Teresa Parodi: volver a Cosquín es volver a la memoria viva del pueblo

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Hay entrevistas que funcionan como un regreso y, al mismo tiempo, como una declaración de presente. Conversar con Teresa Parodi en la antesala de su vuelta a Cosquín —donde este año se presentará en la última noche del festival el 1 de Febrero— es entrar en un territorio donde la memoria, la música y la comunidad se entrelazan con una claridad que solo dan los años de camino.

A más de cuatro décadas de aquella noche en que una joven desconocida recibió el Premio Consagración y compartió escenario con el regreso histórico de Mercedes Sosa, Teresa vuelve al festival que la vio nacer con la emoción intacta y una mirada que hoy abraza pasado, presente y futuro.

En esta charla, la cantora recorre su vínculo con Cosquín, celebra el diálogo intergeneracional que revitaliza la música de raíz y reflexiona sobre el rol del arte en tiempos de individualismo y negacionismo. Habla de la familia como territorio musical, de su nuevo disco Hasta que amanezca, de la ciudad que la interpela y de la memoria como una tarea que no se abandona. Y vuelve, una y otra vez, al paisaje de su Corrientes natal, esa marca de agua que sigue latiendo en cada canción.
Entre recuerdos, preguntas y nuevas búsquedas, Teresa reafirma algo que su obra viene diciendo desde siempre: que la música es un acto colectivo, un lugar donde un pueblo se reconoce, se piensa y se acompaña, incluso —y sobre todo— en los momentos más difíciles.

Otra Canción: ¿Qué significa para vos volver a Córdoba al festival que te vio nacer y que siempre da que hablar?

Teresa Parodi: Siempre fue muy importante para mí, en mi vida artística —digamos, musical, por supuesto— Cosquín. Fue la primera gran puerta que se me abrió en 1984, cuando me dieron el premio Consagración, siendo yo una artista absolutamente desconocida, sin compañía grabadora, realmente desconocida. Fue una oportunidad maravillosa, que le debo a León Benarós, quien le habló de mí a Julio Mahárbiz . León me conocía a través de Jorge Calvetti, el gran poeta jujeño; ellos eran muy amigos, y a Calvetti le gustaba mi trabajo de autora y compositora. Entonces le habló de mí, León Benarós se entusiasmó, me escuchó, le gustó mucho y dijo: “Le voy a decir a Julio Mahárbiz que la lleven a Cosquín”. Y así fue que canté en aquel 1984, la misma noche en que Mercedes volvía a ese escenario después de muchos años de ausencia, entre otras cosas por el exilio. Siempre me gustó ir a Cosquín; hace muchísimos años que no voy, pero siempre me gustaba. Así que este año disfrutaré ese momento: mi reencuentro con un escenario con tanta historia para la música de nuestro pueblo, de nuestro país.

O.c: En tu obra siempre aparece un puente entre memoria y presente. Hoy vemos a nuevas generaciones acercarse a la música de raíz desde lenguajes diversos —desde Milo J hasta proyectos como Duratierra—. ¿Qué te conmueve de ese diálogo intergeneracional y qué condiciones creés que necesita el folclore para seguir creciendo sin fragmentarse?

T.P:
Creo que siempre existió un diálogo generacional en nuestra música. Vos lo enmarcás en tu pregunta dentro del folclore, pero en realidad ese diálogo generacional existió en todos los ámbitos: distintas generaciones encontrándose en un punto donde coinciden sus lenguajes, sus formas artísticas, con las nuevas que vienen, tendiendo puentes y buscando justamente la continuidad en el otro, en las nuevas generaciones.

Aprendí eso desde muy jovencita, lo viví intensamente. Mercedes era una pionera en ese sentido, extraordinaria. Invitaba a escuchar y a compartir con artistas de diferentes formas musicales de la Argentina —y del mundo, por supuesto, pero hablemos de la Argentina—. Y a partir de ahí producía ese hecho artístico maravilloso que es dialogar con las nuevas generaciones y con esas formas distintas de hablar del mismo país al que pertenecemos. Es algo precioso y absolutamente necesario.

No debemos detener nunca ese diálogo. Me conmueve, me importa. Me parece fundamental. Por eso creo que ese intercambio debe permanecer vivo; la música es un hecho vivo y necesita repensarse a sí misma para continuar en las nuevas generaciones. La música no es una pieza de museo. Por eso es maravilloso cuando ese diálogo sucede.

