*Texto originalmente publicado en la gaceta cultural Deodoro del mes de Julio de 2014.

Córdoba. Año 2014. El momento de la efervescente escena musical no solo parece ir tomando de a poco la ciudad, sino que también trasciende los límites geográficos de la misma y de la provincia mediterránea. Artistas y bandas locales logran expandirse por el territorio nacional y los rastros del pasado se hacen presentes en cada uno de los pasos (y los saltos) experimentados por los hacedores de un momento que parece destinado a observarse desde la perspectiva del futuro. Ahora bien, así como la actualidad se muestra sólida, por momentos parece necesario tomarse el tiempo para pensar el fenómeno para atrás. Es decir, como producto de momentos anteriores, de movimientos culturales y musicales nacidos en otras décadas y latitudes. Ayer nomás, el trabajo audiovisual de Martín Carrizo, “Radio Roquenroll”, intentaba responder algunos interrogantes revisando qué pasaba en Córdoba cuando el rock nacía en Argentina. Allí, la mirada se concentra sobre la Córdoba de los 60, la amplifica hasta los 70 y pone sobre la mesa algunos de los personajes predominantes de ese momento. A fuerza de verdad, fue en los 80, rozando los albores democráticos, cuando surgieron las primeras bandas locales de trascendencia nacional. Fue ese momento, cuando, impulsados por los terrenos ganados por el rock en general, Proceso a Ricutti, Pasaporte, Tanmboor y Posdata (entre otros) llegaron a tener un gran nivel de exposición sin precedentes a nivel país. Pero ¿qué pasó después, más acá en el tiempo? ¿Qué pasó en los 90? ¿Qué fue de Córdoba y del movimiento roquero en el país?

El rock argentino en los 90: volver a resistir

El rock argentino, comprendido como una corriente de constitución identitaria y cultural, ha atravesado a lo largo de su historia diversos momentos de construcción política y estilística. Aprendiendo a dominar el lenguaje y el sonido mientras ensayaba cruzadas libertarias y antiautoritarias durante sus primeros 18 años, el Movimiento Rock Argentino llegó a la mayoría de edad a la par de la democracia recuperada y (así como la institucionalidad) fue creciendo a los tumbos y con espíritu pendular. Los años ochenta fueron expresando una especie de revolución estética y expresiva que fue conjugando el ánimo interno con las corrientes que llegaban, cada vez a mayor velocidad, desde diferentes latitudes mundiales. Los 90 llegaron con un telón de fondo marcado por un panorama crítico. Social, económica y políticamente, la situación era caótica. En el plano de lo artístico, la necesidad de renovación se expresó en un recambio lógico (los hijos de los primeros roqueros tenían la misma edad que sus padres cuando inventaron todo) que llegó por diversos lineamientos expresivos ante una situación en la que el neoliberalismo se hizo carne en la cultura del país y del continente. Como señala la periodista Laura Lunardelli en su libro Alternatividad, divino tesoro, el rock, casi con más fuerza que nunca antes, tuvo que lidiar durante esa década “con una institución hoy más poderosa que cualquier poder o religión: el mercado”.

