía ritual: beats que sacuden el piso, una banda que potencia cada cambio de clima y un público que canta todo como si fuera manifiesto generacional. Su presencia en Cosquín Rock funciona como un puente entre escenas y generaciones, llevando el trap a un territorio donde conviven guitarras, pogo y electrónica sin perder identidad.
Airbag vuelve a Cosquín con El Club de la Pelea, su disco más reciente, donde la banda profundiza en un sonido más crudo, directo y rockero, con guitarras al frente y una producción que recupera la energía de sus primeros años pero con la madurez técnica que los caracteriza hoy. El álbum confirma el momento de solidez que atraviesan los hermanos Sardelli: virtuosismo, melodías épicas y un pulso clásico que convive con una estética más oscura.
A esto se suma “Blues del Infierno”, su último sencillo: un tema que mezcla dramatismo, riffs pesados y un clima cinematográfico que amplía el universo sonoro de la banda. La canción funciona como una declaración de principios: Airbag sigue apostando por el rock sin concesiones, con una identidad marcada y un nivel instrumental que los distingue dentro de la escena argentina.
Escenario Sur
Trueno llega a Cosquín Rock atravesando uno de los momentos más importantes de su carrera. Después del impacto de Bien o Mal y El Último Baile, su presente lo encuentra expandiendo su música hacia nuevos territorios: este año protagonizó Red Bull Symphonic, un proyecto donde reversionó su repertorio junto a una orquesta sinfónica, mostrando una faceta más amplia, más musical y más ambiciosa. Ese cruce entre rap, arreglos orquestales y una narrativa cada vez más política confirmó que Trueno ya no es solo un referente del movimiento urbano: es un artista total.
A eso se suma su gira internacional junto a Gorillaz, un salto enorme que lo posiciona en escenarios globales y lo conecta con una audiencia que trasciende géneros y fronteras. Ese recorrido reciente se siente en su vivo: un show más sólido, más escénico, con una banda que sostiene cada cambio de clima y un Trueno que domina el escenario con una mezcla de intensidad, precisión y carisma.
Trueno llega con un sonido que mezcla rap, candombe, rock y electrónica, y con la energía de un artista que está escribiendo su propio capítulo en la música latinoamericana. Verlo es entrar en un show que funciona como manifiesto, celebración y descarga colectiva.
Louta llega al fesival con Un instante, su trabajo más reciente, donde vuelve a combinar pop, electrónica y performance con una sensibilidad que se mueve entre lo íntimo y lo explosivo. El disco marca una nueva etapa: canciones más directas, un pulso emocional más expuesto y una producción que mezcla sutileza y vértigo, reafirmando su lugar como uno de los artistas más inventivos del pop argentino.
En paralelo, Louta viene de un año de fuerte actividad escénica y audiovisual, con videoclips y piezas performáticas que expanden su universo estético y lo muestran en plena reinvención. Su show en Cosquín Rock promete ser una experiencia total: música, cuerpo, imagen y emoción en un mismo movimiento.
Kapanga llega a Cosquín Rock con la energía intacta y una actualidad que los encuentra más activos que nunca. En el último tiempo lanzaron nuevos singles donde se animaron a abrir el juego y colaborar con artistas de distintas escenas, reafirmando que su sonido puede dialogar con generaciones nuevas sin perder identidad.
Entre esos lanzamientos se destacan “La Crudita” junto a Los Caligaris —un cruce natural entre dos bandas que entienden la fiesta como un lenguaje— y “Deseria” junto a Bandalos Chinos, donde recuperan su costado más melódico. También sorprendieron con “No Me Sueltes” junto a Milo J y “El Mono Relojero” junto a Damas Gratis.
Estas colaboraciones no son casuales: Kapanga está en una etapa de renovación, expandiendo su universo sin dejar de ser ellos mismos. En vivo, esa mezcla se potencia: El Mono mantiene un carisma inagotable, la banda suena ajustada y el show funciona como un ritual donde conviven clásicos y reversiones que ya encontraron su lugar entre el público.