Yo celebro, y celebraré siempre, este tipo de apariciones, como la de Milo J, que ama el folclore, lo manifiesta y quiere que los jóvenes lo escuchen. Por eso se acerca tan decididamente al folclore y provoca un montón de hechos importantísimos que hicieron que, de golpe, uno vea miles de jóvenes cantando canciones folclóricas argentinas maravillosas, inolvidables, que cuentan la historia de quienes somos a través del tiempo. Y cómo puede renacer otra vez la belleza de esas formas musicales en las nuevas generaciones y generar nuevas propuestas a partir de ahí. Eso es lo que tenemos que hacer. Y, por supuesto, sucede. Se quiera o no se quiera. ¿Te acordarás de aquellas viejas discusiones de los cultores de determinadas músicas con la nueva generación? “Eso no es chamamé”, “eso no es tango”. Cuestionaban a las nuevas generaciones, pero a la larga esos puentes llegan a destino y se cumple lo que se tiene que cumplir: la continuidad del camino de nuestra cultura musical, que es riquísima y vastísima.

O.c: Quienes te seguimos sabemos que tu banda está acompañada de gente de la familia. ¿Qué significa compartir la música en familia?

T.P:
Por todo esto que venimos conversando, te digo: para mí es muy emocionante compartir el escenario con mis nietos. Tres de ellos integran el grupo que me acompaña. Una de ellas, Emilia, que toca el piano —es multiinstrumentista, pero en la banda toca mayormente piano— es quien dirige el grupo y hace los arreglos junto con sus hermanos, sobre todo con Ezequiel, que es el guitarrista. Después está Lautaro, que es bajista.

Inclusive, antes de ir al taller estuvimos aquí, donde estoy pasando unos días de descanso, preparando el repertorio que vamos a hacer en los festivales en los que estaremos. ¿Qué más puedo pedir? Es como sentir que ya pasé la posta a otra generación que, además, me propone cosas, me trae ideas, me abre la cabeza. Al mismo tiempo me invitan a dialogar desde esas miradas suyas tan abiertas y llenas de sensibilidad, la sensibilidad que les toca vivir y desarrollar en este tiempo sonoro en el que, gracias a la tecnología, se escucha con tanta facilidad música de los más diversos lugares del mundo. En todas partes hay ideas nuevas conversando con ideas viejas, y eso es extraordinario, necesario, revolucionario. Hay que pensar el encuentro con las nuevas generaciones en ese sentido.

Para mí se completan muchas cosas cuando, de golpe, estoy en el escenario, me doy vuelta y veo que son ellos los que están tocando conmigo. Es una sensación de “ya pasé la posta”: ellos van a seguir. Son músicos, eligieron esta profesión, son estudiosos, se dedican a esto, aman lo que hacen. Son profesores de música, aman lo que hacen y están todo el tiempo estudiando. Eso me da orgullo y alegría. Ese es el compromiso que un artista debe tener con su arte, porque el arte finalmente nace de una manera de ser de un pueblo, y en este caso, de la música.

O.c: Tus conciertos y los festivales funcionan como espacios de comunidad en un tiempo que empuja al individualismo. ¿Qué señales ves hoy de que el arte sigue siendo refugio e identidad compartida, y cómo se inscribe Cosquín en ese mapa?

T.P
La música es un hecho colectivo en sí mismo. Aunque haya una sola persona en el escenario, con un instrumento —suponete, una guitarra—, está hablándole a una comunidad, a una comunidad que se reunió para escuchar esa música como si fuera un ritual extraordinario, casi sagrado. Entonces ahí se produce un hecho artístico y emocionante, colectivo. Todos los que están presentes se reconocen en lo que hace ese músico: convoca al canto colectivo, a la emoción colectiva, a la memoria colectiva. En la mayoría de los casos es así. Yo creo que lo más importante es que la música es comunidad. Necesita salir de la sensibilidad de alguien, pero necesita llegar a muchas otras sensibilidades para completarse, para verdaderamente existir. Eso me parece fundamental.

Cosquín ha sido siempre un espacio increíble desde donde podemos reunirnos en comunidad y celebrar nuestra música. Los festivales populares, las fiestas populares han sido eso: tribales, comunitarias, extraordinariamente colectivas, lugares donde se celebra algo que nos pertenece, algo con lo que nos identificamos, una memoria. Una memoria del país que somos, allí, en esa música.

No hace mucho, cuando me dieron el premio Gardel —le dieron el premio Gardel a una de mis canciones—, dije justamente eso: que hay tanta patria guardada en el arte, en todas las formas del arte. Hay tanta patria guardada. Y, por cierto, en la música: cuánto vibramos con emoción recordando nuestro lugar de pertenencia, el chico y el grande, emocionados ante la belleza o ante la raíz profunda que aparece en esas músicas, hablando específicamente de la música

Se celebran estas fiestas populares y se han vuelto importantísimas en cada provincia, en cada municipio, en cada ciudad del interior donde se realizan. Generan un movimiento enorme: un movimiento intensísimo en el comercio, en la hotelería, en la gastronomía. ¿Qué te voy a decir? En general, abren una cantidad inmensa de posibilidades de trabajo para la enorme y maravillosa cantidad de artistas que tiene nuestro país.

