Ayer, Jorge Álvarez formalizó su pase a la inmortalidad. Hace casi dos años, la Universidad Nacional de Córdoba lo reconoció con el premio “Cultura 400 años”. En aquella ocasión, escribí estas palabras que repasan su carrera para la Gaceta Cultural Deodoro. Hoy, las recuperamos, para recordarlo en Otra Canción. 

pidamos-peras-a-jorge-alvarez-web-1Siendo uno de los productores editoriales más importantes del país, Álvarez se fue a Nueva York con motivo de rubricar un acuerdo que tenía que ver con su actividad empresarial. En ese viaje, lo acompañó su amigo Pedro Pujó que, al igual que él, quedó flechado con el desarrollo de los movimientos contraculturales protagonizados por los jóvenes que se ponían de manifiesto en el país del norte. Hacia 1968, una de las editoras de Jorge Álvarez era Susana “Piri” Lugones. Cuenta la historia que la casa de la hija de Leopoldo (el jefe de la policía durante el gobierno de facto de José Félix Uriburu, impulsor en el uso de la picana eléctrica como método de tortura) y nieta de Leopoldo (uno de los más célebres ensayistas de comienzos del siglo veinte en nuestro país) era un sitio de habituales reuniones entre el grupo de jóvenes inquietos de la época. En ese departamento, que formaba parte del Hogar Obrero, ubicado en el barrio porteño de Caballito, las largas tertulias podían encontrar a figuras de renombre como Paco Urondo, Rogelio García Lupo, Jorge Cedrón o Rodolfo Walsh, entre otros. Un día, con motivo del cumpleaños de una de las hijas de la periodista, coincidieron en la casa dos de los mundos que marcaban el pulso de la juventud activa de aquellos años. Los unos, enrolados en el trabajo político, militante e intelectual (más cercanos a la editorial de Álvarez) y los otros, que buscaban revolucionar el panorama cultural de la época a través de las canciones y las nuevas formas estéticas. Según quien cuente la historia, los músicos pueden haber sido invitados por la propia “Piri” con la intención de generar el encuentro o por iniciativa de Pedro Pujó, con intenciones similares, aunque no tan explícitas. Lo cierto es que en ese momento, Jorge Álvarez conoció a Tanguito, a Javier Martínez, a Claudio Gabis, a Alejandro Medina y a Miguel Abuelo. Esa noche, luego de escuchar una primigenia versión de “Avellaneda Blues” (el clásico del trío Manal) y de sorprenderse con las interpretaciones de Miguel y Tanguito, el entonces editor de libros se convenció de que algo importante estaba sucediendo en Buenos Aires y decidió convertirse nuevamente en protagonista. “En los 60, el mundo se dividía entre los que resolvían el mundo en una mesa de café y los que hacían cosas. Nosotros éramos de los que hacíamos cosas. No perdíamos el tiempo discutiendo cómo lo haríamos. Lo hacíamos.

Jorge ÁLvarez
La idea de superar la propuesta meramente editorial ya venía siendo masticada por Álvarez desde tiempo atrás. De hecho, luego de su viaje a Estados Unidos, había lanzado al mercado algunos productos que tenían que ver con la cultura juvenil, pero que se alejaban del trabajo editor al que estaba acostumbrado. Primero fueron los pósters y luego la incursión en espectáculos tipo café concerts que, por aquellos años, tenían una importante aceptación entre la intelectualidad porteña joven, sobre todo en los sectores nucleados alrededor del Instituto Di Tella. Los nombres que gestaron el sello Mandioca fueron los de Jorge Álvarez, Pedro Pujó, Javier Arroyuelo y Rafael López Sánchez. Sus firmas aparecían en la invitación pública que, con nombre y apellido, convocaba a más de sesenta personajes de la cultura y el periodismo de la época al lanzamiento oficial del sello, un 12 de noviembre de 1968 en la Sala Teatro Apolo de Buenos Aires. Las primeras ediciones de Mandioca fueron los simples de Manal (“Qué pena me das” y “Para ser un hombre más”), Miguel Abuelo (“Oye niño” y “¿Nunca te miró una vaca de frente?”) y Cristina Platé (“Paz en la playa” y “Para dártelo todo”) una modelo de fugaz incursión en esta historia, que por aquellos tiempos estaba casada con el artista plástico Roberto Platé. Todos los trabajos fueron presentados en el happening de aquella noche de noviembre, aunque es necesario señalar un dato significativo: los simples aún no estaban disponibles. Aparecieron luego, más entrada la temporada estival, con artes de tapa minuciosamente trabajados por el dibujante Daniel Melgarejo. El resultado artístico del debut habrá quedado para el anecdotario (el sonido, la interpretación, la organización eran propias de un conjunto de actores que daban los primeros pasos en cada uno de sus actos), pero las anécdotas sirven para expresar el profundo significado político-cultural de aquella aparición. Al terminar el recital, un joven Luis Alberto Spinetta corrió al encuentro de Jorge Álvarez y le dijo “Quiero felicitarte porque hoy comenzó el fin de la música comercial en la Argentina. Creo que hoy liquidaste esa música para siempre. Dentro de algunos años, todos lo vamos a ver…

