Matias Merelli and the Titu Cusi Experience es una agrupación creada por el músico, productor y actor argentino Matias Merelli, que acaba de lanzar su disco homónimo.

Mediante este trabajo, la agrupación nos propone un viaje por diferentes sonoridades como puede ser la música barroca, balcánica, el tango o el hip hop. Con letras surrealistas que vuelan por paisajes sonoros conectadas a la calle, el tango se hace presente pero donde por momentos manda el hip hop.

Otra Canción: Para los que no te conocen, además de músico también sos diseñador y actor. ¿Crees que hay algún punto de encuentro de estas tres facetas en tu música?
Matías Merelli: Un diseñador, un actor y un músico entran a un bar, el diseñador elije una mesa con cuatro patas firmes y las líneas estéticas adecuadas para la acción. El actor se sube a la mesa, bate las palmas! Pac! Pac! y toma la palabra. El músico hace redoble de tambores sobre la cuadrúpeda de madera y comienza la función!.

Sí, definitivamente, en mí, todas las ramas del arte se retroalimentan, soy un buscador de herramientas, y eso me pasa con el arte y sus plataformas.
En muchas de las canciones hago un esfuerzo por agregar materialidad a la música; si bien en su característica etérea esto no es posible, me es inevitable buscar la forma de que ese sonido pueda ser tocado. De vez en cuando se convierten en instalaciones sonoras.

«…cuando el primer eclipse de esta era apagó los cielos azules, por una hora se pudieron ver las estrellas, las constelaciones, galaxias y nebulosas, de una forma nunca antes vista…

Hay Un mapa en el cielo, una piedra en el agua y un relámpago que rajó la tierra.

Así nació la nave de los siete mundos,” La Titu Cusi”.

En las montañas de aquel planeta, en sus cuevas profundas Merelli se prepara para salir en busca de sus tripulantes».

(Texto escrito para la búsqueda de perfiles de la portada del álbum)

O.C: Supongo que el nombre Titu Cusi experience viene de un monarca no muy conocido de la historia Inca. ¿Por qué llamaste así al proyecto?M.M: El nombre responde a, o intenta proyectar, algo que ocurre en el mundo sonoro de la banda, que es la multiplicidad de capas y varietales de género. Las zonas por explorar, “la experiencia de la Titu Cusi”, esta nave que lleva el nombre de un personaje secundario de la historia, un hermano perdido del gran Túpac Amaru, tal vez un truhán, alguien que no peleó por su pueblo ni dio grandes batallas, un simple, un bolo, un secundario. Que mi nave lleve su nombre me recuerda quiénes somos y hacia dónde vamos, el under, el por debajo, el conurbano, las oportunidades, las suertes y el transitar la vida desde la perspectiva del barrio y los sueños.

O.C: A lo largo del disco encuentro muchas sonoridades que van desde rock, al tango y al hip hop, hasta música balcánica o barroca. Se nota que hay una búsqueda sonora interesante hasta en el uso de instrumentos no tan tradicionales, como el Theremin, udu, tuba margarita, entre otros. ¿Sos un estudioso de la música o más bien estamos ante un curioso?
M.M: Antes de colocar el piso de madera de mi casa, escribí en la carpeta de cemento una frase que ya no se ve pero existe. Y dice…»Valiente no es el que no tiene miedo, valiente es el que se enfrenta al miedo y lo supera«. Soy curioso, hiperactivo y dedicado, e intento ser valiente. El arte surge de la nada, como la magia, aventurarse hacia lo desconocido y fallar, buscar, frustrarse, seguir, “mancharse la nariz!” como decía una profesora de dibujo y composición en la secundaria. Ser valiente en la búsqueda de lo sensible y arriesgarse. Este disco tiene mucho de eso, no tiene reglas ni normas. Una vez caí al estudio con dos valijas llenas de chirimbolos, cacharros, utensilios de cocina y todo tipo de cotidiáfonos, pusimos cuatro mics y grabamos sonidos durante cuatro horas. En cuanto a los arreglos y el despliegue instrumental, si tuviese que desnudar a la mayoría de las canciones de este disco, quedaría un trío que conforma la estructura de base: cello, guitarra y flauta traversa, columna vertebral de la Titu Cusi, mis hermanas de la música Paula y Áine.

O.C: El arte de tapa tiene algo muy conceptual. Hay vestuario de distintas épocas y lugares, ideal para un disco de los que algunos llaman world music. ¿Quién estuvo a cargo del arte?
M.M: Cuando pensé en la tapa del disco, le comenté a Cleo Bouza, fotógrafa del álbum,  que empecé por escribir un relato sobre cada uno de los personajes. Armé libretos y perfiles, y se los repartí a la banda. Construimos los vestuarios revolviendo los cajones y placares de toda la familia, basándonos en aquello, junto a Paloma Guerra, encargada del maquillaje y Rocío Vilalta del vestuario y le dimos vida a la tripulación. Trabajé junto a Damo Arias el collage y el fotomontaje y la idea se convirtió en realidad. Fue una terapia psicológica y fotográfica de montaje cognitivo que definitivamente dio por cerrado el concepto del disco.

