Cosquín Rock 2026 llega con una edición que abraza su identidad y, al mismo tiempo, se anima a empujar sus propios límites. Dos días donde conviven generaciones, estéticas, lenguajes y sensibilidades; donde el rock sigue siendo el corazón, pero late en diálogo con nuevas formas, nuevas búsquedas y nuevas voces.
Este año, el festival se despliega en escenarios donde cada uno propone un clima, una narrativa, una manera distinta de habitar la música.
El Escenario Montaña se vuelve el territorio de los grandes relatos: aniversarios que pesan, artistas que marcan época y presencias internacionales que expanden el mapa del festival.
El Boomerang reafirma su rol como laboratorio generacional, donde conviven riesgo, sensibilidad y propuestas que están moldeando el sonido del presente.
La Casita del Blues vuelve a ser ese refugio nocturno donde la emoción se escucha de cerca, donde la raíz de la música negra se mezcla con la intimidad.
El Escenario Norte reúne a proyectos que combinan impacto masivo, riesgo estético y una lectura contemporánea del pop y el rock, con artistas que están definiendo el pulso del presente.
El Escenario Sur se consolida como un espacio de identidad rioplatense, emoción colectiva y canciones que atraviesan generaciones.
Entre debuts esperados, regresos históricos, cruces inesperados y obras que llegan en su mejor momento, esta edición confirma algo esencial: Cosquín Rock sigue siendo un punto de encuentro. Un lugar donde la música no solo se escucha: se vive, se comparte, se celebra.
Y dentro de esa inmensidad, hay artistas que este año merecen una atención especial: porque presentan discos nuevos, porque atraviesan momentos creativos decisivos, porque debutan en el festival o porque llegan con obras que están marcando el pulso de la escena. Estas son las propuestas que te recomendamos no perderte.
ESCENARIO NORTE
Kill Flora llega por primera vez a Cosquín con ese magnetismo propio de las bandas que están escribiendo su identidad en tiempo real. Su mezcla de indie, sensibilidad alternativa y una energía escénica sin filtro los convierte en una de las apuestas más vivas del festival. Verlos ahora es ver un proyecto en expansión, con canciones que funcionan tanto para el pogo suave como para la contemplación.
En 2025 publicaron Entre sueños y distorsiones, un disco que profundiza esa dualidad: introspección brumosa y estallidos guitarreros que en vivo se vuelven más viscerales, más urgentes, como si cada tema abriera una puerta distinta dentro del mismo universo emocional. Su paso por el Norte promete ser uno de esos descubrimientos que después se comentan todo el fin de semana.
Babasónicos: Hablar de Babasónicos es hablar de una banda que hace décadas decidió no quedarse quieta. Su presencia en el Escenario Norte garantiza un show que combina hits, experimentación y una puesta en escena que siempre sorprende. Son una brújula estética del rock y el pop argentino, y verlos en un festival es recordar por qué siguen marcando el ritmo de la conversación musical.
Cuerpos Vol. 1, su trabajo más reciente, reafirma esa búsqueda incesante: texturas sensuales, climas electrónicos y una lírica que se mueve entre la ironía y el deseo. En vivo, esas nuevas canciones se integran con naturalidad a su repertorio histórico, demostrando que Babasónicos no revisita su pasado: lo reescribe cada vez que sube al escenario.
Lali llega con un show pensado para el impacto: coreografías, banda afilada, una entrega física total y una colección de canciones que ya forman parte del repertorio de toda una generación. Su presencia es magnética, y su capacidad para transformar un recital en un acontecimiento colectivo la confirma como una de las artistas más convocantes del país, después de agotar dos River en 2026.
No vayas a atender cuando el demonio llama es probablemente el disco más libre y frontal de su carrera: pop que juega con la electrónica, el dance, el deseo y la provocación desde una autonomía artística total. A eso se suma “Payaso”, un single que se volvió gesto de identidad: directo, irónico, desafiante.
En vivo, Lali piensa el cuerpo, la fiesta y la identidad. No es solo un show: es una comunión generacional.
