Claudia Masin: ternura incendiaria en tiempos de crueldad

Hablar con Claudia Masin es entrar en un territorio donde la poesía no se separa de la vida, donde cada gesto —mínimo, íntimo, cotidiano— puede convertirse en una forma de resistencia. Nacida en Chaco, formada en Buenos Aires y radicada hace casi una década en Córdoba, Masín ha construido una obra que piensa la ternura como fuerza política, la desobediencia como ética y la palabra como un modo de reparar lo dañado. En un presente marcado por la crueldad, el empobrecimiento del lenguaje y la anestesia afectiva, su escritura insiste en lo contrario: en la sensibilidad, en la compasión, en la posibilidad de imaginar un futuro distinto.

En esta conversación, Masin reflexiona sobre la escena poética cordobesa, la potencia de los talleres como espacios de aire y comunidad, la violencia que se filtra en lo doméstico, la trampa de la venganza, la persistencia de los microfascismos y la necesidad de una ética de la ternura que no es blanda, sino radical. También vuelve sobre sus libros para pensar las continuidades de una voz que escribe desde la rabia, pero que aprendió a convertirla en una fuerza vital.

Lo que sigue es una conversación que no busca la solemnidad de la poesía, sino claridad; que no se refugia en lo abstracto, sino que mira de frente lo que duele y lo que salva. Una entrevista que confirma que, en tiempos oscuros, la poesía puede ser un modo de respirar.

Otra Canción: Me gustaria empezar diciendo que creo que sos de las poetas más destacadas que viven en Córdoba y que además estás siempre en movimiento con diferentes proyectos de poesía que muchas veces se mezclan con la música. ¿Qué tiene Córdoba que en estos últimos años parece haber impulsado el interés —o al menos la presencia— de espectáculos que buscan acercar la poesía a la gente?

Claudia Masin: Yo nací en Resistencia, Chaco, viví 30 años en Buenos Aires y hace casi 8 que vivo en Córdoba. Me sorprendió y me maravilló la potencia de la escena artística en general en Córdoba, siempre digo que Córdoba tiene una minoría intensa de artistas que hacen que la vida aquí sea posible (y más que posible: hermosa) pese a la ideología de derecha (o el gorilismo) de una parte muy importante de la población. Creo que precisamente allí hay una de las claves: el arte en Córdoba es un instrumento de resistencia. La pregnancia de lo hegemónico –el discurso del mérito, de la crueldad, del individualismo– es tan marcado que es crucial que surja un movimiento que, aunque minoritario, pueda plantar cara, desafiar este orden dado. Creo que el acercamiento de la gente que no tenía un contacto previo con la poesía se empieza a producir (no sólo en Córdoba) en la pandemia y luego de la pandemia. Las personas empiezan a intuir que el lenguaje poético tiene algo que decirles, algo diferente a lo que el discurso hegemónico les viene ofreciendo: una palabra vacía y degradada. Y empiezan a acercarse, notoriamente, a los talleres de lectura y escritura de poesía. Eso yo lo ubico desde hace años como un fenómeno que no para de suceder. Personas que no necesariamente escriben, cuyos oficios o profesiones van desde la Medicina hasta la Física, pasando por supuesto por las diferentes disciplinas de Humanidades, se acercan a mis talleres buscando ¿qué? Yo creo que algo que les dé aire, que los conecte con la vitalidad y la potencia, algo que los libere de esa densidad mortuoria que –pandemia primero, fascismo después– viene ensombreciendo nuestras vidas.
El acercamiento de los poetas a la gente no necesariamente ligada a la poesía es un fenómeno paralelo. Hay un interés de ambos lados.

Personalmente siempre me interesó que mi poesía pudiera ser leída por cualquier persona. El elitismo, lo exclusivo, lo erudito ligado a la poesía me aburre y me irrita. El otro día leía en un taller algo que decía el poeta peruano José Watanabe, relacionado con que la poesía no es estar viviendo en las alturas todo el tiempo, sino que nace de la vida cotidiana, de la observación de la vida cotidiana: Diana Bellessi también habla de la pequeña voz del mundo, ¿no?, alejada de las altisonancias y la solemnidad.

