Ricardo Forster: entre la memoria y la velocidad, la cultura en disputa

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En un tiempo dominado por la velocidad, donde la memoria se debilita y las generaciones parecen hablar en frecuencias distintas, conversar se vuelve un acto de resistencia. Y esa resistencia se vuelve aún más significativa en Cosquín, un territorio donde la cultura, la tradición y la transmisión siguen siendo importantes. Antes de su presentación en el Congreso Federal de Cultura, conversamos con Ricardo Forster, filósofo, ensayista, profesor universitario y una de las voces más lúcidas del pensamiento crítico argentino. Forster vivió el pasaje del mundo analógico al digital y ha dedicado buena parte de su obra a pensar la memoria, la democracia, la cultura y los modos en que las tecnologías transforman nuestra sensibilidad.
En esta charla, Forster reflexiona sobre la ruptura de los vínculos intergeneracionales, la devastación del lenguaje en los medios, el impacto emocional de la pandemia, la potencia de la música como herencia y la amenaza de un presente político que profundiza el individualismo y la desmemoria. Frente a un país atravesado por la velocidad, la fragmentación y la precarización cultural, reivindica el cara a cara, la conversación larga, la complejidad y la cultura como hospitalidad: un espacio donde nadie se hace solo y donde la libertad no se reduce a un intercambio mercantil, sino que se construye entre otros.

La batalla cultural en un cambio de época

O.c: Para empezar, quisiera preguntarte cómo leés el momento actual de la región. ¿Estamos atravesando una crisis cultural y política en América Latina? Lo pregunto porque, según desde dónde se mire, las interpretaciones cambian: en casos como Venezuela, por ejemplo, algunos sectores sostienen que la crisis terminó y otros afirman que recién ahora comienza. ¿Cómo entendés vos este panorama tan contradictorio?

Ricardo Forster:  Cuando hablamos de “la región” pensamos en América Latina, y el panorama es muy diverso. Hay países que avanzan en proyectos democráticos fuertes —como México con el ciclo iniciado por López Obrador y continuado por Sheinbaum, Brasil con el regreso de Lula o Uruguay con el Frente Amplio— y, al mismo tiempo, vemos un crecimiento marcado de fuerzas de extrema derecha: Milei en Argentina, los triunfos en Chile y Ecuador, el giro en Bolivia tras el debilitamiento del MAS, o la situación incierta de Venezuela. También están las tensiones en torno a la próxima elección en Colombia.

Este movimiento no es exclusivo de América Latina: ocurre en Estados Unidos con Trump y en buena parte de Europa con el avance de las extremas derechas.

Todo indica que estamos atravesando un cambio profundo y una crisis de las democracias contemporáneas, visible tanto en países que siguen siendo democráticos como en aquellos que se desplazan rápidamente hacia posiciones más radicalizadas. Es, en definitiva, un signo de época

O.c: Yendo puntualmente a la Argentina: ¿cómo ves hoy la cultura y el rol que cumple? Lo pregunto también por lo que ocurrió con Milei en Jesús María. Mucha gente se preguntó por qué eligió ese festival y no Cosquín. Yo suelo decir que Jesús María funciona más como entretenimiento, mientras que Cosquín tiene otra historia y otra carga simbólica. ¿Cómo interpretás vos esa diferencia?

R.F:  Hay que separar algunas cuestiones. Cuando hablamos de cultura hablamos de un universo muy amplio. En la Argentina, la cultura siempre fue un territorio de creación, diversidad e intensidad: desde lo que se sostiene con leyes y financiamiento público hasta lo que nace solo de la voluntad de los creadores —música, literatura, plástica, cine, teatro. La cultura es la savia de una sociedad, su núcleo más decisivo.

Si uno mira la historia, lo que permanece no son los millonarios ni los empresarios, sino las grandes creaciones culturales: arquitectónicas, literarias, musicales. Esas obras son las que moldean los imaginarios y las identidades.