Divididos como en los últimos años vuelve Cosquín Rock pero en un momento histórico: después de 15 años sin material inédito, el trío volvió con un disco que no solo marca un regreso discográfico, sino una declaración de principios. Su nuevo álbum —homónimo— es un trabajo que “sutura heridas y reafirma su esencia”, un gesto explícito de recomposición en tiempos fragmentados. La tapa, dos lienzos celeste y blanco unidos por una sutura, funciona como metáfora del deseo de sanar y volver al centro.
En vivo, esa idea se vuelve cuerpo. El trío mantiene su estructura clásica —guitarra, bajo y batería— pero sin repetirse: el disco combina crudeza, ternura, potencia e introspección, con canciones que dialogan con toda su historia sin caer en la nostalgia. Hay guiños al pulso visceral de Sumo (“Aliados en un viaje”), piezas atmosféricas (“Bafles en el mar”) y temas que ya son himnos en vivo como “Mundo ganado” y “San Saltarín”.
Ver a Divididos hoy es ver a una banda que sigue siendo presente puro, inquieta, eléctrica y emocional. En una era saturada de colaboraciones y fórmulas, el trío reafirma la potencia simple y compleja del formato que domina como pocos: guitarra, bajo y batería en estado puro. Su show en Cosquín Rock promete ser una celebración de esa identidad, pero también una lectura del tiempo que habitamos: un gesto de resistencia cultural, de memoria y de futuro.
Escenario Montaña
Beats Modernos llega al Escenario Montaña con una propuesta que no es un tributo ni un homenaje: es una celebración viva, energética y luminosa de la obra de Charly García, hecha por quienes compartieron escenario, estudio y vida con él. El proyecto está encabezado por Rosario Ortega, última corista de Charly desde 2011, junto a dos de sus laderos históricos: Fernando Samalea en batería y Zorrito Von Quintiero en teclados. A ellos se suma una banda que mezcla generaciones —Joaquín Burgos, Lu Torfano, Dizzy Espeche, Michelle Bliman y Andrés Rot— para reactivar el pulso más bailable, funky y eufórico del repertorio de Charly.
Beats Modernos funciona porque no replica: reactiva. Porque no busca nostalgia: busca vitalidad. Porque quienes están arriba del escenario tocaron con Charly, lo conocen, lo aman y tienen su aval para versionar, jugar y mover esas canciones hacia la pista sin perder respeto ni profundidad. Y porque la banda mezcla generaciones tanto arriba como abajo del escenario: chicos de cinco años, fans históricos, curiosos que descubren estas canciones por primera vez.
En el Escenario Montaña, Beats Modernos promete uno de los momentos más emotivos y festivos del festival: una celebración colectiva de una obra que no caduca y que sigue interpelando a todas las edades.
Silvestre y La Naranja llega al Escenario Montaña en uno de los momentos más sólidos de su carrera. Con Alter Ego, su disco más reciente, la banda profundizó en un sonido pop elegante, emocional y expansivo, con arreglos cuidados, melodías que se quedan a la primera escucha y una producción que los consolidó como uno de los proyectos más importantes del indie argentino actual. Es un álbum donde conviven la introspección, el baile suave y una sensibilidad que conecta con una generación entera.
Que estén en el Escenario Montaña tiene sentido: su música respira color, naturaleza y una vibra emocional que encaja perfecto con ese paisaje. Ver a Silvestre y La Naranja en Cosquín Rock es encontrarse con una banda en plena madurez creativa, con un vivo que se volvió uno de los más disfrutables y sensibles de la escena.
Morat llega al Escenario Montaña como uno de los fenómenos más grandes del pop latino actual. La banda colombiana atraviesa un momento de enorme madurez artística: un sonido más robusto, arreglos más ambiciosos y un vivo que creció hasta convertirse en un espectáculo masivo, emotivo y preciso. Su repertorio —ya parte del cancionero latino— se potencia en un formato donde la emoción compartida es protagonista.
