Gustavo Yuste: “La poesía es el lugar donde la herida empieza”

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on pinterest
Share on email

Charlamos con el escritor Gustavo Yuste para recorrer sus dos últimos libros que, aunque distintos, dialogan entre sí: Total interferencia y Todo amor es desamor hasta que se demuestre lo contrario. En el primero, Yuste escribe desde la escucha atenta de Charly García, dejando que la música funcione como refugio, señal y distorsión; en el segundo, se sumerge en la fragilidad del amor y su desgaste cotidiano, en esas microescenas donde la emoción se vuelve materia poética.
La conversación avanza entre la melancolía porteña, la interferencia como estética, la figura del ídolo sin mito y la certeza de que toda canción —como todo vínculo— ordena el mundo por un instante antes de volver a desarmarse. Desde su estadía en España, lejos de Buenos Aires, Yuste encontró en Charly un modo de regresar a la Argentina, y en el amor un territorio donde la herida no es final sino punto de partida.
En esta charla el poeta abre su proceso, sus obsesiones y sus dudas, y confirma algo que atraviesa ambos libros: que escribir es una forma de volver, de insistir, de mirar lo cotidiano hasta que revela lo que estaba escondido.

Otra Canción: ¿En qué momento sentiste que la obra de Charly García dejaba de ser solo una escucha y empezaba a convertirse en un territorio desde el cual escribir poesía?

Gustavo Yuste: Yo estaba de viaje por Europa, viviendo en España, y ya sentía que quería volver, que estar ahí tanto tiempo no era para mí. Y escuchar a Charly era un terreno de refugio, una suerte de pasaje instantáneo a la argentinidad, a mis cosas, a mis costumbres. En esa escucha constante, me empezaron a surgir poemas cargados de imágenes que remitían a la Argentina, a lo que extrañaba. Después de varios días y haber escrito un par, me di cuenta que había una conexión entre esos poemas y el hecho de que surgieran de escuchar con mucha atención los discos de Charly. Entonces decidí experimentar más, releer las letras, ver qué me provocaban. No quería hacer un libro de covers ni de amor a Charly. Terminó siendo, creo, un libro de amor hacia Argentina y hacia la melancolía porteña.

O.c: El libro trabaja la interferencia como concepto y como clima. ¿Qué tipo de interferencias —emocionales, culturales, biográficas— te interesaba poner en juego?

Gustavo: Claro, de la mano con lo que te decía, la interferencia es clave en toda producción, en toda obra, en todo texto. Sin ir más lejos, el propio Charly es un maestro de la interferencia. Repetía mucho una frase que yo uso en mis talleres: “El artista que le roba a otro es un ladrón. El que le roba a todos, es un genio”. Yo siempre escribo desde la interferencia, porque soy melancólico. Y la melancolía es una interferencia constante: el presente es el pasado tomándose revancha, el futuro es algo que ya se está yendo sin haber llegado. Particularmente con este libro, creo que es lo que te mencionaba de la argentinidad como algo general y colectivo, y también mi propio pasado, las personas que extrañaba, mis desencuentros y encuentros amorosos, las calles a las que quería volver, los problemas cotidianos argentinos que quería volver a vivir y compartir con mis amigos.

O.c: ¿Qué te permitió la poesía que quizás un ensayo o una crónica sobre Charly no hubieran habilitado?

Gustavo: Creo que un poco te lo dije al comienzo de la charla, no me interesaba hacer un libro de amor a Charly ni escribir sobre la figura de Charly. Sí me interesaba explorar de forma más ordenada y sistematizada todo lo que se puede producir a partir de su obra. León Gieco ya lo dijo: somos todos Salieris de Charly, incluso involuntariamente, incluso jóvenes que hacen música o escriben. La poesía es un terreno que siempre se escribe a partir, nunca sobre. No hay anécdotas, no hay conclusiones a las que llegar, hay provocación, hay apertura de nuevas ideas, inquietudes. La poesía, en definitiva, me permitió perderme en distintas obsesiones que confluyen en Charly, sin caer en una idolatría vacía u obvia.

O.c: El libro no busca “explicar” a Charly, sino escribir desde la escucha. ¿Cómo fue ese proceso de dejar que la música marque el ritmo del texto?

Gustavo: No se puede explicar a Charly si no es desde la poesía, desde el arte. Cualquier otra explicación va a ser una manta corta que cubre y descuida al mismo tiempo. Y la poesía, el arte, también, pero no tienen pretensión de conclusión, sino de provocación. Entonces desde esa falla inicial van a construir algo nuevo. Respecto a la escucha, al ritmo, a mí me gustan mucho el juego que se arma entre melodías, acordes y letras. Por ejemplo, en uno de mis primeros libros, Las canciones de los boliches (Santos Locos, 2017), juego con la idea de que las canciones que bailamos suelen combinar letras alegres con acordes menores (que transmiten tristeza) o letras tristes con acordes mayores (que transmiten alegría). En el caso de Charly, esa mixtura aparece, claro, con mayor complejidad en todas sus canciones, por lo que cada poema iba tomando la identidad de ese juego.

O.c: ¿Qué lugar ocupa la figura del ídolo en tu escritura? ¿Cómo evitar la hagiografía sin perder la potencia emocional?

Gustavo: Sinceramente, ninguna. Y no lo digo desde una postura de superioridad, porque soy muy agradecido y me gratifican todos los autores, las personas que me influencian e influenciaron. Pero no me interesa la idolatría, sí la gratitud. Alguien que te conmovió, que marcó el rumbo de tu vida, merece un lugar especial siempre, lo cual no significa que uno lo tenga que poner en un altar. A menos que sea un altar pagano, un altar reversible. En Total interferencia no hay nada de hagiografía, no son poemas sobre Charly ni elogiosos hacia él, pero sí hay una emocionalidad que no se podría haber dado sin él. Tanto en el libro como en mi vida, supongo.