Dicho esto, hoy vemos una desfinanciación profunda y una actitud estatal muy negativa hacia la cultura. La idea de retirar al Estado del financiamiento cultural responde a una concepción que pone al negocio en el centro de todo. Pero la cultura es mucho más que un negocio. En un Estado democrático, defender la diversidad cultural es una obligación.

Un titiritero jujeño, un poeta catamarqueño, una editorial independiente o la industria audiovisual necesitan apoyo estatal para existir y crecer. Ese apoyo es insustituible. No significa que sin él no haya cultura —durante la dictadura la cultura siguió creando—, pero sí que el Estado puede mejorar condiciones y defender a los más débiles frente a los más fuertes.

Que Cosquín sostenga su festival es una decisión política y cultural enorme. Convergen personas de todo el país y el Estado, al proteger estas expresiones, mejora la vida colectiva.

Hoy, sin embargo, el proyecto de gobierno nacional va en sentido contrario: restringe subsidios indispensables y debilita la potencia creadora. Es muy difícil hacer cine sin el INCAA o sostener editoriales pequeñas sin políticas públicas.

La cultura siempre fue un modo de subvertir la realidad, de expresar malestar y creatividad, de producir resistencia, sueños y rebeldías. También tiene que ver con nuestras tradiciones, que no son conservadoras: se actualizan. Lo vemos en jóvenes como Milo J o Trueno, que vienen del rap y están renovando el vínculo con el folclore. Esos cruces hoy son fundamentales.

Por eso discutir la cultura es discutirla por fuera de la mercantilización y también pensar su relación con las nuevas tecnologías. En ese sentido, un Congreso como este es valioso: permite reflexionar, en un momento complejo, qué está pasando en la región y en la Argentina.

O.c: Pensando en este gobierno, me llama la atención que alguien que cuestiona los festivales —que generan economía y comunidad, no solo entretenimiento— haya elegido ir justamente a uno. Y además eligió Jesús María y no Cosquín, que tiene otra densidad simbólica: una tradición social y política, un congreso paralelo, un espacio donde se piensa la cultura. ¿Cómo interpretás esa elección desde tu mirada?”

R.F No, por supuesto. Está claro que detrás de Milei hay un núcleo que piensa estratégicamente cómo posicionarlo en un contexto tan complejo como el actual. Y existe la lectura de que Córdoba —sobre todo ciertas zonas— es un territorio especialmente receptivo a su mensaje. Fue una de las provincias donde primero Macri y luego Milei obtuvieron un apoyo electoral muy alto. Por eso se siente cómodo allí, y su equipo ve en Jesús María un escenario amable donde será bien recibido.

El personaje se adapta a esas circunstancias. Milei no tiene vínculos con las tradiciones que conforman la música popular argentina ni con las músicas provinciales. No tiene relación con el chamamé ni con las grandes tradiciones que moldearon la cultura popular del país. Es alguien a quien le pasa por el costado cualquier sentimiento arraigado a la tierra, a la territorialidad, a la idea de un proyecto de país que permita vivir en los propios lugares sin emigrar a los grandes centros urbanos.

Lo que hace, lo hace para construir un personaje. Milei es una construcción, una simulación. Y además representa un proyecto de devastación: social, cultural, de derechos, industrial, energética, de soberanía. Las consecuencias ya son visibles: desfinanciamiento de la cultura, la educación, la salud, la ciencia, la tecnología y la obra pública.

Por eso valoro que una ciudad como Cosquín, en una provincia tan particular como Córdoba, sostenga un festival de esta naturaleza y lo complemente con peñas, encuentros y un congreso cultural donde estas discusiones puedan darse.

Argentina tiene una tradición de resistencia y una tradición de creación cultural muy profunda. Ciudades como Buenos Aires, Rosario, Córdoba o La Plata tienen una vitalidad enorme en literatura, música, arte. El teatro independiente, por ejemplo, es un verdadero milagro argentino: pocas ciudades en el mundo tienen la cantidad de obras en cartel que tiene Buenos Aires.