Que estén en el Escenario Montaña tiene sentido: es un espacio donde conviven proyectos sensibles, generacionales y con un vivo que apuesta a la conexión colectiva. Morat trae una energía luminosa, una puesta que crece en cada gira y un show que promete ser uno de los momentos más coreados del festival.
Ecenario Paraguay
Malandro llega al Escenario Montaña como una de las voces más crudas, sinceras y personales del rap argentino actual. Con un estilo que mezcla relato callejero, sensibilidad emocional y un fraseo seco y directo, se ganó un lugar propio dentro de la escena urbana sin necesidad de hits prefabricados ni fórmulas. Su música respira verdad: habla de heridas, vínculos rotos, supervivencia, familia, barrio y contradicciones, siempre desde una primera persona que no posa ni exagera.
En vivo, Malandro es intensidad pura. No necesita grandes puestas ni artificios: su presencia, su voz y su forma de contar alcanzan para generar un clima distinto dentro del festival. Su show es catártico, directo, sin maquillaje. Y en el Escenario Montaña —un espacio que abraza proyectos sensibles, híbridos y con identidad fuerte— su propuesta encuentra el lugar ideal.
Ver a Malandro hoy es ver a un artista que crece desde la autenticidad, sin copiar a nadie y sin perder su raíz. Un rapero que convierte la vulnerabilidad en fuerza y la calle en poesía.
Devendra Banhart llega al Escenario Montaña con un solo set, el formato donde su música respira con más libertad y cercanía. Sin banda, sin artificios, solo con su guitarra, su voz y ese humor tímido que lo volvió un referente del folk experimental global. En este modo íntimo despliega una sensibilidad única: canciones que parecen susurradas, melodías que se estiran y se repliegan, y una presencia escénica que convierte cada tema en un pequeño ritual.
Flying Wig, su último disco, lo mostró en una etapa más introspectiva y atmosférica, pero en vivo —solo— esas canciones se vuelven aún más frágiles, más humanas, más abiertas. Devendra improvisa, cambia arreglos, mezcla inglés y español, juega con silencios y con la complicidad del público. No busca impacto: busca conexión. Y en el Escenario Montaña, rodeado de naturaleza y calma, esa propuesta encuentra su mejor marco.
Un solo set de Devendra es una rareza en un festival grande: un momento de quietud luminosa, de escucha atenta, de belleza mínima. Verlo en Cosquín Rock es entrar en un mundo propio, donde la canción es un gesto íntimo y la emoción aparece sin esfuerzo.
Marky Ramone llega al Escenario Montaña como el último gran portador del pulso original del punk neoyorquino. Baterista histórico de Ramones durante más de quince años, es el responsable de ese golpe seco, veloz y preciso que definió un género entero. Su show no es un tributo ni una recreación nostálgica: es la experiencia más cercana que existe hoy a sentir el impacto real del punk clásico en vivo, tocado por alguien que estuvo ahí, en el centro del huracán.
En sus presentaciones repasa los himnos que moldearon la cultura rock: “Blitzkrieg Bop”, “I Wanna Be Sedated”, “Pet Sematary”, “Sheena Is a Punk Rocker”, “Rockaway Beach”, “The KKK Took My Baby Away”. Todo ejecutado con la misma velocidad, crudeza y actitud que hicieron de Ramones una banda irrepetible. Su set es una descarga continua: sin pausas, sin adornos, sin concesiones.
Que esté en el Escenario Montaña tiene sentido: es un espacio donde conviven generaciones, y Marky es un puente vivo entre la historia y el presente. Su show funciona como rito iniciático para quienes nunca vieron a un Ramone en vivo y como celebración para quienes crecieron con esas canciones. Energía, memoria y sudor en partes iguales.
Ver a Marky Ramone en Cosquín Rock es presenciar un pedazo de historia que sigue latiendo fuerte.
David Ellefson llega al Escenario Montaña como uno de los bajistas más influyentes del metal mundial. Cofundador de Megadeth, arquitecto del sonido thrash de los ’80 y ’90 y responsable de algunas de las líneas de bajo más reconocibles del género, trae a Cosquín Rock una trayectoria que marcó a generaciones enteras. Pero su presencia no es solo histórica: es actual. En los últimos años se mantuvo hiperactivo con proyectos como The Lucid, Ellefson-Soto, su faceta como productor y colaboraciones que lo muestran en una etapa creativa abierta y sin ataduras.
