Cesar Pucheta, periodista cordobés editó «Post-Crucifixión» (2019, Hiedra editora y Servicio Postal), un ensayo sobre lo que el llama «la última resurrección del rock argentino». Claro que habría que preguntarse primero qué es el rock argentino o si, como dicen algunos, ese rock ha muerto. Pucheta no lo niega, más bien lo acepta y lo resucita.

El periodista que nació en Bel Ville, se crió en Monte Maíz y está radicado en Córdoba desde hace casi 20 años intenta dar cuenta de cómo el rock fue asumiendo nuevas formas y lo hace describiendo una escena que cada vez se vuelve más federal, donde Buenos Aires empieza a compartir el centro de la escena con provincias como Córdoba o Mendoza. Encuentra una muestra de ello son los festivales GRL PWR, Buena Vibra, La Nueva Generación y Santiago Indie, donde conviven músicos de diferentes provincias y estilos. Un punto no menor de está generación de artistas es el lugar que están ocupando las mujeres, algo que también se aborda en el libro con especial atención.

Los momentos antes descriptos son algunos de los hitos que el periodista cordobés, uno de los hacedores de otracancion.com.ar, toma a lo largo de las 257 paginas que componen su trabajo para argumentar que el rock no está muerto sino que resucitó para intentar hacer la escena más federal, inclusiva y, como él dice, multirítmica.

Otra Canción: Al principio del libro te preguntas por qué seguir insistiendo con la idea de rock. Para eso hay que preguntarse, primero ¿Qué es el rock?  Más si tenemos en cuenta que actualmente, los artistas conviven dentro de  un mismo movimiento en que están presentes el pop, el rock y otros estilos…
Cesar Pucheta: Yo partí de dos premisas para responder a esa pregunta que subyace a toda discusión que tenga a la idea de “el rock” en su centro. Por un lado, el rock es un estilo musical determinado, que se inscribe dentro de una corriente estética específica y tiene un conjunto de elementos medianamente reconocibles en todo el mundo. Por otro lado, está el viejo relato que entiende al rock como “un movimiento” y que a mi entender es el que siempre ha prevalecido en la Argentina. Eso que entendemos como rock argentino es mucho más que una determinada forma que asume una obra musical. Y los géneros puros que conviven en él son muchos más que los que enumerás en la pregunta.

O.C: El libro muestra una escena federal con una fuerte presencia de Córdoba y Mendoza.  Parece haberse roto de alguna manera esa idea que para triunfar hay que irse a Buenos Aires, o por lo menos en parte. ¿Vos que pensas?
O.C: Pienso que el libro describe un fenómeno identificable pero a la vez una gran expresión de deseo. Es cierto que Córdoba, Mendoza y otras tantas provincias fueron cuna de artistas que rompieron con la hegemonía porteña y bonaerense a la hora de generar artistas que trascendieron las barreras geográficas y alcanzaron un reconocimiento medianamente masivo. Pero también es cierto que el poder se sigue concentrando en el mismo lugar. A mí me gustaría que el federalismo se exprese mucho más de lo que hoy se expresa. Los festivales son un ejemplo interesante porque sí han podido extender sus fronteras. Ahora bien, si hay festivales en todo el país, por qué no hay por lo menos un 50% de artistas locales tocando en cada uno de esos festivales. No lo estoy cuestionando, porque en cierto modo comprendo la forma en que esos espacios funcionan, sólo estoy señalando que ahí tenés una buena forma de percibir la forma en que se concentran las referencias.

O.C: Hay una parte del libro que te centras en el hecho del baile, en donde destacás las figuras históricas de Federico Morua o Miguel Abuelo. Si bien hubo continuidades, hoy parece que hay una generación que acepta más esa necesidad y lo expresa en sus obras y puestas en vivo… ¿Por qué crees que pasa?
C.P: No lo sé. Pero me parece un acto de justicia, hasta “histórica” te diría. Volviendo a la primera pregunta, si algo ha tenido el rock como característico es su relación con la provocación y la expresión desde lo corporal. Es inaudito imaginar una separación entre la expresión corporal y el espíritu rebelde y libertario que siempre dijo defender el rock. Sin embargo, eso pasó en la Argentina. Ojo, lo entiendo. Vivimos en un país extremadamente represivo y moralista. Eso, en un estilo que creció y desarrollo sus primeras dos décadas de existencia bajo violentos regímenes dictatoriales, se exacerbó. Hasta que llegaron los ochenta. También hay una corriente mundial de la “historia oficial del rock” que sirve para comprender esos comportamientos, es cierto, pero no me parece una explicación suficiente. El desprecio que hubo para con la expresión del cuerpo en el rock argentino de los primeros años es altamente llamativo. De todos modos, creo también que ahí juegan algunas conquistas históricas que llegan al rock pero que nacen desde el feminismo. La liberación de los cuerpos como manifestación política aparece en el rock como una característica cultural de un momento histórico trascendental. No sólo que lo que vemos sobre los escenarios no se observaba en los 60 y los 70, sino que con sus honrosas excepciones tampoco existía entre el común de los artistas en los 80, los 90 y, me animaría a decirte, los primeros 2000.