Y todo eso se sostiene con esfuerzo y con una lógica opuesta a la ideología mileísta: se hace en comunidad, en primera persona del plural, con cooperación, más allá del narcisismo y del individualismo. La cultura es eso: pertenencia, trabajo colectivo.

Hoy hay una confrontación entre una cultura autorreferencial, individualista y narcisista, y un proyecto de cultura que incorpora al individuo en flujos compartidos, públicos y colectivos. Ese es el punto. Un festival es, por definición, un espacio del “todos”, no del “uno”. Y eso no tiene nada que ver con la lógica mileísta, que reduce la vida a la economía y al dinero como medida de la existencia.

Nosotros venimos de otras tradiciones, de otras escrituras, de otras formas de pensar y actuar en sociedad. Por eso creo que vale la pena, en esta Argentina, discutir todo esto y reunir a quienes estén dispuestos a defender estas ideas.

O.c: El otro día hablaba con un colega y surgió la idea de que Milei se apropió de una estética popular que no le pertenece. Él decía que eso pasó siempre: que artistas como Mercedes Sosa o Teresa Parodi también fueron tomados por distintos gobiernos y que, según su mirada, dejaron de ser contraculturales cuando el Estado los incorporó. ¿Vos lo ves así o te parece una lectura forzada?

R.F No, esa es una lectura bastante capciosa. Es cierto que la creación cultural, en determinados momentos, tiene una potencia contracultural enorme: subvierte valores, cuestiona normas, inventa, transforma. En dictadura, además, la cultura fue un espacio central de resistencia en todos los lenguajes: música, literatura, poesía, artes visuales.

En democracia, en cambio, los gobiernos interactúan con la cultura de distintas maneras. Hay expresiones más ligadas a debates sobre derechos humanos, igualdad o libertad, y otras más vinculadas al entretenimiento. La música de Mercedes Sosa, León Gieco, Parodi o Fito Páez tiene una resonancia distinta en tiempos difíciles que en contextos democráticos.

Y me parece saludable que un Estado democrático acompañe expresiones culturales ligadas a luchas por la memoria, la justicia o la igualdad, siempre que sea consecuente con esas luchas. En el caso del kirchnerismo, hubo decisiones políticas concretas —como la derogación de las leyes de impunidad y la reapertura de los juicios a los genocidas— que acompañaron esa tradición cultural. No fue solo un uso simbólico.

Después se puede discutir si la política debe o no utilizar obras artísticas, pero eso también supone reconocer que los artistas tienen voz propia, incluso cuando un gobierno toma parte de su obra.

No es casual que la mayoría de los grandes creadores culturales del país digan que este gobierno no los representa. Experiencias como la de Alfonsín o los años de Néstor y Cristina sí abrieron canales para la expresión cultural y sostuvieron algo clave: la presencia del Estado como soporte material, sobre todo para quienes recién empiezan.

Porque financiar un recital de Mercedes Sosa no cambia nada: ella era una figura global. Pero un joven de Calamuchita con su guitarra necesita becas, formación, editoriales pequeñas que puedan publicar. Ahí es donde el Estado importa.

El gobierno actual no tiene interés en la cultura, salvo cuando le sirve a su dispositivo de poder. Es llamativo que alguien que criticó los subsidios aparezca en un festival subsidiado por la municipalidad y la provincia.

Y como vos decías, un festival no es solo entretenimiento: es economía, comunidad, circulación de artistas, movimiento turístico. Es parte de la industria cultural. Y para que esa industria sea federal y no quede concentrada en Buenos Aires, hacen falta festivales, ferias del libro, encuentros culturales.

En el fondo, estamos ante dos proyectos opuestos: qué país queremos, qué sociedad queremos, qué Estado queremos, qué cultura queremos.