ESCENARIO SUR
La Vela Puerca llega con esa mezcla tan propia de ellos: intensidad, desahogo colectivo y una sensibilidad que convierte cada show en un ritual compartido. Pero esta vez hay un plus emocional evidente: celebran sus 30 años, tres décadas en las que pasaron de ser una banda de amigos en Montevideo a convertirse en uno de los proyectos más queridos del Río de la Plata.
Ese aniversario no es solo un número: es una excusa perfecta para repasar una historia escrita en vivo, a pulmón, canción por canción. La banda llega afilada, celebratoria, con la energía de quienes saben que 30 años no se cumplen todos los días y que la mejor manera de festejarlos es tocando fuerte y dejando que el público complete la historia.
Emi Brancciari debuta como solista en Cosquín con La sombra es luz, un disco que confirma algo que ya se intuía: su capacidad para convertir lo cotidiano en una obra emocional. Hay en estas canciones una melancolía luminosa, una mirada que transforma detalles mínimos —una mañana cualquiera, un gesto, una sensación— en relatos universales.
Grabado íntegramente en el Río de la Plata, el álbum respira cercanía. La banda que lo acompaña suena compacta, sensible y precisa, y en vivo ese pulso humano se amplifica.
En La sombra es luz conviven introspección, ternura, ansiedad, duda y una búsqueda constante de sentido. Cuando esas canciones llegan al escenario, la intimidad se vuelve comunión y la fragilidad se vuelve fuerza compartida. Ver a Emi ahora es ver a un artista en un momento de madurez creativa.
Las Pelotas llegan con la solidez de las bandas que atravesaron décadas sin perder la inquietud. Su presencia en el escenario garantiza un show que combina potencia, introspección y una sensibilidad que se volvió marca registrada: canciones que hablan de lo que duele, de lo que persiste, de lo que todavía vale la pena sostener.
En un festival donde conviven generaciones y estéticas, Las Pelotas aportan esa voz que sigue diciendo algo, que sigue mirando el mundo con honestidad y que encuentra en el vivo su forma más contundente.
ESCENARIO MONTAÑA
Bersuit Vergarabat llega al festival luego de festejar 25 años de Hijos del Culo, uno de los discos más potentes, incómodos y lúcidos del rock argentino. Un álbum que marcó a toda una generación con su mezcla de crítica social, ironía, ternura y desborde, y que hoy vuelve a escena con la fuerza intacta de esas canciones que todavía duelen, ríen y celebran.
Después de recorrer el país revisitando este material, la banda llega a Cosquín afilada, emotiva y con esa energía colectiva que siempre los distinguió. Hijos del Culo no es solo un disco: es un retrato brutal y sensible de la Argentina de principios de los 2000, un espejo que todavía refleja tensiones, heridas y deseos que siguen vigentes.
Ver a Bersuit en este contexto es asistir a una celebración que trasciende la nostalgia: un reencuentro con un repertorio que marcó caminos y que hoy suena más consciente que nunca de su propio legado.
Marilina Bertoldi llega en un momento de enorme vitalidad creativa. Para quién trabajás Vol. 1 marca un nuevo giro en su sonido: más directo, más rítmico, más juguetón, pero sin perder la profundidad y la tensión que siempre la caracterizaron. Es un disco que piensa el deseo, el poder, el cuerpo y la identidad desde un lugar más libre, más físico, más conectado con la pista y con la provocación inteligente que Marilina domina como pocas.
A ese universo se suma “Chicas malas”, un single que funciona como declaración estética: filoso, sensual, irónico, con un pulso que mezcla rock, pop y electrónica sin pedir permiso.
En vivo, todo eso se amplifica: teatralidad, energía cruda y una presencia escénica magnética que no necesita artificios para imponerse.
Franz Ferdinand es una de esas bandas que cambiaron la forma de entender el cruce entre rock y pista. Desde principios de los 2000, su combinación de guitarras filosas, ritmos bailables y un carisma escénico inagotable los convirtió en referentes globales del indie rock.
Su presencia en Cosquín tiene un valor extra: representa la apertura internacional del festival, un puente entre la escena local y la conversación global.