Estos espectáculos que combinan música, poesía, actuación, son modos de que la poesía llegue a otras personas que no necesariamente irían a una lectura de poesía pero que, claramente, tienen un interés y un deseo por escuchar algo distinto, algo reparador y a la vez combativo. Y aquí vuelvo a lo que decía en torno a por qué Córdoba es vanguardia en relación a esto. Estoy convencida de que los lugares más conservadores son a su vez los que generan las resistencias más intensas, más feroces. Esta provincia tiene en el arte su espacio de desobediencia.

O.c: En tu obra lo social y lo político aparecen como una respiración constante. ¿Qué puede hacer hoy la poesía frente al empobrecimiento del lenguaje, la violencia simbólica y las lógicas de poder que degradan la sensibilidad?

Claudia: Hace poco escuchaba una frase de Susana Villalba, que decía que la poesía salva al lenguaje. Y creo que hay mucho de eso. La poesía salva al lenguaje de esos usos degradados de los que hablabas, del lenguaje como instrumento de control y de propaganda de un sistema político e ideológico que reduce a las personas a objetos eliminables, reemplazables, a meros desechos. El lenguaje poético encuentra su riqueza precisamente en aquellos seres, lugares, emociones que para el discurso hegemónico son descartables, carecen por completo de valor. Desde mi punto de vista, no es posible escribir poesía sin el ejercicio de la sensibilidad y de la compasión por los demás, lo cual es radicalmente distinto a la insensibilización y la anestesia que priman en la actualidad.

O.c: En Antifascista aparece la idea de que la crueldad no es solo un acto, sino un clima. ¿Cómo se escribe contra un clima sin quedar atrapada en él?

Claudia: No es posible. Por eso yo creo que el primer paso, en tiempos como estos, es estar muy atentos a cómo están presentes en cada uno nosotros esos microfascismos, esos gestos, actos, pensamientos crueles, que existen en todos porque son parte de lo humano y porque además vivimos en una época que no sólo los facilita: los ensalza, los promueve. Entonces, para mí la idea no es suponer que esa crueldad está en los otros y que pertenecemos al lado luminoso de la Humanidad. Eso sería un reduccionismo, un pensamiento «buenista» que nos sumergiría en el mismo dualismo del neofascismo en el que vivimos: los malos son los otros. Creo imprescindible ese acto de reconocimiento de la propia crueldad, precisamente para evitar actuarla, ya que si no estamos anoticiados de que existe, es mucho más probable que la ejerzamos sin siquiera darnos cuenta. Una vez que podemos percibir esto en nosotros mismos, será el momento de decidir actuar o no de acuerdo a ello. En un poema que cierra el libro Antifascista aparece una especie de mantra u oración que le pide a no se sabe qué fuerza: Salvame siempre de la mezquindad del corazón.

O.c: ¿Qué te llevó a mirar lo micro —los gestos mínimos, lo doméstico, lo cotidiano— como un territorio donde se filtra tanto la violencia política como la formación de subjetividades marcadas por el daño?

Claudia: Mi propia experiencia. El haber padecido desde muy chica un entorno de crueldad y violencia, donde un personaje familiar –cuándo no, el padre– reproducía sobre mí, sobre mi madre, sobre mi hermano, los maltratos y torturas ejercidas por otros sobre él en su propia formación como persona. Esa casa/campo de concentración que no es diferente a tantas en las que han nacido y crecido personas de mi propio entorno, me mostró desde temprano cómo lo político vive en las estructuras más pequeñas, en las que se supone que deben cuidarnos, y muchas veces son las que nos provocan los primeros –y a veces los peores– daños de nuestra vida. Y cómo son esas estructuras las que nos marcan a fuego aquello que hemos de pensar, las jerarquías que debemos respetar, y por sobre todo, la obediencia como un valor supremo. Es un gesto político la poesía porque es optar por la desobediencia, por desacatar lo que se nos ha impuesto como lo justo, lo bueno y lo bello y buscar la justicia y la bondad y la belleza en lugares muy distintos. Es un gesto político la poesía porque repara en lugar de dañar, y el gesto de dañar, la actitud de ave de presa hacia los demás es nodal en la construcción de la subjetividad que esta sociedad necesita: personas que no vean en el de al lado más que una competencia, una molestia, un enemigo. Nunca un compañero, un hermano.