O.c:  Siempre aparece la misma dicotomía: ¿por qué todo sucede en Buenos Aires y no en ciudades del interior? Esa sensación de que ‘le pagamos el recital a Buenos Aires con nuestra plata’ está muy presente. ¿Cómo interpretás esa percepción y esa desigualdad territorial?

R.F A ver, la situación no es tan lineal. Durante los gobiernos del peronismo y del kirchnerismo hubo políticas culturales federales muy concretas: Puntos de Cultura, expansión de salas INCAA, espacios culturales en provincias, programas nacionales, distribución de libros en escuelas y grandes recitales en distintas ciudades. También la ENERC abrió subsedes y el CONICET tiene presencia en todo el país. Eso existió y es importante reconocerlo.

Es cierto que Argentina es un país macrocefálico y que Buenos Aires concentra vida cultural y mediática, pero no por eso hay que negar las políticas federales que sí se hicieron. Una cosa es el centralismo histórico; otra, lo que hicieron efectivamente distintos gobiernos.

Hoy el panorama es distinto: hay desfinanciamiento de provincias, de cultura, de ciencia, de educación y de obra pública. Y eso tiene consecuencias. La cultura es un fenómeno colectivo, heredado, que necesita apoyo estatal para que quienes menos tienen puedan crear y ser visibles. La industria audiovisual, que generaba más de 100.000 empleos, es un ejemplo claro de lo que se pierde cuando se recorta.

La discusión de fondo es política: qué entendemos por cultura y qué sociedad queremos. Desfinanciar la cultura achica, silencia e invisibiliza.

Cruces, herencias y urgencias: la cultura en tiempos del “todo ya”

O.c: Recién hablábamos de cultura, y me parece que ahí hay un eje central: discutir qué entendemos por cultura. Mucha gente cree que la cultura es solo entretenimiento —una película como Humo bajo el agua o Homo argentum, por ejemplo— cuando en realidad toda obra dice algo sobre el momento social en que se produce. Incluso lo más banal habla de nosotros. ? ¿Por qué persiste esta idea de que la cultura es solo entretenimiento y, por lo tanto, debería ser privada?

R.F:  Pasa algo muy claro: Estados Unidos, además de su poder económico y militar, dedicó décadas a exportar su cultura a través de Hollywood. Hollywood construyó imaginarios globales, formas de vida, sueños y utopías. Ese poder simbólico americanizó buena parte del mundo.

Esto muestra que toda creación cultural expresa lo que vive una sociedad y, al mismo tiempo, produce ideología e identidad. La cultura no es inocente: puede ser apropiada por proyectos siniestros. Hay culturas arraigadas en el racismo o el supremacismo, y también son cultura.

No vi Homo urgentus, pero imagino los estereotipos que construye para definir “lo argentino”. Cada obra revela lo que sus creadores creen que somos.

La cultura puede usarse de muchas maneras. Está directamente ligada a imaginarios sociales, identidades políticas y de clase. En la música se ve clarísimo: el jazz y el blues nacen del mundo de la esclavitud afroamericana; parte del folclore argentino nace del mundo campesino. Todo eso tiene una trama social, económica y religiosa.

Son discusiones abiertas, llenas de mezcla, contradicción y ambigüedad. La cultura es eso: una experiencia que deja marca.

O.c: Pensaba también en Milo J. Mucha gente criticó su presencia en Cosquín porque viene del trap o del rap. Pero Carnota decía: “el folclore es todo lo que sale de la tierra”. La cultura también es eso: todo lo que surge de una sociedad.

R.F: El folclore es amasar lo que nace de las experiencias de cada territorio y cada comunidad. Es la continuidad de los sueños de generaciones anteriores, siempre actualizados.

