El festival itinerante más importante del mundo pasó por Argentina por primera vez y saldó una deuda en cuanto a producción y también con el público. Es que el año pasado vimos por Youtube lo que fueron las presentaciones del Lollapalooza en Chile y Brasil, mientras que a Buenos Aires llegaron gran parte de esas bandas pero de manera fragmentada (el grueso en el Pepsi Music y el resto con recitales individuales). Ahora vivimos la experiencia musical que en 1991 ideo su mentor Perry Ferrel.

Primero vamos con algunos aciertos: el lugar, más allá de la distancia sacar el cónclave de la ciudad de Buenos Aires y llevarlo a provincia en un predio en muy buenas condiciones favoreció al clima general. El Hipodromo de San Isidro pudo albergar a casi 120 mil personas entre los dos días sin problemas y desde la producción aseguraron buena parte de las comodidades básicas incluso para los niños/as. Algo que a priori hacía dudar de su funcionamiento era la superposición de bandas en los mismos horarios, más aún cuando se veía la disposición de los escenarios en un predio al aire libre. Pero no hubo mayores problemas en el sonido, cada uno pudo ver a sus músicos elegidos de la mejor forma. Otro punto era saber si el público se iba a acostumbrar a la puntualidad a rajatabla que hay y tampoco hubo quejas al respecto. El festival es itinerante en este otro sentido, las personas van recorriendo el predio armando su propio itinerario para ver y escuchar lo que quieren.

Por último el acierto principal, el line up. La grilla ecléctica nos dio la posibilidad de ver clásicos del rock alternativo como Pixies, Red Hot Chilli Peppers, NIN y Soundgarden junto a nuevas (y no tanto) apariciones de la escena pop y electrónica la gran mayoría llegando en un muy buen momento artístico y con discos de reciente aparición. Ahí el público coreo a pleno el hit Safe and Sound de los Capital Cities (que se despacharon también con versiones de Staying Alive y Holiday) mientras que se dividió para elegir entre Imagine Dragons y Lorde. Vampire Weekend y Phoenix también tuvieron presentaciones a la altura que confirman su buen momento. De antemano se sabía que teníamos que optar entre bandas, quizás lo más difícil fue entre New Order y NIN pero así estaba dispuesto y no fue un atenuante para ser un gran festival. Dentro de lo logístico los insultos se los llevaron los puestos de merchandising cuando se agotaron las remeras de las bandas. El primer día no se vendieron, el segundo ya alrededor de las cinco no se encontraba nada de Red Hot, Soundgarden o Pixies y la gente se siguió amontonando un par de horas más sin poder llevarse lo que buscaba.

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Lollapalooza agradece y promete

 

En cuanto a los recitales hubo puntos altos en Arcade Fire, Pixies, y también en los locales Illya Kuryaki. El primer día nos reencontró con Juana Molina, más tarde Cage the Elephant fue pura adrenalina, así como su primera vez en 2012 previo a Foo Fighters, el cantante Matt Schultz con una contextura física similar a Angus Young, se tiro varias veces para el mosh y llamo a vivir una experiencia verdadera ante cierta falsedad de la música pop justo después de los Capital Cities. Julian Casablancas dio el show de la discordia, muchos se quejaron del sonido aunque a decir verdad la manera en la que se escuchó es como el frontman de los Strokes suena realmente, bastante alejado de su banda y pudo compensar cuando hacía el final toco Reptilia. Lorde, ganadora de dos Grammys con su disco debut “Pure Heroin”, tuvo una buena presentación incluso poniéndose melancólica al contar la anécdota de una canción.

Trent Reznor y banda brindaron un recital excelente, los músicos que lo acompañan son todo terreno y generan climas muy intensos con una buena puesta visual y de luces. Aunque mezclo Closer al final de All time low sin tocar uno de los clásicos entero. Y el cierre fue todo de Arcade Fire, la banda logra superarse a si misma y puede darle la misma potencia a temas del primer disco como Power Out con los matices sonoros que tiene “Reflektor”, su último trabajo. La formación ampliada con dos percusionistas y la vuelta de Owen Pallett en violin y teclados (parte importante en los inicios de la banda) puede tomar cualquier forma y siempre con gran soltura haciendote bailar o emocionar por igual. En un momento el cantante Win Butler pregunta “les gusta el rock” y cuando la gente empezaba a decir que si, él mismo se contesta “porque nose si a mi gusta”.

Paso de comedia, entran primero los falsos Arcade Fire y después empiezan los verdaderos. Uno de las presentaciones más celebradas

El segundo día nos sorprendió en plena siesta escuchando Mariposa Tecnicolor de la mano del italiano Jovanotti. Más tarde Johnny Marr repaso clásicos de los Smiths ante fans emocionados. El responsable del Harlem Shake, el Dj Baauer fue uno de los más vistos en el Perry’s Stage. Pixies calentó el anochecer con un recital muy potente sumando varias de las canciones nueves entre los clásicos. Soundgarden nos hizo vivir lo que hacía años, décadas como dijo Chris Cornell, esperamos (la curiosidad es que Matt Chamberlain primer batero de Pearl Jam reemplazo a Matt Cameron por estar de gira justamente con Vedder y compañía). El debe estuvo en el cierre  con los Red Hot Chilli Peppers. Son la banda más convocante por si solos y no redondearon un buen recital. En lo personal el guitarrista Josh Klinghoffer no termina de convencer (homenajeo en Johnny Marr que había tocado más temprano con una intro de The Headmaster Ritual antes de Under the Bridge), Flea le pifió al introducir Me & my friends (de 1987) antes de lo previsto en el setlist y se excuso diciendo que le hacían falta sus lentes para leer. Y el bis fue solo para Give it away en un recital de 17 temas y mucha improvisación donde demuestran la calidad de músicos que son.

Quedan varias cosas afuera, si alguien lee y quiere comentar su itinerario e impresiones puede hacerlo. El Lollapalooza pasó por Buenos Aires y así como lo fue en la previa sigue siendo una buena noticia una vez terminado