O.c: En varios poemas aparece la intuición de que la resistencia no siempre es épica, sino cotidiana, mínima, casi imperceptible. ¿Qué valor le das a esos gestos pequeños que no cambian el mundo de inmediato, pero que impiden que la crueldad avance sin freno?

Claudia: Son los gestos que nos salvan la vida. Esos pequeños gestos de amabilidad, de compasión, de cuidado, esos gestos ligados a la celebración y el encuentro, esos gestos de apreciación de la belleza, esos gestos de reacción ante la injusticia, por mínimos que sean, son los que hacen que el mundo todavía no haya estallado.

O.c: El libro sugiere que el fascismo no es únicamente un fenómeno político, sino también una forma de sensibilidad: una manera de mirar, de nombrar, de relacionarse. ¿Cómo se combate una sensibilidad fascista sin reproducir sus modos de violencia?

Claudia: Creo que algo de esto ya he dicho. Con registro de las propias crueldades, de las propias mezquindades, con una mirada implacable hacia nuestras miserabilidades. Crueldad es severidad extrema ante los demás y ante nosotros mismos. Pero esta conciencia de la que hablo no es cruel, es implacable: no se regodea en la culpa por nuestras propias miserias ni en la indignación por las ajenas, simplemente las registra y trata de modificar o ayudar a modificar lo que se pueda. Siempre, en mi poesía, aparece esta idea de la venganza como opuesta a una verdadera reparación. La venganza es un acto cruel, un acto que se solaza en el sufrimiento ajeno, y en ese sentido es un acto obediente, hacemos lo que se espera de nosotros, repetir el daño que nos han hecho, continuar la rueda de desolación y dolor. Es la justicia lo que repara. Y a veces hacer justicia no es más que hablar, contar, es decirle a otros lo que nos han obligado a callar y romper el circuito que lleva del daño hasta el daño. Es extremadamente difícil, el afán de vengar lo que se ha padecido es poderosísimo, pero apuesto al poder de reconstruir lo dañado y no seguir perpetuando su acción corrosiva.

Antifascista: Poesía contra la crueldad, Claudia Masin

O.c: Acaban de reeditar La mujer maravilla y yo, donde la figura amada aparece como una fuerza que protege, enseña y repara. ¿Cómo pensás esa ética de la ternura que desplaza la idea de poder? ¿De qué modo dialogan ahí la intimidad, la disidencia y lo político?

Claudia: Me gusta que menciones lo de la ética de la ternura. Es algo en lo que pienso cada vez con más frecuencia, siguiendo las enseñanzas de un psicoanalista que considero un maestro, Fernando Ulloa, que habla de la ternura como una fuerza poderosa, subjetivante. Dice que no se trata en absoluto de algo «blando», permisivo, pasivo. La crueldad, dice él, es la ausencia de ternura. Entonces, será a través de la hospitalidad, del buen trato, del cuidado y de lo amoroso que la crueldad retrocederá. Esto no se contrapone a la idea de combatir la crueldad, pero la paradoja con la crueldad es que si la combatimos con sus propias armas, ya hemos perdido. En un mundo enfermo de crueldad, la ternura puede ser incendiaria, revolucionaria.

O.c: En La mujer maravilla y yo trabajás una fuerza que no domina sino que sostiene, y una intimidad que se vuelve política sin perder delicadeza. ¿Cómo encontraste ese equilibrio entre cuidado, poder y exposición?

Claudia: Creo que un poeta trabaja lo autobiográfico, o lo íntimo, en los poemas, siempre en un borde: el exceso convierte el texto en demasiado autocentrado y ahí corremos el riesgo de generar en el lector la pregunta que les hacía Irene Gruss a sus alumnos de taller cuando el poema era demasiado anecdótico: «¿Y a mí que me importa?». Pregunta de lo más legítima. Pienso que sería deseable que  los poetas, a la hora de releer lo que hemos escrito, nos preguntemos eso mismo: qué, de eso que hemos escrito, puede ser de importancia para los demás. Si no es así, no vale la pena publicarlo. No escribimos para nosotros, eso es mentira, escribimos para conectar con otro, para establecer un diálogo. Todo poema que no tenga el potencial de generar una reverberación, una resonancia en el otro, para mí es palabra vacía.