Su show repasa clásicos de Megadeth —los que definieron el ADN del metal moderno— pero también incorpora material de sus proyectos recientes, donde explora un sonido más melódico, más groovero y más versátil. Ellefson toca con ese ataque de púa que se volvió su sello, y con una banda que sostiene la intensidad sin perder musicalidad. Es un set que combina historia, técnica y presente.
Claro, Mauro. Te dejo todo el bloque de la Casita del Blues arreglado, unificado y con mejor respiración, manteniendo tu tono curatorial: cálido, cercano, con esa vibra de club que define al escenario. Ordené ideas, limpié repeticiones y reforcé imágenes para que cada texto fluya dentro de un mismo universo.
Casita del Blues
Bulldozer Blues Band llega a la Casita del Blues con esa mezcla perfecta de oficio, groove y espíritu de bar que define al género. Son una banda que entiende el blues desde el cuerpo: riffs que empujan, una base rítmica que no afloja y un sonido que respira tradición sin quedarse quieto. Bulldozer no viene a reproducir estándares: viene a encenderlos. Su show es eléctrico, sudado, lleno de solos que se estiran y diálogos entre instrumentos que solo suceden en vivo.
En la Casita del Blues —ese espacio íntimo, cálido, casi de club— la banda encuentra su hábitat natural. Ahí suenan mejor los fraseos, los silencios, los quiebres y esa energía que se arma entre músicos y público a pocos metros de distancia. Ver a Bulldozer Blues Band es entrar en un clima donde el blues deja de ser género y se vuelve experiencia.
Loretta Sorbello llega a la Casita del Blues con una presencia escénica que combina fuerza, sensibilidad y una voz que puede ser áspera, dulce o incendiaria según lo pida la canción. Su propuesta cruza blues, soul y rock con una naturalidad que solo tienen quienes entienden el género desde adentro. Loretta canta con el cuerpo entero: cada frase, cada quiebre, cada grito tiene una intención precisa.
Loretta puede convertir ese espacio en un lugar para los cruces de la música negra: un show donde conviven la tradición del blues, la potencia del rock y una interpretación que siempre va al hueso. Es uno de esos conciertos que se viven de cerca, donde la energía no baja y la emoción se vuelve colectiva.
Escenario Sorpresa
Golden Floyd, la banda riocuartense abre la tarde de en el escenario sorpresa. No se trata de una copia ni de un tributo rígido: es una banda que entiende el espíritu floydiano desde la textura, el clima y la emoción. Guitarras que respiran, teclados envolventes, voces que sostienen la atmósfera y una interpretación que privilegia la experiencia por sobre la imitación.
Sorpresa de las 17:10 es uno de esos momentos que hasta hoy la producción no develo. Este espacio se reserva un hueco para que aparezca alguien inesperado: un referente histórico, un artista emergente que está explotando o una colaboración irrepetible. No figura en la grilla, puede subirse cualquiera puede haber cruces de bandas, pero lo que es seguro que los que se suban van a tener algo para decir desde el blues, el soul, el rock o la canción.
Agarrate Catalina son los encargado de cerrar el escenario sorpresa para ofrecer un cruce único: la murga uruguaya más influyente de las últimas décadas en un espacio íntimo, cálido y cargado de historia. Su propuesta —poética, política, teatral, coral— encuentra va a estar en un escenario distinto al tradicional, donde la cercanía potencia la palabra, el humor, la crítica y la emoción.
La Catalina no solo canta: cuenta, interpela, abraza y sacude. Sus arreglos vocales, su dramaturgia y su forma de leer el presente generan un clima que trasciende géneros. En un horario nocturno, 22:20, e escenario sorpresa se va a convertir en un pequeño teatro donde la murga se vuelve conversación, reflexión y celebración colectiva.