Por eso creo que es fundamental que guardemos un gran respeto por estas fiestas populares y que las políticas públicas sigan interviniendo para sostenerlas. Son absolutamente necesarias en todos los sentidos. Hacen bien.


O.c: Estás preparando un disco nuevo que, según tengo entendido, se va a llamar Hasta que amanezca. ¿Qué nos podés adelantar de ese trabajo y si ya tiene fecha de salida?

T.P: Mi próximo disco se llama Hasta que amanezca y lo estoy preparando y terminando en estos meses. Pienso que saldrá en marzo o abril, a más tardar. Son canciones nuevas y tiene invitados, hermosos invitados e invitadas, queridos, admirados, admiradas. Lo grabé con mis nietos: ellos hicieron los arreglos, y la producción es de Matías Chela, un gran productor argentino, un músico joven y maravilloso, que también intervino en el trabajo de los arreglos junto con mi nieta Emilia —que dirige todo el grupo— y con Ezequiel, también mi nieto, que son quienes hacen los arreglos de las canciones que compongo y que tocamos

Este disco tiene muchas canciones nuevas y un par de invitadas. Te voy a tirar algunos nombres. Está invitada, por ejemplo, Susana Baca, la gran cantora peruana, que va a cantar conmigo una canción que compuse hace mucho y que sé que a ella le gustaba. La invité a cantarla juntas en este disco y aceptó muy contenta, y eso me hizo muy feliz. También está Magie cullen, a quien adoro, tan soleada, que grabó conmigo un chamamé nuevo. Y hay otras sorpresas.

Pero lo que te quiero decir es que estoy muy feliz con este nuevo disco. Ahí también hay un cruce de miradas sobre la música. Mi propio trabajo como autora empieza a abrevar en otras formas que me provoca la ciudad misma: escenas urbanas que me impactan y a las que les estoy dando esa mirada más desde lo urbano.

La canción que ganó el Gardel, que te mencionaba hace un rato, Siempre a la misma hora, es la descripción de una escena que veía todos los días cuando volvía, antes de la pandemia, caminando a mi casa desde los distintos trabajos que hacía. Siempre me encontraba con esa misma imagen que relato ahí: un muchacho joven, un cartonero, llevando un carro con residuos, y sobre sus hombros —o sentado en el manubrio del carro— un niño que parecía ser su hijo.

Esa canción es parte de esto que intento mostrar: lo que está pasando, cuál es el paisaje de la ciudad hoy, en este tiempo de vida urbana, sobre todo en nuestro país, donde se percibe un clima de mucho odio y mucha discriminación. Me pareció importante. Un artista no está para responder nada; un artista está para interpelar, para mostrar algunas cosas que está bueno que lleguen a través de la emoción de una canción, y que de golpe uno se plantee “qué hacemos con esto”. Ni siquiera me lo planteo tan estrictamente como te lo digo: es lo que siento que tengo que ver, y que no debemos naturalizar. Eso es todo. Y entonces lo digo cantando.

O.c: ¿Cómo vivís hoy subir a un escenario como Cosquín, un espacio donde históricamente la canción fue más que entretenimiento —un lugar donde la palabra podía incomodar, abrir sentidos y marcar gestos políticos que quedaron en la memoria del folklore?

T.P: 
Como decía Horacio Guaraní, el rol del cantor popular no es tan importante en sí mismo. “Qué ha de ser la vida si el que canta no levanta su voz en las tribunas por el que sufre, por el que no hay ninguna razón que lo condene a andar sin manta”, decía Guaraní en esa bellísima canción Así se calla el cantor. Yo creo que ahí hay una respuesta clara a lo que significa, para mí, un cantor popular: alguien que comparte su propio mensaje en cada concierto que da.

Y Cosquín fue eso. Fue muy emblemático en ese sentido. Mercedes, Horacio, Zitarroza… ¿Cuántos pasaron por allí? Artistas tremendos que dijeron tantas cosas. También cité a Alfredo, entrañable, queridísimo, referente de la música latinoamericana, de la música que vivió entre nosotros y que era un habitué de Cosquín. Él estaba siempre; estuvo en muchísimos festivales cantándonos, hablándonos del pueblo, de la vida de los pueblos, de las necesidades, de las alegrías, de las broncas, de la soledad, de los olvidos. Eso me parece importantísimo.