O.c: En varios poemas aparece la fragilidad como contrapunto del mito. ¿Qué te interesaba explorar de esa dimensión más humana de Charly?

Gustavo: No creo haber explorado esa dimensión, ni ninguna de Charly en el libro. Más bien diría que Charly exploró y sigue explorando nuestra dimensión más humana. Y al leer entrevistas, apariciones públicas de Charly, él mismo da cuenta de su fragilidad. Toda la época Say No More es un juego constante entre el dios y el hombre frágil, rompible y directamente roto. No me interesa el mito de Charly, me interesa el efecto que él produce.

O.c: En el poema Piano Bar hablas de “la canción como refugio” En ese poema aparece la música como un espacio donde el mundo se ordena por un rato. ¿Qué experiencia concreta te llevó a escribir desde esa sensación de refugio?

Gustavo: En ese poema hablo de las canciones, pero también de los contextos alegres de los boliches, de los bares. Acá volvemos a lo que te decía de Las canciones de los boliches y esa melancolía bailable. El arte en general tiene esa fantasía de ordenar el mundo por un rato. Dos segundos como máximo, tal vez. Pero son dos segundos de plenitud total, en donde todo parece tener sentido. Como el amor. Después todo se desordena de vuelta, como una figura hecha con arena seca. Cada vez que escribo y corrijo lo que escribo, busco que esa electricidad aparezca.

O.c: Sobre el poema que trabaja la fragilidad del ídolo En ese texto la vulnerabilidad aparece sin solemnidad. ¿Cómo encontraste ese tono que evita tanto la romantización como el juicio?

Gustavo: En “Shisyastawuman” intenté hacer una comparación entre el ídolo y una persona que pierde un amor. Correrse de esa luz que enceguece, esa luz cálida, te deja vulnerable. Es como correrse del centro de la atención pública y volver a quedarte solo con vos, con tus ideas, tus silencios, tus fallas. Trato siempre de correrme de la solemnidad. Porque la solemnidad te endurece, te aleja, te estandariza. Y ahí se pierden las imágenes, los detalles, las particularidades. Y la literatura sin eso no me provoca nada (tanto al leerla como al escribirla).

O.c: Sobre el poema que usa una imagen de “interferencia” literal (pantalla, señal, distorsión) ¿Cómo llegaste a esa metáfora técnica para hablar de un estado emocional? ¿Fue primero la imagen o la sensación?

Gustavo: Creo que jugué con esa idea, robada de la canciones “Total interferencia” y “Ojos de videotape”, en los poemas con esos nombres. De hecho Charly también la retoma en otras canciones, como “Chipi Chipi” o “influencia” (que si bien es un cover, él en su versión la empuja más hacia ese lado). Mis dos primeros libros, reunidos en Electricidad (Sudestada, 2021) recorren bastante esa obsesión por la metáfora técnica: soy tanto por generación como por clase socioeconómica, testigo de cómo la vida analógica fue perdiendo terreno frente al entorno digital. Crecí queriendo vivir en un mundo que dejaba de existir frente a mis ojos. La obsolescencia programada es algo que me ocupa todo el tiempo y lo traslado a la melancolía: todo lo que nace para quedar obsoleto con el paso del tiempo.

O.c: Todo amor es desamor hasta que se demuestre lo contrario  parte de una afirmación que ya es una herida. ¿Cómo surgió esa frase como punto de partida y no como conclusión?

Gustavo: Me gusta lo que decís de la herida y el punto de partida. De hecho, una visión optimista de la vida sería pensar que la herida es siempre un punto de partida y no un final, un desenlace. La idea del título, y que intenté que se respire a lo largo de todo el libro, es que todo amor empieza sabiéndose frágil (y acá incluso podemos conectar con lo que hablamos antes, ¿no?), incluso con un final prácticamente asegurado. El chiste es buscar aquellos que demuestren lo contrario, que nos hagan sentir que estuvimos equivocados o incluso confirmen que nos equivocamos. Me parece un juego divertidísimo, que no está exento de sufrimiento.

O.c: Muchos poemas trabajan la microescena cotidiana como detonante emocional. ¿Qué te interesa de esa escala mínima para hablar del amor y su desgaste?

Gustavo: Las escenas chicas, cotidianas, son una obsesión que tengo. La idea de epifanía que tienen las pequeñas cosas es lo que me motiva para escribir, sobre todo poesía, aunque en mis dos novelas creo que también está puesta en juego esa mirada. El amor y su desgaste es, casi, una consecuencia natural. Y en general son los objetos los que delatan el desgaste: la ropa que usamos para citas o días importantes se convierte, lentamente, en un pijama que descuidamos, por ejemplo. Mirar distinto lo que está a nuestro alrededor, también, es una forma de evitar los lugares comunes, volver a los detalles.

O.c: Hay poemas donde el desamor no es ruptura, sino una forma de estar. ¿Cómo pensaste esa continuidad entre amor, hábito y pérdida?

Gustavo: Es parecido a lo que se dice en el fútbol o en el deporte en general: un equipo pierde más campeonatos de los que gana. Con el amor, ya sea que lo encaremos desde la perspectiva poliamorosa o monogámica, pasa lo mismo. El desamor no es una excepción o una ruptura, como bien decís, sino la norma. Solemos vivir en el desamor. El amor es el que interrumpe ese orden natural.