Estos pibes vienen de zonas de exclusión, de barriadas populares, y eso se nota: hay rebeldía, apropiación genuina. Milo J es un creador extraordinario. Absorbe tradiciones —Cafrune, Guaraní, Mercedes Sosa, Spinetta, Silvio Rodríguez— y las cruza con ritmos caribeños o con el jazz. Esa mezcla es fabulosa.

La cultura es eso: encuentro, cruce, transformación permanente. Cuando no se transforma, se enquista. Como cuando se discutía a Piazzolla diciendo “eso no es tango”. Una mirada demasiado pequeña.

O.c Me parece que lo que planteás es central para entender por qué discutir la cultura no es discutir “entretenimiento”, sino discutir cómo una sociedad se piensa a sí misma.

R.F: La cultura es el territorio donde una sociedad se narra, se imagina, se sueña y se discute. No es un adorno ni un lujo: es el modo en que una comunidad se reconoce, se contradice y se transforma.

Hollywood lo muestra con claridad: construyó imaginarios globales que moldearon subjetividades en todo el planeta. Exportó una forma de ver el mundo. Eso es poder, eso es política, eso es geopolítica cultural.

Y también es cierto que la cultura puede ser usada para proyectos siniestros. El nazismo tuvo su estética, su música, su arquitectura. El supremacismo blanco tiene su cultura. La cultura nunca es inocente.

Por eso, cuando hablamos de cultura, hablamos de ideología, clase, territorio, memoria, identidad. En la música se ve clarísimo: el blues nace del dolor de la esclavitud; el folclore argentino del mundo campesino; el tango de los arrabales. Cada tradición tiene una raíz social.

Pero la cultura también es mezcla, cruce, transformación. Lo que pasa hoy con Milo J es un ejemplo hermoso: un pibe de un barrio popular que absorbe tradiciones que parecían lejanas —Mercedes Sosa, Spinetta, Silvio Rodríguez, Cafrune— y las cruza con su propio lenguaje. Eso es cultura viva. Eso es folclore en el sentido profundo: lo que nace de la experiencia.

La cultura que no se transforma se momifica. Por eso Piazzolla fue tan discutido: rompió moldes, y hoy es música universal.

Y sobre la utopía: una sociedad sin utopía es una sociedad sin futuro. Cuando se pierde el futuro, también se pierde la cultura, porque se pierde la capacidad de imaginar

O.c Vuelvo a Milo J. Él invita a Cuti y Roberto Carabajal, referentes que muchos pibes no conocían hasta verlos con él. Capaz no sepan sus nombres, pero dicen: ‘son los que cantan con Milo J’. Eso genera curiosidad, abre una puerta. ¿Creés que estos cruces ayudan a recuperar historia y memoria para las nuevas generaciones?

R.F: Vivimos en una época donde se rompieron los vínculos intergeneracionales. Ya casi no hay conversación entre generaciones, y eso es gravísimo: una generación que no reconoce que mira el mundo con ojos heredados pierde la continuidad cultural. Somos siempre herederos de creaciones que pueden tener diez, veinte o miles de años.

Hoy nuestra memoria cultural está siendo vaciada. Domina el instante. No sabemos qué pasó hace cinco años, desconocemos tradiciones políticas, musicales, filosóficas. Le decís “Piazzolla” a un chico y piensa en una pizza. Las tecnologías del aquí y ahora profundizan ese vacío: son tecnologías de lo fugaz, de lo inmediato.

Por eso experiencias como la de Milo J —o cualquier joven que cruza su música con la de otras generaciones— son tan valiosas. Esos encuentros reponen vínculos intergeneracionales. Sostener la memoria es sostener ese ida y vuelta.

Estamos ante la primera generación que mira el mundo sin relación con el pasado. Y sin pasado no hay futuro: solo inmediatez y repetición. Una cultura genuina discute justamente eso.

Cada melodía tiene historia. Escuchás algo que amabas a los quince y el viaje es inmediato: se mezclan tiempos, experiencias, emociones. Eso es memoria. Y estos cruces musicales rompen la idea de que “solo existe lo actual”.