LA MUJER MARAVILLA Y YO

O.c: Tus poemas están atravesados por paisajes del Chaco, Corrientes, Córdoba. ¿Sentís que existe una diferencia entre una poesía “del interior” y una “de ciudad”, o el paisaje funciona más como un dispositivo ético que te obliga a mirar donde no querías mirar?

Claudia: Creo que los paisajes donde hemos vivido nuestros primeros años son los que cimentan nuestro imaginario. O al menos ha sido así para mí. Alguna vez, haciendo un esfuerzo consciente, he tratado de escribir poemas más urbanos, más ligados a los paisajes de una gran ciudad como Buenos Aires, donde de hecho viví la mayor parte de mi vida. Pero fue inútil. El poema sonaba forzado, sonaba ajeno. Mis paisajes son los del Chaco, los del pueblo grande que era Resistencia cuando nací y en los años en los que viví allá, son los paisajes ligados al río, al monte, a un ritmo más reposado y más amable, aunque mi pequeño mundo, el de la casa familiar, era cualquier cosa menos amable, pero aún hoy, la naturaleza para mí es una cuidadora, una enfermera como decía Violeta Parra de las flores de su jardín en esa canción conmovedora que es La jardinera.

O.c: La poesía sigue siendo un territorio de nicho. ¿Qué creés que se pierde quien no lee poesía? ¿La poesía puede cambiar algo de la realidad que vivimos?

Claudia: Yo creo que puede cambiar el mundo de una manera mínima e imperceptible, pero cómo empiezan los grandes cambios si no es de una manera mínima e imperceptible. Lucrecia Martel decía en un reportaje hace poco que nuestra tarea era imaginar el futuro, crear lo que queremos que exista en algún momento. La poesía se dedica a esto: a hacer existir en ella lo que todavía no existe en la realidad. A imaginar lo que aún no es pero puede ser.

O.c: En muchas de tus poesías es evidente tu formación psicoanalítica. ¿Cómo se cruzan para vos la escritura y el psicoanálisis?

Claudia: Es inevitable que las cosas que han sido parte de nuestras vidas aparezcan en la poesía. Al menos yo no creo que puedan existir compartimentos estancos, por eso me suena a verso (¡en el peor de los sentidos!) la cuestión de la separación del autor y la obra. No hay tal separación. Se escribe como se vive, se muere como se vive, se ama como se vive. Y la verdad es que si no es así hay una incongruencia que a mí sí me importa. ¿Escribís muy bien pero sos un maltratador o un potencial femicida o un fascista? Y…personalmente elijo no leerte. No me es posible hacer esa distinción entre vida y obra, la vida es la obra y la obra es la vida. Y para mí si no hay una mínima congruencia entre ambas cosas (con las contradicciones que todos tenemos, claro) hay una impostura. Y para impostores, tenemos a los banqueros, a los magnates, a la derecha. ¿En serio estamos dispuestos a leer a escritores que no son capaces de sostener una posición ética? Eso, sostener una posición ética es lo menos que les podemos pedir a los artistas. Que tengan una buena técnica, ah, eso se consigue, hay talleres para eso. El buen corazón es lo que cuesta una vida cultivar.

Sospecho que me fui del tema de la pregunta pero fue la deriva que se fue armando.

O.c: ¿Qué continuidades reconocés hoy entre aquella voz que escribió tu primer libro y la que aparece en La siesta, La cura o Antifascista?

Claudia: La continuidad está dada por la rabia ante la injusticia. Esa rabia sigue viva y me sigue encendiendo y me sigue dando ganas de escribir. En esa época la rabia me consumía y consumía todos mis vínculos. Tuve que entender qué hacer con ella para que no me destruyera ni destruyera a quienes quería. Y una de las cosas que hice, la más importante, fue escribir. Escribir convirtió mi rabia en una fuerza vital, de creación, y me sacó de la amargura y el resentimiento. Si digo que me dio todo lo que tengo, sé que suena exagerado. Pero me dio todo lo que tengo.