Desde varios aspectos, sólo comprensibles desde la situación política del país, el Movimiento Rock Argentino pareció recuperar en los 90 su estirpe contracultural, enarbolando un concepto que volvió a escucharse desde diferentes percepciones e intereses: la “alternatividad”. Esa concepción ante las cosas, tuvo en esos tiempos, al menos tres paradigmas desde los cuales ser comprendida. La alternatividad estética, representada por nuevas corrientes musicales que, en muchos casos estereotipadas por oficios de la prensa y el marketing, enarbolaron nuevas formas que, en algunos casos enfrentaron y desconocieron la tradición que los precedió (Babasónicos, Illya Kuryaki and the Valderramas, Peligrosos Gorriones). La alternatividad política, expresada por dos corrientes subyacentes que pusieron un fuerte énfasis en las representaciones y las denuncias desde las líricas; una nacida al interior del nuestro país referenciada en torno a lo que se conoció como “rock chabón o barrial” (Los Piojos, 2 Minutos, Los Caballeros de la Quema); y una corriente marcada por estilos que llegaban desde el exterior con expresiones de mestizaje cultural y latinoamericano que marcaron un cambio y una renovación de las formas tradicionales del rock local (Los Fabulosos Cadillacs, Bersuit Vergarabat, Todos Tus Muertos). Por último, una tercera vía que podemos denominar como la alternativa socioeconómica que se hizo carne en una mayor apertura en las formas de producción por fuera de los sistemas tradicionales de la industria musical. Esa postura se expresó tanto desde artistas de trayectoria y masividad ascendente (Los Redondos, La Renga) como desde las bandas barriales y las asociaciones de músicos que comenzaron a emerger desde el barro del vaciamiento cultural y el reinado del mercado (El Otro Yo, Tren Loco, Fun People). A nivel nacional, esas tendencias alternativas se cruzaban y convivían con otras realidades que, también desde el seno del movimiento roquero autóctono, saboreaban de la legitimidad y las mieles del mercado (Fito Páez, Soda Stereo, Charly García, Andrés Calamaro). La paridad cambiaria instalada a comienzos de la década, había abierto la posibilidad a la llegada de grandes números internacionales que lentamente fueron ocupando plazas de gran tamaño con una frecuencia inusitada y, a su vez (conjugada con la apertura indiscriminada de las aduanas) había permitido el acceso a equipamientos de gran envergadura que sirvió a muchos para abrir caminos que antes eran impensados. Esa situación, incluso favoreció, al comienzo, el nacimiento de emprendimientos independientes que tiempos después (como se dijo anteriormente) se iban a convertir en uno de los bastiones de la resistencia al neoliberalismo.

Córdoba, este lugar en el mundo

Como casi siempre en contramano de lo que resultaba en suerte con el transcurrir de los designios del país, en Córdoba, la cosa era un poco más difícil. En primer lugar porque el mercado comenzó a centrarse pura y exclusivamente en Buenos Aires, pero también por las condiciones de una provincia que fue una de las más duramente golpeadas por las crisis sucesivas del país, producto de las políticas neoliberales preponderantes que nacían en ese entonces y que se iban a proyectar como unívoco por el resto de la década. La entrada al soñado primer mundo no solo produjo quiebres económicos sino, también, culturales. En lo estrictamente musical, las bandas cordobesas que en los 80 habían podido conseguir un contrato con alguna compañía discográfica multinacional, habían quedado huérfanas ya que las empresas decidieron apostar a lo viejo conocido, centraron su atención en las novedades que llegaban del exterior y quitaron su apoyo a las nuevas tendencias que se alejaban demasiado de la urbe porteña y a las tendencias globales. En ese sentido, los 90 fueron duros desde el comienzo.

“En el comienzo de los 90, había muchas bandas que abrieron camino en la producción de música propia a nivel local, tomando el legado de grandes bandas cordobesas de los 80 e incorporando nuevos lenguajes y dando origen a grandes bandas que se abrieron paso, a golpe de organización, energía y muchas ganas, en la nueva escena de la música local. Hubo grupos, como Oíd Mortales, Los Nuevos Coleccionistas de Pasillos, Proceso a Ricutti, Jetattore, y la propia Savia Nueva, que dentro del rock, generaron un espacio de alternativa musical en una Córdoba que empezaba a despertar y a poner un lenguaje propio al fenómeno del Rock Nacional que llegaba desde Buenos Aires. Pero los esfuerzos se hicieron cada vez menos útiles, y esto sumado a medidas de no apoyo a la cultura por parte de los gobiernos, hicieron que los proyectos fracasaran y que fuera muy complicado mantener estos proyectos creativos a través de los años”, cuenta Pepo Gómez, que participó en los 90 de bandas como Savia Nueva, Mirando al Sur y Mundo Arjo, entre otras.

Toda banda cordobesa era independiente (casi más por obligación que por elección) y, desde el plano estético, todavía se reflejaban los vestigios estéticos de la década anterior. El circuito de bares dispuestos a recibir propuestas locales era reducido, mientras que muchos de los locales nocturnos comenzaron a requerir la presencia de bandas que basaban sus sets en “versiones” o “covers” de bandas porteñas. “Al principio, los músicos pensamos que iba a ser una cuestión pasajera, pero comenzamos a ver que era casi imposible meter cosas propias y esa tendencia se extendió más de lo que creíamos” cuenta Tincho Siboldi, que en el año 92 vio cómo la experiencia de Proceso a Ricutti (una de las bandas más importantes de la segunda parte de los 80 en Córdoba) llegaba a su fin.

