En tiempos donde la memoria, la identidad y el arte se entrelazan como herramientas de resistencia, Susy Shock vuelve a escena con la potencia de su voz y su palabra. Artista trans sudaca, escritora, poeta, cantante, actriz y docente, Susy lleva más de cuatro décadas construyendo un camino que une militancia, belleza y revolución cultural.
Desde su primer libro Revuelo Sur hasta su reciente novela La Loreta y Pibe Roto, pasando por discos como Buena Vida y Poca Vergüenza, Traviarca y Revuelo Sur, su obra ha sido reconocida en Argentina y en el extranjero como un manifiesto vivo de la comunidad travesti-trans y de la genealogía sudaca que ella misma reivindica.
Declarada personalidad destacada de la cultura y los derechos humanos en Córdoba y Ciudadana Ilustre en Montevideo, Susy Shock ha recorrido escenarios, cárceles, radios y talleres, siempre con la certeza de que el arte es un puente político y afectivo
.Este 27 de enero, en Casa Ritual Mattalia, cosquín, compartirá escenario con Luciana Juri en un encuentro que promete ser un abrazo de canto y poesía, una celebración de la belleza monstruosa y popular que Susy encarna. Antes de ese show, conversamos con ella para recorrer su historia, sus luchas y sus sueños de otra humanidad posible.
Tu obra nace entre el cuerpo, la palabra y la escena. ¿Dónde sentís que aparece primero una idea y cómo se transforma cuando pasa por esos distintos territorios?
Susy Shock: Me gusta pensarme como una artista escénica, como alguien que siempre tendrá a otra persona a quien compartirle esa idea, ese sentimiento, ese susto, esas ganas, ese deseo. Cuando empiezo a escribir, sé que eso será dicho: por mi cuerpo, desde mi historia, desde mi voz, pero también compartiéndolo en otros cuerpos posibles, en otras personas cómplices de esa escena.
El motor está ahí: sé que será leído o escuchado, y no puedo salirme de esa idea. Quizás al comienzo una no sabía, escribía a boca de jarro para desahogarse. Pero cuando tenés un público, cuando tenés una ronda que espera alguna canción, alguna poesía, incluso los silencios se vuelven parte.
Yo me permito mucho el silencio entre una función y otra: no estar siempre en las notas ni en las entrevistas, no tener siempre la certeza —porque no la tengo—. El silencio me permite habitar ese espacio, y sé que el público que me sigue y me acompaña necesita y sostiene también mis silencios, porque no siempre lo que decimos es brillante o necesario.
En épocas espantosas, como las que transita este planeta y esta humanidad, saber qué decir también es importante.
O.c: Tus “monstruos hermosos” siempre desobedecen las identidades fijas. ¿Cómo dialogan hoy con este contexto político tan disciplinador?
Susy: Fue necesario reivindicar nuestros derechos, hacer esa monstruosidad que era disciplinada, mal mirada, maltratada, perseguida e incluso apartada en los términos de la posibilidad de existencia, de la necesidad de existir. Reivindicar eso es fundamental, sobre todo pensando en tantas personitas que necesitaron y siguen necesitando que alguien les diga que está buenísimo ese borde, que están buenísimos esos otros costados de las identidades, esos otros bordes de los sistemas.
Hoy, que todo está en discusión y que no sabemos hacia dónde vamos, me parece vital aferrarse a la certeza de que está muy bien ser una misma. Eso ya es un montón. Y sigo pensando que está bien reivindicarlo. Después, las palabras van cambiando, pero nuestros sentidos siguen siendo los mismos.
Creo que seguimos siendo monstruos, incluso frente a los seres horribles. Y quiero quedarme ahí, en ese hermoso rincón donde miramos espantosamente a lo peor, a la lacra de la humanidad, desde nuestras bellezas monstruosas.
O.c: Hablás del arte como refugio y también de la alegría como gesto político. ¿Qué formas de refugio y de alegría estás defendiendo hoy en un país tan hostil?
Susy: Quizás defienda las alegrías más pequeñas, el refugio con la propia tribu, con esos seres con los que nos fuimos construyendo, incluso atravesando las distintas coyunturas de un país y de un mundo muy complejo.
Hoy es más que necesario, porque sentimos que todo explota y no sabemos hacia dónde puede empujarnos esa explosión. Por eso se vuelve imprescindible la firmeza de esos afectos, la conciencia de por qué estamos juntos y juntas en la tribu, para qué, cuáles son las herramientas que nos sostienen.
La imaginación también es una herramienta: nos anima a soñar que, cuando todo estalle, algo nuevo pueda surgir.
O.c: Después de Lohana y Diana se habla de orfandad, pero también de nuevas formas de liderazgo comunitario. ¿Qué estás viendo hoy en las juventudes travestis-trans y qué liderazgos imaginás para el futuro?
