Primera luna de Cosquín 2026: un comienzo multitudinario que reafirma el federalismo cultural

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La primera luna coscoína volvió a encender la Plaza Próspero Molina como un rito que excede lo musical y se convierte en un relato colectivo. Desde temprano, las calles se poblaron de guitarras al hombro, bombos que marcaban el pulso del festival y delegaciones que avanzaban entre turistas, vecinos y cámaras de televisión. La ciudad entera asumió, una vez más, su rol de anfitriona de uno de los encuentros culturales más importantes del país.

El día había comenzado con el tradicional desfile de más de cuatro mil jinetes y 180 delegaciones bajo la consigna “Usos y Costumbres Argentinas”. Fue un mosaico federal que atravesó el pueblo entre calor persistente y algunas brisas que aliviaban un poco el clima.

La presencia del gobernador de Córdoba, autoridades provinciales, el Gobernador de Santa Fe marcó un tono político explícito: la defensa del federalismo cultural como política de Estado. En un contexto nacional de debates sobre financiamiento y prioridades, la foto de mandatarios respaldando el festival no pasó desapercibida.

Prensa oficial

Ya en la plaza, la apertura formal mantuvo el pulso ritual que caracteriza a Cosquín: la bendición del Cura Párroco, el grito histórico de “Pipulo” Juárez y el estreno del Ballet de la Escuela Municipal de Folklore con Legado popular, un homenaje a Andrés Chazarreta en el 150° aniversario de su nacimiento. La puesta, dirigida por Valeria Gómez y Juan Martín Goris, funcionó como una declaración de principios: Cosquín se sostiene en la tradición, pero no se congela en ella. La programación de este año, que combina figuras históricas, artistas consagrados y nuevas voces, va en esa misma línea.

El primer artista en pisar el escenario fue Christian Herrera, consagrado en 2025. Su canto chaqueño volvió a levantar a la plaza, que lo recibió con una ovación que confirmó que su consagración no fue un accidente. Luego llegaron Los Manseros Santiagueños, con su conexión intacta con el público y un momento de profunda emoción cuando Flor Paz se sumó para cantar junto a su padre Onofre y recordar a Martín Paz. La escena sintetizó uno de los rasgos más fuertes del festival: la transmisión generacional como forma de continuidad cultural.

La noche avanzó con Jairo, que volvió a encender la figura de Atahualpa Yupanqui y recordó detrás de escena que Don Ata “siempre será un faro”. Su presencia aportó un tono histórico y político: Yupanqui no es solo un símbolo artístico, sino también un referente ético y social cuya obra sigue interpelando al país.

Prensa oficial

Uno de los momentos más celebrados fue el debut de Susana Baca, que trajo la raíz afroperuana y la memoria continental. Con “Negra presuntuosa” y “María Landó”, su voz convirtió la plaza en un espacio de escucha atenta. Su presencia reforzó la idea de un Cosquín que se piensa dentro de América Latina, no solo como festival argentino.

La Delegación de Santa Fe aportó uno de los segmentos más potentes de la noche: un homenaje al Brigadier Estanislao López con dirección de Marcelo “Tatú” Díaz y la voz de Juan Carlos Baglietto como figura central. Fue un despliegue que combinó historia, identidad provincial y producción artística contemporánea. También fue un gesto político: las provincias mostrando su capacidad de producir cultura pública de calidad, en un momento donde la discusión sobre el rol del Estado en la cultura está más presente que nunca.

Prensa oficial

El tramo de nuevos talentos mostró la vitalidad del presente: Emanuel Ayala, Wara Calpanchay —que conmovió con su ternura y raíz jujeña—, Mati Rojas y el conjunto vocal Trinar, que desde Uruguay desplegó milongas y canciones rioplatenses con frescura. Su versión de “Milonga de pelo largo” fue un guiño generacional que la plaza celebró con entusiasmo. Este segmento, que suele pasar desapercibido en otros festivales, en Cosquín tiene un peso simbólico: la renovación no es un slogan, es una política cultural sostenida.

Horacio Banegas encendió nuevamente el escenario con chacareras como “La simple” y “Añoranzas”. Su guitarra y su voz fueron pura genealogía: un canto que trae la tierra y la memoria campesina al presente. Las palmas acompañaron cada compás, los pañuelos flamearon en alto y la plaza vibró con la fuerza de la raíz santiagueña.

El cierre quedó en manos de Jorge Rojas, que subió al escenario pasadas las tres de la mañana con un espectáculo pensado como “un puente entre leyendas y nuevas voces”. Hubo evocación a Yupanqui junto a Jairo, chamamé con Los de Imaguaré, un contrapunto de coplas con Mariana Carrizo, un dúo con Christian Herrera y un espacio para jóvenes artistas que reforzó el espíritu federal de la noche. La plaza, convertida en coro multitudinario, acompañó cada estribillo.

La Cacharpaya final —con Los Duarte, Emilio Morales, Silva Casavalle, Kimsa Juy, Laura Gómez Weizz, Agustín Toro y Maxi Acosta— selló la postal definitiva: el sol asomando detrás del Pan de Azúcar y algunos bailarines que, pese al cansancio, seguían girando en las plateas.

La primera luna dejó una impresión clara: Cosquín no es solo un festival, es una política cultural viva, sostenida por artistas, instituciones, provincias y un público que año tras año reafirma su pertenencia. En tiempos de discusiones sobre presupuestos y prioridades, la plaza llena y la diversidad de propuestas funcionaron como una respuesta contundente. La edición 2026 empezó con fuerza, con identidad y con un mensaje que atravesó toda la noche: la cultura no es un gasto, es un territorio común que se defiende y se celebra

Fotos: Prensa oficial del festival