Creo que es una elección de cada artista. Cada artista se plantea qué quiere decir y ahí está su trabajo, lo que vino a decir. Yo lo tomo con ese sentido. No digo que sea la única forma de hacerlo, por supuesto; bajo ningún punto de vista. Soy muy respetuosa —te diría que exageradamente respetuosa— de eso. Pero yo elijo esa manera. Elijo esa forma de participar en un escenario como parte de un pueblo que viene con todo ese bagaje, con todo lo que un pueblo tiene para decir en los distintos momentos de la historia de nuestro país.

Hemos pasado por momentos muy duros, y este que estamos viviendo también es un momento crítico y duro.

O.c: Ayer escuchaba “María Pilar” y pensaba en esa desaparición narrada desde la voz íntima de quien busca y no encuentra. ¿Qué ecos de esa herida colectiva reconocés hoy en un país donde la memoria sigue siendo un territorio en disputa?

T.P:
Siento que en este tiempo existe un negacionismo tremendamente cruel, que nos obliga a volver a hablar y a replantearnos, una vez más, que no debemos dejar de contar nunca lo que nos pasó como país, para que todas las generaciones lo sepan, lo recuerden y no se repita nunca más.

La canción que mencionás, María Pilar, la escribí contando una historia real. María Pilar existe, vive hasta hoy. Julián, no. Conté esa historia hace muchísimos años, en el ’84, cuando volvíamos con tanta ilusión a la democracia, que después sostuvimos durante tantos años. Por eso es increíble que hoy vuelvan temas que ya no deberían tocarse más, ni cuestionarse más. Nunca más. Sufrimos demasiado. Pasaron demasiadas cosas dolorosas, terribles, inolvidables en nuestro país, en nuestra sociedad.

Creo que eso es lo que tenemos que seguir planteando: por qué puede existir ahora un discurso tan negacionista, y por qué encuentra eco en determinados sectores de la población. Y creo que eso también es algo que debemos pensar, porque nos está sucediendo, por supuesto.

María Pilar – Cosquín 1987

O.c: “Siempre viva” habla de un pañuelo que alumbra y de una presencia que sigue viva en la Plaza. ¿Qué significa hoy, en un país tan tensionado, sostener esa memoria como un faro colectivo?

T.P:
En mi último disco grabé una canción que se llama Siempre Viva, que vos mencionás, dedicada a Bonafini después de su muerte. Es una manera de volver a hablar de ellas. Hablando de Hebe, hablo de todas: de la lucha heroica, increíble, de esas mujeres que, con esa decisión, ese coraje y ese amor que no pudieron detener, contribuyeron como nadie a que recuperáramos la democracia, a que volviéramos de la dictadura nefasta a la democracia. Y siguieron caminando dentro de la democracia para denunciar aquellos hechos aberrantes. Y siguen hoy caminando para encontrar a los hijos de los desaparecidos, que son sus nietos. Y seguirán caminando. Son un ejemplo de dignidad, de lucha, un ejemplo potente, un espejo donde mirarse.

En los tiempos más oscuros de la Argentina, cuando las sombras parecían ocuparlo todo y no parecía haber salida, yo me acuerdo de mirar dónde estaba el pañuelo de las Madres y decir: “Es ahí. Tengo que ir ahí. Tengo que ir por ahí. Es por ahí. Es con ellas. Es detrás de ellas”.

Creo que todo eso lo dejamos. Yo lo intenté, con otros colegas —muchísimos, sobre todo los de mi generación— dejarlo guardado también en las canciones. Toda esa memoria guardada en las canciones, para que no se olvide.

O.c:  En Con el alma en vilo hablás de “canciones comprometidas” frente a las que “atontan la razón”. ¿Cómo entendés hoy el compromiso en la música sin caer en consignas vacías?

T.P:
La verdad es que creo que estuvimos hablando todo el tiempo de esto: del compromiso —o no— con el tiempo que te toca vivir. Ser testigo y dar testimonio es una elección personal, y hay que aceptar que es así. Me parece que hay muchas maneras de pensar el rol de un músico, de un artista; lo importante es cuál es el rol que uno elige.

En El alma en vilo hablo justamente de eso: de las canciones comprometidas, en contraposición a las que atontan la razón. Es una toma de posición que tengo desde siempre. Yo digo desde dónde canto, desde dónde escribo mis canciones, más que nada. Y también digo que esa lucha continúa, que la tenemos que seguir dando.