Verlos en vivo es asistir a una máquina de hits perfectamente aceitada: “Take Me Out”, “Do You Want To”, “No You Girls”, “The Dark of the Matinée”. Energía, precisión y electricidad pura.
The Chemical Brothers (DJ set) llegan con un formato distinto al de sus shows audiovisuales completos, pero igual de poderoso: un DJ set que condensa décadas de innovación electrónica, desde el big beat hasta las texturas más contemporáneas.
No es simplemente una sesión: es una experiencia sensorial donde conviven clásicos, reversiones, rarezas y una lectura del público en tiempo real.
Es música pensada para el cuerpo, para el movimiento, para la comunión nocturna. Un trance colectivo donde la historia de la electrónica se mezcla con el presente.
ESCENARIO BOOMERANG
1915 llega en un momento de madurez creativa. Ceremonia los consolidó como una de las bandas más inquietas y visionarias de su generación: un cruce natural entre rock, pop y electrónica que expande los límites del formato banda sin perder la energía del vivo.
En escena, 1915 es un ritual colectivo: groove, climas densos, letras que miran al mundo con lucidez y una entrega que convierte cada canción en un movimiento compartido.
Un show que promete ser uno de los puntos altos del Boomerang.
Un Muerto Más va a decir presente por primera vez a Cosquín con una obra que desborda los límites de la canción. De amor es un universo donde conviven música, poesía, cine y teatralidad en un mismo latido.
Guido Carmona escribió más de cien poemas para llegar a once canciones perfectas, y acompañó el disco con una película que expande su narrativa emocional.
En vivo, Un Muerto Más es intensidad pura: teatralidad, vulnerabilidad, humor, sudor, verdad.
Un debut que promete ser uno de los momentos más viscerales del festival.
Hermanos Gutiérrez llega por primera vez a Cosquín con un lenguaje propio: un universo instrumental que mezcla raíces latinoamericanas, espíritu fronterizo y una sensibilidad cinematográfica que los convirtió en un fenómeno global.
En vivo, son hipnosis pura: dos guitarras dialogando con una profundidad telepática, un tempo que respira, una estética que invita al trance.
Una pausa luminosa en medio del vértigo del festival. Un debut que se siente necesario.
CASITA DEL BLUES
Tango & Roll llega a la Casita del Blues con una propuesta que rompe cualquier molde: un cruce feroz entre la tradición porteña y la poetica del rock, donde el bandoneón convive con guitarras filosas.
Lo suyo es calle, es arrabal, y es herida. Una música que respira Buenos Aires, pero que se planta con la fuerza de una banda contemporánea que entiende el presente desde la raíz.
En vivo, Tango & Roll es pura intensidad: dramatismo, sudor, baile y una entrega que convierte cada canción en una escena. El bandoneón marca el pulso emocional, la guitarra empuja hacia adelante y la voz narra historias que podrían haber salido de un boliche del Abasto o de una madrugada enConstitución.
Piti Fernández llega a la Casita del Blues con una propuesta que muestra otra cara de uno de los frontman más queridos del rock argentino. Lejos del vértigo de Las Pastillas del Abuelo, su proyecto solista abre un espacio más íntimo, narrativo y emocional, donde la canción se vuelve refugio, memoria y búsqueda.
Lo suyo es un viaje hacia adentro: historias que respiran barrio, poesía cotidiana y una sensibilidad que se afila con los años.
En vivo, Piti despliega esa mezcla única de carisma, honestidad y entrega que lo convirtió en un referente generacional. Su set combina nuevas canciones con relecturas que muestran su ADN musical: folk, rock, raíz rioplatense y una manera de decir que siempre encuentra al público.
Hay humor, hay ternura, hay crudeza y hay una conexión directa que no se fabrica: se siente.
Su paso por la Casita es especial porque trae algo distinto al escenario: un artista que ya hizo historia, pero que sigue explorando, escribiendo y abriendo caminos desde un lugar más personal.
Piti no viene a repetir fórmulas: viene a compartir un universo propio, más despojado, más humano, más cercano.
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