El pasado es una riqueza enorme, pero hay que alimentarlo. La cultura educa: escuchar música, ver cine, leer poesía abre mundos. Lo perverso de esta época es que todo se aplana y se cierran esas aperturas.

Por eso Cosquín es tan importante: mezcla lo comercial con lo no comercial, junta jóvenes de todo el país, los lleva a las peñas, los hace escuchar al otro. Es un acto de resistencia en este tiempo.

Entre la memoria y la velocidad: cómo pensar en un país que se acelera

O.c: Los chicos viven mucho en el ‘ahora’. Desde tu mirada filosófica, ¿cómo se recupera ese impulso de buscar, de hurgar, que antes teníamos? Yo, por ejemplo, llegué a Charly, Sui Generis y Nito Mestre por curiosidad. Hoy, con todo tan a mano, eso parece perderse.

R.F: Cada vez que le preguntamos algo a la inteligencia artificial —o antes, a Google— dejamos de ejercitar la memoria. Antes indagábamos, preguntábamos, buscábamos en otros. Hoy la respuesta inmediata vacía ese proceso. Y la memoria es un músculo: si no se ejercita, se atrofia. Por eso una educación genuina tiene que estar ligada a la memoria.

La memoria no es repetir un poema: es dejar que ese poema te habite, que dialogue con tus vivencias. Lo mismo pasa con una melodía o con una película que volvés a ver veinte años después: ahí aparece el cotejo entre quién eras y quién sos. El gusto también se educa.

Podés entrar a un museo sin saber nada y que un cuadro te impacte. Ese es el primer momento. El segundo es indagar: quién lo pintó, por qué esos colores, qué historia hay detrás. Lo mismo con la música, el teatro, el cine, el vino, la literatura. Todo requiere formación, y la formación siempre necesita de un otro.

La cultura es eso: hospitalidad, mezcla, cruce. Nunca es un soliloquio. Siempre hay voces que se filtran, herencias que se transmiten. La cultura puede hacer que el pasado se vuelva futuro, que el presente se vuelva pasado, que en una novela alguien muera al principio y viva al final. Esa es su potencia.

Y la música, en particular, tiene una fuerza única: va directo a lo visceral. Entra por lo pulsional, por lo inconsciente. Y mucho de eso es herencia. Si tu madre cantaba durante el embarazo, algo de esa música te llega. Si creciste en una casa sin libros, tu relación con la lectura será más difícil —aunque no imposible—. Pero si creciste con una biblioteca, creciste con un universo entero. Un viaje que no termina nunca.

O.c: Puede que en una casa no haya habido libros, pero muchas veces la familia impulsaba a buscar afuera: un amigo que tenía un disco, un libro, una casa donde escuchar o leer. Ese ‘andá a lo de Juancito’ también era una forma de abrir mundos. Hay algo fundamental ahí, ¿no?”

R.F: Antes, cuanto más humilde el origen, más deseo de aprendizaje había. Había un impulso muy fuerte por transmitir saberes a hijos y nietos. Hoy, en cambio, aparece lo que llamás “el goce de la ignorancia”: un sistema que celebra no saber.

La cultura es lo contrario: es recreación de saberes, herencias, legados. Incluso sin darnos cuenta, cuando tomamos algo somos depositarios de un tesoro y, quizá, mensajeros para quienes vienen después.

Hoy hay una disputa enorme. Todos opinan de todo porque lo buscaron dos minutos en internet, y la opinión de alguien que estudió treinta años vale lo mismo que la de cualquiera. Eso es brutal. Hay una crisis profunda de la transmisión.

