En cada fiesta popular asoma una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la tradición deja de ser refugio y empieza a ser interpelada? El folklore se vuelve un territorio vivo cuando irrumpen voces que tensan sus bordes. En esa fricción se decide qué memorias cuidamos y qué futuros imaginamos.
Por eso importan quienes incomodan: porque obligan a escucharnos de nuevo.
Hay noches en las que un festival deja de ser un festival y se convierte en un espejo. La tercera luna de Cosquín 2026 fue una de esas noches. No porque haya ocurrido algo extraordinario, sino porque lo que ocurrió dejó al descubierto una pregunta que venimos evitando: ¿qué esperamos del artista cuando sube a un escenario?
Luciana Jury cantó desde un lugar que no busca agradar. Cantó desde la herida, desde la memoria, desde la incomodidad. Modificó una letra de Cabral para hablar de genocidios, extractivismo y criptomonedas. Invitó a Susy Shock, que se nombra travesti sudaka, a un escenario que durante décadas fue guardián de una idea más rígida de tradición. Y dijo lo que piensa, sin pedir permiso.
La plaza respondió como responden los cuerpos cuando algo los desacomoda: con división. Aplausos y abucheos. Coros y silencios. Un “No” rotundo cuando preguntó si querían una más. Ese “No” no fue musical: fue un límite simbólico.
Pero lo interesante no es el rechazo. Lo interesante es lo que ese rechazo revela. Porque el folklore, que alguna vez se pensó como un refugio, hoy es un territorio en disputa. Un territorio donde conviven —y chocan— distintas maneras de entender la tradición: como herencia fija o como organismo vivo; como memoria conservada o como memoria en movimiento; como identidad cerrada o como identidad porosa.
En ese territorio, la política no es un intruso. Para muchos sectores del ambiente cultural, la política es parte constitutiva del folklore. No como propaganda, sino como mirada sobre el mundo. Desde esa perspectiva, la presencia de voces como las de Jury y Shock no es un exceso: es una necesidad. Son artistas que amplían el mapa, que abren preguntas, que incorporan cuerpos y lenguajes históricamente relegados.
No es casual que Jury haya dicho que “el escenario es un campo de batalla”. Lo es: un espacio donde se disputan sentidos, donde se ensayan futuros posibles, donde se tensan las costuras de lo que entendemos por tradición. Un lugar donde la música no solo entretiene, sino que interviene.
La frase de Shock —“el folklore no es ningún alcahuete del poder de turno”— encendió la mecha porque tocó una fibra sensible: la relación entre música, poder y legitimidad. Pero también porque fue pronunciada por un cuerpo que históricamente no tuvo lugar en ese escenario. La incomodidad no fue solo política: fue estética, corporal, simbólica.
En medio de ese clima, Abel Pintos recordó que la política siempre estuvo en la música popular. Que no es nuevo que un artista diga lo que piensa. Que la tradición no es un museo, sino un río. Su gesto no buscó apagar el conflicto, sino ponerlo en perspectiva.
Quizás eso sea lo que Cosquín nos está diciendo: que el folklore argentino está en un momento de redefinición profunda. Que la tradición no es un objeto que se conserva, sino un espacio que se discute. Que la identidad no es un escudo, sino una conversación. Y que esa conversación, como toda conversación importante, a veces duele.
Por eso, para muchos dentro del ambiente cultural, la presencia de más voces como las de Susy Shock y Luciana Jury no es una amenaza, sino una oportunidad. Una forma de que el folklore siga siendo un territorio vivo, plural, capaz de alojar la complejidad del país.