La segunda luna del Festival Nacional de Folklore empezó antes de que la música pudiera ordenar la noche. Apenas tomó el micrófono, el poeta Hugo Rivella dejó caer una estrofa que partió la plaza en dos: “el político que se cree un león y es apenas una rata gritando desaforado”. No hizo falta nombrar a nadie. La metáfora, lanzada con la serenidad de quien conoce el ritual coscoíno, se volvió viral en minutos y encendió un murmullo que recorrió la Próspero Molina como una corriente eléctrica. La poesía, una vez más, irrumpía en Cosquín no como adorno sino como lectura del presente, como gesto de resistencia y como recordatorio de que la cultura popular nunca fue un territorio neutral.
Con ese eco todavía vibrando, la música tomó el escenario. El Dúo Coplanacu, celebrando 40 años de camino, devolvió a la plaza a su pulso más íntimo: el de la comunidad que se reconoce en una voz, en un bombo, en una sonrisa compartida. Hubo gritos de agradecimiento desde el público, humor cordobés desde el escenario y una energía que confirmó que, más allá de polémicas recientes, su vínculo con Cosquín sigue siendo un pacto afectivo. La gente los despidió de pie, como si ese aplauso también fuera una forma de decir: acá seguimos, juntos.
La emoción se profundizó cuando Nahuel Pennisi subió con su dulzura habitual y, en un gesto que ya es parte de la memoria del festival, invitó a Raly Barrionuevo a cantar Doña Ubenza. Mate en mano, abrazo largo, complicidad sin artificios: la plaza entera respiró ese instante como si fuera un pequeño milagro. Más tarde volvieron a encontrarse en el escenario, mientras en los pasillos se armaba un verdadero patio de baile. Era la música devolviendo al público algo que la política suele desgastar: la posibilidad de sentirse parte de un nosotros.

La noche siguió con la irrupción luminosa de la Delegación de Brasil, que convirtió el Atahualpa Yupanqui en un estallido de samba, color y energía. Después, Paola Bernal tejió un clima ritual con telas blancas y bailarines, preparando el terreno para uno de los debuts más esperados.
Cuando Cazzu apareció, la plaza ya estaba en un estado de expectación total. Su propuesta —pensada especialmente para Cosquín— mezcló trap, folklore, cumbia y una estética cuidada que dialogó con la tradición sin pedir permiso. El momento más emotivo llegó cuando invitó a Los Nombradores del Alba para cantar Me tocó perder y una versión conmovedora de Zamba para olvidarte, que este año cumple 50 años. La jujeña cerró con un estreno dedicado a su tierra, Jujuy, y la plaza respondió con una ovación que confirmó que la renovación del folklore no es amenaza sino continuidad.
Y entonces, cuando el eco de los últimos aplausos empezaba a desvanecerse, quedó flotando una idea que atravesó toda la jornada: Cosquín sigue siendo un territorio donde conviven la palabra que incomoda, la música que abraza y las voces que se animan a imaginar otros modos de estar juntos. Rivella con su poema punzante, Coplanacu con su comunidad fiel, Raly y Pennisi con su ternura compartida, Cazzu con su cruce de mundos: todos, desde lugares distintos, recordaron que la cultura popular no es solo espectáculo. Es memoria, es disputa, es celebración y es futuro.
En una época donde lo común parece resquebrajarse, la segunda luna dejó una certeza: cuando la plaza se enciende, cuando la música convoca, cuando la palabra abre preguntas, todavía es posible reconocernos en algo que nos excede y nos reúne. Cosquín, una vez más, lo hizo visible.