Al igual que en las etapas previas de la historia, el movimiento roquero cordobés fue absorbiendo las expresiones que llegaban desde la Capital Federal, las que se aggiornaban con elementos propios de la ciudad, cuyos rasgos culturales distintivos siempre fueron permeables a la convivencia intercultural. Entrada la década, coexistiendo entre lo que quedaba del boom cordobés de mediados de los ochenta, el público local podía encontrarse con bandas y propuestas que se abrían sus propios caminos. Algunas de ellas con una mayor proyección posterior, otras hoy recordadas casi con un halo de melancolía. Ahí estaban Garage, Rouge & Roll, Hammer, Crosstown Traffic o Savia Nueva, entre otros tantos.

La herencia: mientras miro las nuevas olas

Tomando en cuenta los elementos esbozados anteriormente es que necesariamente surge la pregunta en torno a la pérdida de lo aprendido y lo experimentado en los 90. Visto desde el momento actual, parece lo mejor que el movimiento roquero cordobés tomó de lo que dejaron aquellos años a nivel nacional y se autoanalizó con respecto a las vivencias propias. La segunda etapa de los años 90 fue en Córdoba el momento de otro resurgir. Más under, es cierto, pero con una renovación generacional que fue dejando atrás un clima de derrota que, incluso, se respiraba a nivel país. Empezaron a funcionar bandas que volvieron a comprar escenarios en los pequeños reductos y la universidad. Ya no eran tiempos de grandes festivales (iban a llegar después) ni de proyecciones demasiado certeras. Fueron tiempos de tocar, de resistir y de gritar que las cosas necesitaban ser modificadas. Hacia finales de la década, algunos artistas comenzaban a afianzarse en ese escenario mientras otros comenzaban a ver la luz. En la primera tanda aparecían nombres con estilos de muy diverso corte como Armando Flores, Los Rústicos del Viejo Sueño, Los Navarros o la Crosstown Traffic, mientras que en un plano de más gestación y futuros por dibujar asomaban los nombres de La Cartelera Ska y Los Caligaris y los gérmenes de Juan Terrenal, 250 centavos o La Coca Fernández. Todo se había mamado del puente, de la resistencia y del sudor como bandera. En el horizonte (para atrás y para adelante) aparecían las experiencias peñeras multiculturales, Vivi Pozzebón, Titi Rivarola, Paola Bernal, Minino Garay o Sergio Barbosa (entre tantos otros ilustres maestros públicos e ignotos de la cultura local). Pero visto a la distancia, tal vez, la pata mejor aprendida del proceso global del rock argentino de los 90 en nuestro país, fue ese proceso político de autogestión y apuesta por la independencia. De hecho, es a partir de ese desarrollo la base que permite que las expresiones estéticas (que tienen que ver, en su gran mayoría con el mestizaje y el resurgir electro pop de la última parte del siglo pasado) han podido avanzar y desarrollarse como podemos observarlo en nuestros días. Como dice, Pepo Gómez, eso puede rastrearse “luego de la crisis de 2001, los músicos empezaron a generar sus propios proyectos y a autogestionar sus medios y los espacios donde hacerse visibles, de manera que gran cantidad de bandas y músicos comenzaron a trabajar, y con esto quiero decir de una manera más profesional, con su música o con sus proyectos, acostumbrando a la gente a consumir música de autor y a presentar proyectos cuidados y de gran calidad artística”.En estos días, en los que el rock de Córdoba está en la boca y los oídos del país. En estos días en que las bandas más importantes de la ciudad y de la provincia surgen de experiencias autogestionadas y colectivas. En estas horas en las que el rock de Córdoba da cuenta de lo aprendido y se presenta como un ejemplo. Un nuevo ejemplo de resistencia y trabajo que alcanza algunos laureles sin la intención de dormitar en ellos.