Susy: Nuestra comunidad está tan desorientada como el resto de la humanidad; no está exenta de las contradicciones y de los pesares que significa ser humano y humana en este contexto y en esta época. Por eso creo que se hace necesaria una construcción política más colectiva.
Una fue parte de una generación que tuvo esos cacicazgos, esas cacicas como Luana, Diana, Marlene o Nadia Chazú, que de manera épica cambiaron un país. Eso nos sirvió, nos hizo bien y nos fortaleció. Pero ahora hay que empezar a mirar de otra forma, más colectiva. El error sería pretender erigirse como las nuevas Luanas, Dianas o Marlenes sin tener ese recorrido y esa potencia política, y sin entender que los contextos son otros y que lo que sirvió en una época quizás ya no nos sirve ahora.
Las trabas, las personas travas, tenemos que aprender a leernos en este presente complejo y en la posibilidad de un futuro distinto. No podemos pensarnos solamente en términos ombliguistas de nuestras leyes y reivindicaciones. Hay una discusión de planeta que se viene, una discusión de sistemas que se viene, y no podemos estar ajenos: tenemos que ser parte de esas discusiones.
Sostengo que incluso el progresismo pone la energía en hablarnos con la ley, pero nos deja constantemente sin futuro: nos roba recursos, vende el país o se hace el desentendido mientras se lo compra. Esa ha sido una de sus fallas. La derecha ya sabemos cómo practica su crueldad, pero el progresismo también nos ha dejado en muchas orfandades.
Por eso tenemos que animarnos a tomar todas las agendas, y sobre todo la agenda de un sueño de otra humanidad.
O.c: En un momento de violencia explícita, hablás de organización, ternura y belleza como estrategias travestis. ¿Qué significa hoy defender esas trincheras?
Susy: La belleza es una zona en la que ni los giles ni los idiotas pueden entrar en términos políticos. Un mundo bello sería un mundo donde las infancias no estén durmiendo en la calle. Un mundo bello no es solamente palabritas bonitas y colores agradables: es también entender una armonía con la naturaleza, con la tierra, con la memoria, con todo aquello que connota una vida bella.
Nosotras tenemos que acceder a poder contarlo. Las herramientas de la escritura y del arte recién están llegando como posibilidades. Somos las primeras generaciones que han editado libros desde lo travesti-trans en este continente, y eso es un montón.
Ojalá sirva no solo para lo refrescante que es que a una le editen y que una tenga una voz propia, sino también como aporte concreto para pensar un mundo más bello. Ojalá
O.c: En esta época tan individualista, ¿qué te enseñaron las alianzas con artistas como Juan Iñaki, Liliana Herrero o Luciana Jury sobre la importancia de crear y sostener comunidad incluso en trabajos que parecen individuales?
Susy: Esta es una época de puentes fusibles, concretos. Una época en la que, como decía Maite Amaya, hay que dejar de ser esos cuerpos cavando túneles para ser esos cuerpos construyendo puentes. Lo dijo una traba cordobesa y piquetera, y creo que no alcanza con nosotras solas, no sirve con nosotras solas. Hay que tirar puentes desde los trabas trans que somos, desde los trabas sudacas que somos, porque nadie nos va a quitar ese lugar, porque nadie nos tiene que quitar ese lugar.
El arte lo demuestra más rápidamente: es más abrazador, lo hace más posible. En el caso de Liliana Herrero, es dialogar con mi propia historia. Yo soy también la cantora que soy porque existió una Liliana Herrero, porque fui espectadora, porque la amé, porque su canto me arrulló. Con Luciana, hermana de la vida, preciosa del canto, aparece la posibilidad de poner en práctica el abrazo con otra. Hemos compartido mucho el escenario y lo seguimos compartiendo.
Es también la posibilidad de romper esa idea cliché del arte como un pavo real ajeno a las cosas concretas, ajeno a la revolución misma que significa abrazarnos con la otra y con el otro.
O.c: ¿Qué lugar ocupa hoy la palabra trava —su potencia, su historia, su filo— en tu manera de pensar la identidad y la política?
Susy: Siempre va a ser algo incómodo, siempre va a ser algo no tan higiénico, siempre va a ser algo cargado de historias. Claudia Rodríguez, Luana Berkins, Claudia Conká, todas las que ya no están, alumbran la memoria desde lo trava, desde una discusión que surge simplemente por existir frente a todo lo binario que sigue siendo, quizás, uno de los grandes karmas y males que arrastramos.
Leernos únicamente como seres binarios nos ha llevado incluso al fracaso de un planeta. Entonces, ser traba es seguir corriéndose de esa certeza que nos condujo a todos esos fracasos.
O.c: En tus libros aparece una tensión entre ternura y filo político. ¿Cómo encontraste esa voz narrativa que mezcla barrio, poesía y desobediencia?