O.C: A algunas letras les encontré una conexión con el tango, con la calle, lo urbano… ¿En qué momento nacieron? ¿En qué te fijas a la hora de componer?
M.M: Siempre me gustó escribir, cuando era muy chico mi papá nos llevaba a mí y a mi hermana mayor a los bares y nos hacía escribir cuentos, y jugábamos mucho con el quehacer literario. El lenguaje es la estructura del pensamiento, lo que significa que es medianamente importante ampliar el vocabulario para expresar lo mejor posible las ideas y principalmente, en la música, encontrar las palabras con el sonido correcto. Cuando escribo para la música, como quien baila,  trato de seguir el ritmo e intento hacerme lugar entre sus arbustos con intención de camuflaje. La palabra escrita y la palabra cantada son dos cosas bien distintas. La musicalidad en la palabra toca la fibra emocional y de sensaciones, toma por sorpresa al escuchante más allá de su significado y lo obliga a sentir. ..La música y la letra bailan juntas, y de este equilibro depende el resultado. Cuando compongo busco la sensación, y busco sorprenderme a mí mismo, hurgo en mis pensamientos, me esfuerzo, a veces pesco con lanza, otras me tiro encima del pescado por falta de herramientas, cada tanto agarro la caña y si encuentro paciencia espero un gran pez, a la inspiración hay que buscarla.

O.C: También compusiste Allá soy viento para un cortometraje dirigido por la bailarina Miur Nagur. Tiene algo medio de los setenta y ochenta. Hasta por momentos me lleva a algunos videos juegos. ¿Cómo nace está canción?
M.M: Allá soy viento, un cortometraje de carácter nostálgico y fantástico que mezcla la danza butoh y el tai chi en un entorno de mar, bosques y montañas. Una de las características de “maquillaje” que tenía que tener el soundtrack correspondía a la estética musical de los años 80´s y 70´s. El uso y abuso de teclados sintetizadores y reverbs, la creación de melodías inspiradas en los videojuegos de esa época con estribillos de carácter épico y por momentos casi orquestales, pero plastificados. El exceso de capas armónicas en las melodías y los colchones sonoros típicos de aquellas décadas, utilizados por artistas embriagados en el enamoramiento por la conquista de lo digital y de estos instrumentos generadores de atmósferas fuera de este mundo. Si bien esto era una regla estética para esta obra, no pude evitar agregarle a la genética de base, sonidos mecánicos y el uso de cotidiáfonos, guitarras, voces y texturas sonoras orgánicas, que de manera sutil logran coexistir con su opuesto sintético, otorgándole el detalle interesante a esa mixtura.

O.C: ¿Cómo llevás la pandemia, pensando que falta mucho para volver a los viejos formatos de recitales con público? ¿Vienen canciones nuevas o show por streaming?
M.M: La Titu Cusi sigue su viaje, esta vez, a la distancia sin ensayos y sin encuentros, pero con un objetivo claro que es el de seguir compartiendo y agitando su álbum debut, disponible en todas las plataformas virtuales.
La modalidad vía streaming, si bien puede ser más efectiva para el formato solista por el contexto de aislamiento general, aun cumpliendo los protocolos de salud, existe un riesgo significativo de contagio para las bandas de gran formato como es La Titu Cusi. De todas maneras no lo descarto como forma de expresión. Por otro lado creo que esta forma de “transmisión” no se compara en absoluto con un concierto en vivo.
La energía que irradian los cuerpos, compartir el nitrógeno, el oxígeno y el vapor de agua, las miradas colisionando en los límites del escenario y el sonido que hace vibrar tus moléculas, generan un impacto psicológico y sensorial único, que corresponde a una experiencia colectiva y no tan individual como sí lo es la virtual. Por ahora la actividad compositiva es puertas adentro, en el laboratorio, seguimos craneando música para un próximo disco. Mientras tanto, a distancia creamos audiovisuales colaborativos con pantalla partida, cada quien desde su hogar y con los recursos que tenemos a la mano, algunos desde su home estudio y otros directamente desde su dispositivo móvil. El plan post pandemia es sobrevivir al virus, presentar el disco en vivo y salir a tocarlo por los rincones del mundo. Seguir creando espacios para el desarrollo de nuestro arte y continuar explorando nuevas formas de sensibilizar a través de la música.