El micrófono y la memoria: qué se juega cuando un presidente sube a un festival

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En la historia del folclore argentino, la figura del cantor siempre estuvo atravesada por tensiones: quién canta, desde dónde, para quién, con qué legitimidad. Pero hay momentos en que esas tensiones se vuelven visibles de golpe, como si la escena se iluminara con un fogonazo. La presentación del presidente Javier Milei en Jesús María, cantando junto al Chaqueño Palavecino, fue uno de esos momentos. No por la anécdota en sí, sino por lo que revela: la disputa por el sentido del canto popular y por el lugar de la cultura en un proyecto de país.
Durante décadas se habló de “cantores comprometidos”, “cantores de protesta” y “cantores no comprometidos”. Pero esa clasificación se vuelve insuficiente cuando el poder político decide ocupar el escenario del folclore no como invitado, sino como protagonista simbólico. La pregunta ya no es quién protesta o quién calla, sino qué significa que el poder quiera cantar.
La genealogía del cantor comprometido —esa línea que va de Yupanqui a la Nueva Canción, de la resistencia a la memoria— siempre entendió que la canción era un espacio donde el pueblo podía reconocerse, incluso en la intemperie. El canto como refugio, como denuncia, como abrazo, como grieta. Pero cuando un presidente sube a un escenario tradicionalista y comparte micrófono con una figura central del folclore, la escena se reconfigura. No es solo un gesto artístico: es un gesto de apropiación simbólica. Cuando el poder canta, no canta solo. Canta con la historia, con la tradición, con los imaginarios que el pueblo asocia a ese escenario.
El Chaqueño, por su parte, encarna otra tensión: la del cantor popular que, por trayectoria y masividad, se vuelve figura de consenso para algunos y de contradicción para otros. Su presencia junto al presidente no es un hecho aislado: es parte de una larga historia donde los cantores —consciente o inconscientemente— se vuelven vehículos de legitimación. No porque lo busquen, sino porque la escena los convierte en eso.

Lo que está en juego cuando un presidente aparece en un festival

Los festivales populares ocupan un lugar central en la vida cultural argentina. No son solo celebraciones: son espacios donde se condensan historia, identidad, memoria, trabajo y comunidad. En cada edición, un festival moviliza economías regionales, sostiene oficios, reúne generaciones y reafirma un modo de estar juntos incluso cuando pensamos distinto del que tenemos al lado. Por eso, cualquier gesto institucional hacia ellos —de apoyo, de distancia o de presencia— siempre genera lecturas que van más allá del hecho puntual.
La visita presidencial a Jesús María reactivó ese debate. Fue su primera aparición en un evento cultural masivo luego de decisiones que muchos sectores interpretaron como un desinterés hacia los festivales y hacia parte del entramado cultural. Ese antecedente hizo que su presencia no fuera leída de manera lineal: para algunos fue un gesto de reconocimiento tardío; para otros, una contradicción; para otros, simplemente una visita institucional. Y también hubo quienes la vivieron como un ninguneo más.
Pero los festivales no son solo escenarios: son espacios de polis. Ahí, donde conviven tradición, comunidad y presente, la cultura funciona como una forma de vida pública. Un festival es un territorio donde la gente se reúne para decidir —sin votaciones ni consignas— qué valores quiere sostener, qué memorias quiere preservar y qué futuro imagina para sí misma. Lo que sucede en un escenario, en una peña o en una fila de choripanes dice más sobre un país que muchas encuestas.
Por eso, cuando un presidente aparece en un festival, no solo aparece en un escenario: aparece en una comunidad que hace décadas sostiene, con esfuerzo y convicción, una parte esencial de la identidad argentina.

¿por que Jesús María y no otro?

La elección de Jesús María tampoco es neutra. Es uno de los festivales más televisados del país, con una identidad fuerte ligada a la tradición criolla, la doma, el folclore clásico y un público amplio que busca una experiencia popular y de entretenimiento. Su perfil lo vuelve un territorio más “seguro” para cualquier figura política: menos cargado de historia política explícita, más asociado a lo popular en su sentido más amplio.
Cosquín, en cambio, pertenece a otra genealogía. Es un festival donde la música es el corazón del acontecimiento y donde, históricamente, la cultura se pensó como parte esencial de la polis. Allí, artistas como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui o Jorge Cafrune protagonizaron gestos que marcaron no solo la historia del folklore, sino también la relación entre arte, identidad y política en su sentido más profundo. Cosquín es un escenario donde la palabra pesa, donde la canción puede incomodar, donde la cultura se piensa a sí misma.
En ese contraste, la visita presidencial a Jesús María adquiere otra lectura posible: elegir un festival más masivo, más televisado y menos cargado de tradición política explícita puede ser interpretado como una forma de acercarse a la cultura desde un lugar más controlado, más previsible, menos interpelador.
En el fondo, la discusión que se abrió es más profunda que una visita puntual. Tiene que ver con el lugar que la cultura ocupa en la agenda pública. Con la pregunta por el acompañamiento estatal a los festivales que sostienen economías regionales, generan miles de puestos de trabajo y funcionan como transmisores de memoria. Con la necesidad de reconocer que los festivales no son un lujo ni un entretenimiento accesorio: son parte del tejido social necesario.
Jesús María, como Cosquín, como tantos otros, es un termómetro sensible de lo que vive parte de la sociedad. Allí donde suena una guitarra, donde se arma una peña, donde un pueblo entero se organiza para recibir visitantes, existe una parte esencial de lo que somos. Y ese existir —con o sin presencia presidencial— merece ser cuidado, respetado y comprendido por cualquier gobierno.
Tal vez, al final, lo verdaderamente político no sea la letra de una canción, sino la escena que la sostiene.
Y lo verdaderamente poético sea que, pese a todo, el canto popular siga siendo un territorio donde el pueblo discute quién es, quién fue y quién quiere ser.