Armando Flores celebra sus 20 años en 990 Arte Club.

Si la Córdoba actual genera ese gusto amargo que cruza el cariño de la pertenencia a un suelo con la indignación de lo que en él sucede, imaginarla 20 años atrás exacerba todos esos sentidos. En el año 96, el angelocismo había caído víctima de su propia decadencia, pero los radicales que habían sido protagonistas de esa historia habían logrado mantenerse en el poder. A la par, el neoliberalismo que se creía en su esplendor, se desmoronaba a una velocidad impactante. Armando Flores es un emergente musical de esa Córdoba que se resquebrajaba socialmente. Intentar comprender la existencia de Armando Flores sin prestar atención a esas realidades sería un imperdonable error histórico. También lo sería no anclar el sentido de su existencia al carácter de observador sensible de su alma mater, Ají Rivarola, un cronista de sus tiempos y sus entornos, un poeta suburbano de los más importantes que ha dado el rock que Córdoba supo parir.

Musicalmente, Armando Flores también fue parte de la emergencia que a mediados de los noventa empezaba a imprimirse en la música nacional. Atento a las sonoridades que provenían desde el continente y cruzado con experiencias de la música mestiza que comenzaban a colarse desde Europa. En sus discos hay rock, rap, reggae, pasajes de jazz y guiños al folclore. Desprejuiciado y audaz, su obra fue haciendo escuela en las formas de poner todo al servicio de las necesidades del decir. Ají inventó esa cosa del “rock con-fusión” como una doble forma de definir su música: la que dejaba en clara el cruce rítmico y estilístico de la banda y la que desubicaba a los que muchas veces les es más fácil identificar a las obras musicales según el lugar en el que ocuparían en las ya casi desaparecidas bateas de las disquerías.

Desde el inicio, a Armando Flores se lo podía ver actuando en los escenarios tradicionales del under cordobés, los pequeños tugurios que existieron fugazmente como espacios liberados a la expresión y en la calle. Poniéndole el pecho a las muchas manifestaciones que comenzaba a hacerse moneda corriente en los finales de la década del vaciamiento menemista. Lejos de esquivarle al bulto o evitar el barro, la banda hizo de rastrear en el lodo una especie de marca identitaria. Posiblemente nadie ha cantado desde los barrios cordobeses de los noventa como lo hizo Armando Flores en sus comienzos. Y como lo continúa haciendo.

Ejemplos de la autogestión y la independencia, los Armando Flores grabaron cinco discos, dos de ellos (“Vivo pirata” y “Los floreros de Armado”) grabados en vivo. Esas fotos (que sirven también para atender a la forma en que la banda sonaba en los escenarios de comienzo de este siglo) con el paso del tiempo dan cuenta de las formas en que los artistas que apostaban a la independencia se las rebuscaba para editar sus canciones en medio de una crisis que dominaba todo en el entorno. Esos dos materiales en vivo habían estado antecedidos por “Papel de arroz” (del año 2000) y fueron los que anticiparon el que, tal vez sea el disco más recordado de la banda, “Cosecharán” (del 2005). En cada uno de ellos aparecen un grupo de músicos que ocuparían lugares selectos en cualquier enciclopedia roquera hecha desde el centro del país: Vivi Pozzebon, Sergio Barbosa, Titi Rivarola, Bam Bam Miranda, Fede Flores, Gabriel Pedernera o Martín Bruhn, por nombrar sólo algunos.

La banda tuvo un impasse cuando Ají se fue a México, en donde se quedó una buena cantidad de tiempo. Cuando volvió, lo hizo con la mirada intacta, pero con la pluma más punzante. En algún momento de esa vuelta, el propio Rivarola se definió como “más reflexivo”. Es posible que las canciones de “Cemento de Dios” (del 2011) así lo sean. Pero la reflexión no lo alejó de la esencia capaz de absorber el mundo que lo rodea y que, aunque a veces se intente disimular, casi siempre está cayendo. Escupiendo broncas o  fraseando una poética con algo de esperanza bajo la manga, Ají siempre supo que las cosas eran de esa manera. Y se dedicó a cantarles.

Así pasaron 20 años. Dos tumultuosas décadas en la vida de una ciudad y un país en la que una banda desarrolló su actividad, supo generar un público fiel y aguantador, batalló contra las adversidades y siguió adelante a su manera. 20 años que se celebran con menos nostalgia que la que muchos pueden imaginar. Armando Flores sigue. Ahí está. Ahora le toca festejar.