Si existe una grieta real hoy, es la grieta entre generaciones.

o.c: ¿No creés que para romper esa grieta generacional —y también la ignorancia— hay que volver al cara a cara, al encuentro, a la calle? Yo nací en los 90: tenía la Play, pero después era ‘andá a andar en bici, andá a básquet’. Había calle. Hoy, por inseguridad o por lo que sea, muchos chicos pasan horas adentro con el celular.

R.F: Sí, ahí hay un punto clave. El impacto de la pandemia fue demoledor, sobre todo para chicos y adolescentes: vivieron un encierro que dejó marcas emocionales y afectó su idea de futuro. Y las tecnologías actuales refuerzan ese enclaustramiento, esa autorreferencialidad. Es como vivir rodeado de espejos: lo único que vuelve es mi propia imagen.

Nuestras generaciones crecieron en la calle, en lo abierto, en el cuerpo a cuerpo. La televisión era mínima; lo central era salir al barrio, andar en bici, explorar. Y quienes leíamos desde chicos viajábamos con los libros: un lector de ocho o diez años se representa el mundo a través de lo que lee. Eso abre el horizonte.

El cuerpo a cuerpo, la amistad, mirarse, tocarse, hablarse… todo eso es fundamental. La digitalización de la vida, en cambio, es una tragedia. Claro que también tiene ventajas: vos estás en Cosquín y yo en Buenos Aires y podemos conversar; puedo dar una charla con gente de la India o México. Pero la técnica no es neutral: transforma nuestra sensibilidad de manera profunda.

Por eso valoro tanto el cara a cara. Incluso estoy dejando de dar seminarios online: la transmisión, para mí, requiere encuentro. Y es muy difícil que haya encuentro mediado por pantallas.

Cuando el secretario de Cultura de Cosquín me invitó, dije que sí enseguida. Nunca estuve en Cosquín, pero tengo una casa en las sierras desde hace años; es como una segunda patria. Así que después del Congreso me voy a quedar una semana ahí, en soledad, disfrutando.

o.C: ¿Cómo ves hoy el rol de la televisión? Durante años se decía que era el gran educador, pero ahora educan más el celular y las redes. Además, con cientos de streamings y opiniones instantáneas, el periodismo también cambió. Ya casi no existe la espera, la reflexión: no es como leer la contratapa de Forn o de Guerriero un domingo. ¿Qué lugar ocupan hoy la televisión y el periodismo en este mundo de inmediatez?

R.f: Hubo una época en que la televisión tenía peso, pero nunca fue el centro absoluto: había un afuera. En la infancia veíamos uno o dos programas, pocos canales. Nada que ver con la saturación actual.

La televisión no murió, pero se volvió otra cosa. Hoy convivimos con plataformas y redes que son un océano infinito. Mi generación —y la anterior— es anfibia: pasamos de lo analógico a lo digital, y de un modo de relacionarnos con los otros a otro completamente distinto. Es como haber cambiado de planeta.

Las tecnologías son absorbentes. Con un celular podés ver una película, hablar con alguien en China, escuchar música. Las generaciones nuevas hacen cinco cosas a la vez. Yo puedo leer varios libros, pero cuando leo uno, leo ese. Hoy todo es simultáneo, y la respuesta ya está en la tecnología, no en la búsqueda. Antes investigar era ir a bibliotecas, rastrear ediciones agotadas. Ahora apretás un botón. Vivimos en la cultura del exceso.

Podés aprender un idioma con una app, hacer música artificial, pedirle a una inteligencia artificial que escriba “como Borges”. No crea: arma un collage. Pero eso también es parte del mundo fascinante y aterrador en el que vivimos.

El periodismo sufrió algo similar: una devastación del lenguaje. Diego Lucero escribía contratapas que hoy un lector común no podría leer. Eso se perdió porque los editores creen que el público es analfabeto y hay que darle todo rápido. El diario de papel casi no existe para los jóvenes. Y si comparás el periodismo de los 60 y 70 con el de hoy, la diferencia es abismal.

