Gabriel por los aires, estallando sobre el escenario y un mensaje conmovedor de Fernando en Instagram. Así, la cuenta oficial de Catupecu Machu retomó su actividad para comunicar una noticia que venía siendo masticada, con tristeza, desde hace tiempo por miles de seguidores alrededor del país y del mundo.

«Amores, hoy se fue Gabi, se fue tranquilo, en paz. Gabi el amigo, el hermano, el bajista, el científico, el músico, el hijo… un ser amoroso, generoso, bueno, brillante, y sobre todo un guerrero«, escribió el actual cantante de Vanthra y hermano del bajista que se vio obligado a abandonar la actividad después de una fatídica noche de marzo del 2006.

Aquel 31 de marzo, Gabriel volvía de The Roxy junto a César Andino cuando perdió el control del auto, se subió a la vereda, golpeó un cartel y terminó estrellado contra un árbol. Los pronósticos auguraban lo peor, pero tras pasar seis meses en coma, Ruiz Díaz emprendió un lentísimo camino a una recuperación que avanzó muy poco. Apenas si supimos algo de él cuando la banda dejo escabullir algún dato allá por el año 2014.

Antes de todo, Gabriel Ruiz Díaz se había convertido en un protagonista central en la escena del rock argentino de comienzos del nuevo siglo. Tras batallar en el under durante la segunda parte de los noventa, la banda que habían fundado con su hermano Fernando y Abril Sosa había crecido y se había convertido en una de las más importantes del país.

Lo más importante de ese crecimiento, no era la suma de seguidores, ni los beneficios del maistream, ni los amigos del campeón. Lo importante era la forma en la que Catupecu lo había conseguido y el rol que Gabriel había ocupado en ese proceso.

Nacida en 1994 en el barrio porteño de Villa Luro, la propuesta fue deforme desde un comienzo. Inclasificable entre los subgéneros rockeros de las bateas, esa idea de hard rock mixturado con tintes sonoros experimentales irrumpió con fuerza a partir de su primer disco (Dale! de 1997) y multiplicó su reconocimiento en la escena local tras su trabajo Cuentos decapitados (2000) cuando llegaron los primeros éxitos a nivel masivo.

Con Gabriel a cargo de la producción, y ya sin Abril Sosa en la batería, Catupecu Machu debía solidificar su imagen en su disco del 2002. Para entonces, ya había grabado para un sello multinacional y eran los protagonistas del resurgir festivalero que experimentaba el país por esas horas. Parte de ese protagonismo creciente se explicaba por el carisma de Fernando y los estallidos mágicos de Gabriel sobre el escenario. Poseedor de una fuerza extraordinaria a la hora de tocar, el bajista era de esos tipos que se adueñan de toda la escena a la hora de actuar. Corría, saltaba, se tiraba al público, se subía a las torres de sonido. Así era. No había límites.

Con Javier Herrlein en la batería, grabaron el que quizás haya sido el mejor disco de la banda. Cuadros dentro de cuadros se corría de la potencia para concentrarse en las canciones. La base prescindía de los bajos y el productor, que era el bajista, puso el ojo sobre un sonido que desorientó al comienzo pero terminó imponiéndose con el paso de los meses. De hecho, el público terminó convirtiendo a Catupecu Machu en una de las bandas más convocantes del continente.

El próximo cambio de piel fue el de la consagración definitiva. Gabriel se había convertido en un hombre muy respetado en la escena nacional y empezó a coquetar con los samplers, las programaciones y con elementos que nunca había formado parte del universo de la banda y los conjugó de modo perfecto con todo lo que sus compañeros podían ofrecerle para pensar la nueva cara de los Catupecu. Invitó a algunos pesos pesados a grabar (Zeta Bossio, Zorrito Von Quintiero, Leo de Cecco) y se despachó con un material que no hizo otra cosa que catapultarlo como uno de los productores más importantes del rock local.

En medio de su mejor momento, se dio el palo con el auto. A partir de ahí, la carrera musical se terminó, la vida se mantuvo a partir del amor de quienes lo rodearon (entre quienes su hermano Fernando ocupa un lugar destacado) y la luz se fue apagando lentamente. Le bastaron poco más de diez años para explotar su potencial de un modo extraordinario. Murió el Día del Músico.