Hoy hay una nueva generación de artistas jóvenes que están diciendo un montón de cosas en sus propias formas. Por ejemplo, en la música urbana hay muchísimos artistas jóvenes que están diciendo cosas importantísimas sobre el tiempo que nos toca vivir. Eso me parece que va a existir siempre; no se puede ir contra eso.

Por supuesto, a veces hay canciones que no buscan la belleza ni el arte, que son más… no sé cómo decirlo, panfletarias. No reniego de eso: también es una forma de hacer, de decir, de plantar una voz. Pero creo que los grandes compositores y los grandes poetas de nuestro país —y del mundo, de Latinoamérica— han hablado con belleza y han dejado una huella profundísima, pensamientos para reflexionar. Y también, por supuesto, hay consignas vacías, músicas coyunturales que se olvidan rápidamente.

O.c: En El país del interior cantás “si canto mi canción, habré de cantar por todos”. ¿Qué significa hoy para vos asumir esa voz colectiva en un país tan fragmentado?

T.P:  La cultura del individualismo, del “sálvese quien pueda” y demás, que volvió muy fuertemente a nuestro país, no es nueva. Esa idea del mérito —solo el mérito— y nunca el pensamiento colectivo, ese ataque tan claro a los colectivos, no impide que los colectivos existan. No se puede impedir eso. Creo que existe por naturaleza: nos miramos en los demás, en quienes piensan y sienten como nosotros. Y somos muchos, seguimos siendo muchos y seguiremos siendo muchos.

Siento que este trabajo no se puede hacer de otra manera. No se puede. Uno habla para alguien, habla con alguien, y necesita de los demás siempre: para mirarnos, para reflexionar juntos, para caminar juntos, para cambiar lo que haya que cambiar juntos, para soñar juntos. Yo sigo buscando eso en los demás y lo encuentro, lo encuentro permanentemente. Eso existe, no se detiene, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de ser.

Me reafirmo en eso. Al contrario: en este tiempo, más que nunca, me reafirmo en eso. Y es increíble cómo encuentro gente que vibra en ese mismo sentido, que sinceramente está esperando que pasen esas cosas: esos encuentros donde nos damos más ánimo para seguir juntos en el mismo camino, en la búsqueda de un país mejor.

O.c: Tu relación con el territorio aparece hecha de voces queridas, risas, migraciones y memorias que se transmiten entre generaciones. ¿Qué imágenes personales siguen moldeando tu vínculo con la música de raíz y qué nuevas voces sentís que hoy continúan ese legado?

T.P: Es que el paisaje de mi tierra, de mi paisaje natal, está en mi música. Sigue estando ahí. Aunque hace tantísimos años que no vivo allí, estoy marcada a fuego por ese paisaje. Miro desde el río todo lo que miro. Canto desde el río, escribo desde el río. Y no importa dónde esté: eso está en mí. Creo que eso nos pasa a todos; es lo que llevamos adentro. Los sonidos que nos acunaron, lo que primero aprendimos a amar, es lo que vamos llevando después por los caminos que hacemos.

Eso sigue estando en mi música. Cuanto más siento el desarraigo, más me busco, y busco mi paisaje en mi música, en la música. En este caso, en la mía, porque eso es lo que me provoca componer. Y sí: aparecen canciones tremendas que me hacen sentir como si me hubiera ido ayer de Corrientes, cuando hace tantísimo tiempo que me fui. Sin embargo, eso está tan vivo en mí… Esa memoria viva dentro mío me sucede naturalmente. Nunca dejé de estar ahí ni de ser de ahí.

O.c: Para cerrar, ¿algo que nos puedas adelantar de lo que veremos en Cosquín?

T.P: Bueno, mi participación este año va a ser en el último día del festival. Voy a estar en el marco de ese grupo de artistas con los que compartí Folclore, aquel acontecimiento de streaming que protagonizaron Mex Urtizberea y Milo J, donde invitaron a muchísimos artistas a charlar, cantar y compartir músicas. Eso provocó una reacción maravillosa y demostró cómo un joven como Milo puede encender un faro, prender una luz para que volvamos a escuchar tantas músicas y revalorizar la música de raíz de nuestro territorio.

Creo que estamos casi todos los que estuvimos en ese primer encuentro —ya se hizo otro después— y estaremos en esta última noche. Yo tengo una participación compartida con todos estos colegas; no sé exactamente la cantidad de minutos. Voy a estar con mis nietos y voy a cantar canciones tradicionales… quiero decir, canciones de mis primeros discos, con las que gané aquella noche inolvidable para mí, y también algunas canciones nuevas. Eso es lo que voy a hacer en Cosquín este año.

Y también un par de covers: voy a cantar un par de canciones de otros artistas que admiro profundamente y que creo que hay que volver a cantar en este tiempo.