Susy: Yo empecé a hacer teatro a los 14 años, junto a un montón de gente soñadora que creía que ensayar una obra durante meses era la posibilidad de cambiar el mundo. Todo el tiempo intento volver a leerme desde ahí, sabiendo que el arte tiene que dialogar con lo que somos, pero también con esas personas que nos constituyen.
Hablaba antes de Liliana Herrero como esa memoria que nos hizo y nos trajo hasta acá, pero también hablo del barrio, del pueblo, de tu tierra, de nuestra tierra, como un diálogo todavía inconcluso, pero abierto. Vamos por ahí, para reconocernos en eso que somos, en esas palabras que pueden ser más bellas, pero que tienen que estar cerquita de todo lo que somos.
Héctor Propato, un hermoso soñador que fue mi maestro político —no solo de estéticas teatrales, sino también de por qué estoy parado arriba del escenario— siempre decía, y es un poco la insistencia cada vez que escribo: yo tengo un retrato de Propato que me mira y es como la guía y la tensión de ser profunda sin perder lo popular.

O.c: En La Loreta trabajás dos tiempos: antes y después de la Ley de Identidad de Género. ¿Qué te interesaba explorar en ese cruce entre dos épocas tan distintas para las infancias trans?
Susy: Quizás, a unos meses profundos de la salida de estas historias, me doy cuenta de que son dos situaciones que, si bien tuvieron mucha decisión detrás, también nos arrastraron hasta acá. La Ley de Identidad de Género no dejó de ser un tsunami político que venía tejiéndose desde décadas antes con la organización de un colectivo.
En el caso del pibe roto, fue un tsunami emocional que me arrastró, porque el amor es eso y porque yo dejé que me arrastrara. Todo eso va construyendo un diálogo posible de punta a punta, entre lo colectivo y lo muy, muy personal, con esos personajes que vuelven a aparecer. Y ese aparecer, finalmente, es no perder el eje de lo que somos
O.c: La Loreta y Pibe Roto son personajes profundamente sensibles, pero también políticos. ¿Qué te revelaron sobre las infancias que acompañan procesos de identidad?
Susy: La absoluta responsabilidad del mundo adulto es no dejar esos agujeros emocionales y psicológicos que después arrastramos toda la vida. Agujeros que nos llevan años de terapia y de búsqueda, que nos toman mucho tiempo para poder decir “yo soy esto” de una forma más pura, más sana, aportándole también belleza a este mundo.
El mundo adulto frena todo el tiempo, porque este sistema lo aprisiona para que solo sea un ser que produce y que no sueña. Y entonces también trae hijos e hijas en ese mismo ritmo, en ese descuido, en ese desamparo.
Ningún pibe roto es solo. Siempre hay una familia, siempre hay un descuido, tal vez, pero también siempre un enorme desabrazo: no abrazar, no comprometerse con esa vida que no pidió venir, que está acá y que tiene que ser nuestra responsabilidad.
O.c: El tango nació en los márgenes y vos lo volvés a mirar desde una voz travesti del siglo XXI. ¿Qué descubriste en esa genealogía prostibularia, negra y plebeya que te permitió reescribirlo desde tu propia biografía?
Susy: Me gusta pensar que siempre estuvimos ahí. De hecho, la canción Si la Mireya era yo, con la que abrimos el espectáculo, reafirma de alguna manera esa presencia. Si el tango es prostibulario, si el tango viene de los márgenes, si el tango tiene ese dramatismo plebeyo, indudablemente ahí estábamos nosotras.
Pero tuvimos que construir una voz propia, una construcción política para decir: «Ey, atentí, que acá también estábamos nosotras». Es una relectura posible, un derecho político: leernos y encontrarnos en todos los rincones de la historia, pero también posicionarnos desde lo bello.
No hay nada más bello que el tango. Entonces, hacer parte de ese tejido es también hacer parte de esa belleza.
O.c: ¿Por qué Revuelo Sur?
Susy: Hay una parte que no termina figurando, pero sí está en mi primer libro Revuelo Sur: es, de alguna manera, ese movimiento que hace el gallo antes de acertar el espolón en su ataque.
Quizás sea el deseo de un sur más batalloso, de un sur menos complaciente, de un sur que asuma también sus broncas, sus revanchas y su —perdón— resentimiento, para soñar ese futuro y trazar el camino muy lejos de los enemigos que tenemos.
o.c: Antes de desperdinos, muchxs lectorxs encuentran en tu obra una continuidad con escrituras del margen como Lemebel. ¿Te reconocés en esa genealogía y qué significa para vos una “literatura travesti”?
Susy: Me gusta pensar en una literatura travesti. Obvio que nos leemos en Lemebel como quizás una de las piedras fundacionales de esa literatura travesti, de esa literatura marica —como quieran llamarla— pero sudaca. A mí me parece que reconocernos desde ahí es ir tirando de la posibilidad de una genealogía sudaca puntual, que también está en Claudia Rodríguez, en Nati Mestral, en Camila Sosavillada, en Claudia Conká, en Morena García, en Lea Pompón.