Vos mencionaste a Forn, a Mariana Enriquez, a Leila Guerriero: escritores con formación enorme. Eso sigue existiendo, pero es cada vez más escaso. Resisten algunas columnas, pero cuesta.

Mi hijo menor me hizo ver algo: yo pensaba que todo tenía que durar tres minutos, y él escucha podcasts de dos horas. Eso es clave: volver a las conversaciones largas, a la complejidad. La realidad no es blanco o negro. Podés amar a Borges y ser peronista. Podés admirar a un escritor cuya política detestás. El arte no es santidad.

Y además, nosotros nos equivocamos. Las tecnologías no: ejecutan. Pero nosotros aprendemos del error. No hay creación cultural sin tropiezo. Hoy vivimos un totalitarismo del lenguaje: blanco o negro. Pero el mundo es una paleta infinita.

Y lo que pasa en la política argentina es dramático. No solo tendrá consecuencias inmediatas, sino también a mediano y largo plazo. La dictadura cambió el país. El menemismo cambió el país. Y esto que sucede ahora también lo está cambiando, en un contexto global explosivo y atravesado por nuevas tecnologías.

Por eso, volver al cuerpo presente, al encuentro real, es oxigenante. Permite discutir estas cosas que nos importan.

O.c: En un momento dominado por la velocidad, hace falta más análisis. Esa lógica de sacar notas rápidas, de diez renglones, empobrece. A mí me preguntan cuánto va a durar una nota y no lo sé: hablo, pienso y después veo. Muchas de las más leídas en mi página son larguísimas, y lo celebro: si algo es interesante, no importa si ocupa dos o tres hojas. Pero para eso hay que estudiar, investigar y trabajarlo.

R.F: Si algo se vuelve masivo y es de calidad, mejor. Pero si una obra tiene que recorrer un camino más solitario, también está bien. Reducir un poema, una música o una película a la cantidad de gente que la consume es empobrecerla. Cuanto más accedan a algo valioso, mejor, pero hay obras que necesitan tiempo y silencio antes de ser reconocidas. La cultura no es una estadística: es lo que provoca en uno, en mil o en un pequeño grupo. Lo importante es cómo se despliega.

o.C Para cerrar cuales son los principales desafíos a los que nos enfrentamos hoy?

R.F: Hoy, bajo un proyecto de gobierno que precariza la cultura, la educación, la vida social y la naturaleza, el desafío central es reinventar un país más justo, igualitario y democrático, capaz de reconocer y valorar al otro. Si la identidad argentina se reduce a festejar un mundial y cantar por Malvinas para luego olvidarla, no alcanza. Necesitamos recuperar un sentido de país que no sea patrioterismo vacío, sino pertenencia, arraigo, herencias, diversidad. Un país solidario y emancipado.

El desafío es enorme porque estas políticas fomentan el egoísmo, el individualismo y la negación del otro. Siempre cito una frase brutal, anterior a este gobierno pero muy presente hoy: “Yo no le debo nada a nadie, yo me hice solo”. Esa idea es devastadora. Y es contradictoria con la tradición libertaria original, ligada al anarquismo, la justicia social y lo común. Lo que hoy se llama “libertario” es, en realidad, liberticida: reduce la libertad a un intercambio mercantil, cuando la libertad es otra cosa. Por eso existe la cultura.

Nadie se hace solo. Somos seres políticos, nacemos del cuerpo de una mujer, muchas veces del amor de dos personas. Tenemos amigos, maestros, gente que nos dio algo de su saber y su afecto. Pobre del que atravesó la vida sin que nadie le tendiera una mano. Rico es quien recibió amor, cuidado, sabiduría, no quien acumuló dinero. Y vuelvo a lo que venimos conversando: la cultura es eso. No existe en soledad. La cultura solo ocurre con otros y entre otros.

Javier Milei asistió al Festival de Doma y Folklore y cantó junto al  Chaqueño Palavecino | Tendencia de Noticias