Más allá de la importancia histórica que significa la aparición del sello, una de las preguntas que siempre surge gira alrededor del nombre. Arroyuelo y López Sánchez venían realizando una serie de exposiciones con el nombre “Mano de Mandioca”, y de allí parece surgir el nombre, que a Álvarez le pareció “horroroso” pero que entonaba con el concepto del proyecto. Un nombre con referencia directa a lo nacional y latinoamericano. La bajada que acompañaba esa denominación tenía más que ver con un homenaje interno del aquel grupo de “náufragos” que craneaban proyectos entre La Cueva, el bar La Perla, Plaza Francia y Parque Rivadavia. Dorita Loiver, era la madre de “el Colorado” Mario Rabey, uno de los integrantes de aquella tribu. Por su apoyo incondicional a los proyectos que iban naciendo, se ganó el mote de “madre de los chicos”, ya que su casa fue otro de los escenarios elegidos (o permitidos) para preparar las revistas, las muestras artísticas y tiempo después, el nacimiento de Mandioca.

BilliBond_JorgeAlvarezBajo el ala de Mandioca pasaron, además de la tríada de artistas iniciales, más de una veintena de músicos y bandas que grabaron sus discos simples y formaron parte de los dos compilados producidos por el sello. “Madioca Underground” de 1969 y “Pidamos peras a Mandioca” de 1970. También allí, se editaron los primeros Lp´s de Moris, Vox Dei y Manal. Los emprendimientos de Mandioca también tuvieron “su propia cueva” en la ciudad de Mar del Plata durante el verano de 1968-1969. La revista Primera Plana se encargó de describir el lugar (que estaba ubicado en el número 2829 de la calle Bv Marítimo) como propio de un grupo de personas con “pasado de sótano”. Aquellas líneas describen el lugar como poseedor de una “decoración especial” a partir de la cual “el nuevo templo congrega cada noche a una nube de practicantes que pagan 500 pesos por la copa y la posibilidad de acceder a un violento nirvana”. Esa era la actitud de la prensa, que no tenía del todo claro la postura que debía tomar para pararse ante estos nuevos fenómenos culturales que comenzaban a expandirse por el país. Al referirse al proyecto, la revista Siete Días Ilustrados publicó en marzo de 1969 una nota que comenzaba diciendo que “Los propósitos de esta nueva editorial discográfica (sí, no hay error, se llama Mandioca, la madre de los chicos), son buenos: aportar nuevos planteos en la edición de discos, no poner límites a la libertad de creación de los artistas y tratar de que la relación con los oyentes no sea sólo un sonido sino una relación de amor” para luego señalar que “Mandioca, tendrá que levantar la puntería, porque el postulado de dejar libertad de creación al artista es, a priori, excelente, pero otro postulado estético (¿también comercial?) advierte que no canta quien quiere sino quien puede.” Los postulados, apocalípticos en cuanto al futuro del sello, no se alejaban demasiado con respecto a lo que realmente pasaba con la percepción de Mandioca fuera del micromundo de la intelectualidad roquera naciente. La difusión de los artistas por los medios era prácticamente nula, apenas si Hugo Guerrero Marthineitz en su “Show del minuto” o Miguel Grimberg desde su programa de Radio Municipal podían encontrar algunos espacios mínimos para dar lugar a esos nuevos sonidos que pocos entendían y muchos cargaban de prejuicios morales y estéticos. Eso, sumado a los gastos que cualquier empresa debe afrontar y a la paulatina partida de los artistas hacia otros sellos que, con mayor capacidad comercial, comenzaban a mirar con buenos ojos a las nuevas tendencias, terminó con la vida del primer sello independiente de la República Argentina, entrada la década de 1970.

 

Luego del fin de Mandioca, Jorge Álvarez fundó un subsello dentro de la empresa Microfón, llamado Talent. Desde allí, promovió y editó gran parte de los discos del movimiento del rock argentino de por entonces. Sui Generis, David Lebón, Luis Alberto Spinetta e Invisible fueron solo algunos de los artistas que salieron a la luz bajo la protección editora del sello comandado por Álvarez, quien tuvo que exiliarse en 1977, luego de que alguien lo acusara de ser uno de los propulsores de “una juventud contestataria”. Luego de su regreso a la Argentina en el año 2011, Jorge Álvarez se propone continuar con las actividades que quedaron truncas tras su partida. En eso se propone gastar todo lo que le queda de tiempo por delante. La propuesta es no mirar hacia atrás, sino volver a ensanchar el horizonte. Con el regreso de la editorial (que ya tiene sus primeros trabajos en marcha tras un acuerdo con la Biblioteca Nacional) y con Mandioca, que busca seguir siendo, simplemente, la madre de los chicos.

 

* Publicado originalmente en el Nro. 31 de “Deodoro, gaceta de crítica y cultura” (Revista mensual editada por la Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba) – Mayo de 2013