O.C: ¿Cuánto crees que tiene que ver está transformación  del rock con las plataformas digitales como Spotify o Youtube?
C.P: Las plataformas han modificado nuestras formas de ver el mundo y las posibilidades de conocerlo. Podríamos hablar mil días pero me parece que lo más importante es la posibilidad de que la música circule. Mientras más podemos escuchar, más conocemos. A la vez, al artista ya no le cuesta tanto poder mostrar su obra. Antes, además de poder grabar un disco, con los costos que eso implicaba, después dependías de que alguien pudiese comprarlo, de que el disquero lo tenga en la batea, que la distribuidora no te los duerma en una caja. Eso ya no existe. Todo está al alcance del mundo. También hay mucha porquería, eso nos obliga a afinar el oído. Es un lindo desafío.  

O.C: El libro le dedica un espacio importante a destacar el rol de la mujer y el feminismo. ¿Podríamos decir que son las protagonistas de la revolución que acompaña a este movimiento artístico?
C.P: Si el feminismo no es una revolución es lo más parecido a eso que vamos a vivir como generación. Entrar en esa discusión me parece que no tiene mucho sentido y que debería poner sobre la mesa una historia construida a lo largo de décadas y décadas de luchas colectivas. El libro le dedica un espacio importante a las mujeres y al feminismo porque ocupan un lugar importante en la historia y en el presente del rock hecho en nuestro país. De hecho, no descubre nada en ese aspecto, el recorrido histórico que se hace puede ser reconocido por cualquier escucha medianamente atenta. Es más, te diría que el libro se queda corto, tendría que haber dado cuenta de la existencia de como treinta artistas mujeres más. Pero el punto no es ese. Entre las discusiones que buscamos disparar con el libro está esa que advierte la forma en que los tipos integrantes de un “movimiento” que siempre se paró desde la rebeldía y el antisistema se  dedicó a reproducir prácticas que sometieron, invisibilizaron, abusaron y violentaron a las mujeres a lo largo de décadas. Lo peor de todo es que, en menor medida, esas cosas todavía existen.

O.C: Haces hincapié también en los grandes festivales como Loollapalooza, el Buena Vibra, La Nueva Generación y GRL PWR. Al mirar las grillas parecen haberse terminado los festivales de un genero, como el Cosquín Rock, en el que ahora también conviven Marilina Bertoldi (más cercana al rock), Sara Hebe (más cercana al hip hop), Duki (al trap) y Bandalos Chinos (al pop). ¿Estamos ante una generación que ya no piensa en géneros musicales?
C.P: Sin duda, pero me parece que lo más importante es el fin del prejuicio. La mixtura de géneros siempre existió en mayor o menor medida. Pero creo que, incluso dentro del rock, esta generación se liberó de las ataduras que te señalaban que estaba «bien» escuchar algunas cosas y estaba «mal» escuchar otras. Eso ya fue. Por suerte.

O.C: Hay un hecho que marcas como determinante: el Gardel de Marilina Bertoldi que recordemos es la segunda mujer el Gardel de Oro. ¿De qué forma marcó esto al movimiento?
C.P: Es el reconocimiento de la industria a un conjunto de artistas que la venían peleando de una manera distinta y con una propuesta diferente a la que se imponen desde las altas esferas de la estructura del mercado de la música. Es muy importante. Fueron muchos los artistas emergentes que le ganaron a “los consagrados” esa noche y, a partir de ese momento, empezaron a discutirles esas referencias de igual a igual. Algunos lo entendieron y otros se quedaron renegando en pos de mantener viejos privilegios. Fue la primera ceremonia fuera de Buenos Aires, por otro lado. Y, puedo ser polémico, si bien Mercedes Sosa recibió un Gardel de Oro, aquello fue casi un premio a la trayectoria. ¿Qué había grabado? ¿La misa criolla con Ariel Ramirez? Nadie discute a Mercedes Sosa, de hecho creo que también ganó un Grammy por ese disco, pero coincidirás conmigo en que no es lo mismo premiar a alguien por esa obra puntual, que data del año 1964, que por un disco como el de Marilina. Con canciones originales e inéditas, que ella misma produjo. Hay una diferencia. Y en esa diferencia, radica la importancia del premio. Se dejó de premiar al pasado para empezar a premiar al futuro, entendido desde unas perspectiva integral y abarcativa. La misma Marilina lo dijo: es la primera vez que la industria le da un premio de semejante importancia a una lesbiana. La industria parece haber cambiado su mirada, realmente eso es más importante de lo que a veces creemos.

O.C: Hay algo que me llamó mucho la atención. Muchos dicen que el rock perdió un poco la idea contestataria pero leyendo el libro hay testimonios que tienen mucho de ese espíritu rockero que se reclama desde esas miradas. La pregunta es, entonces por qué muchos siguen sosteniendo que se perdió ese perfil contestario o que se acerca la muerte del rock argentino.
C.P: Bueno, creo que para contestar lo de “la muerte” hay que leer el libro. Lo otro es sencillamente mentira. Que alguien venga y me diga qué es un discurso contestatario y qué no. A veces pienso que se simula prestarle demasiada atención a las líricas y no se analiza el resto de las cosas que conformas una obra. Y digo que “se simula” porque la quieren fácil. Fijate que a los “contestarios” no suele gustarle Spinetta, no suele convencerlos Cerati, dejaron de escuchar a Charly en 1990 y así… Parece que para estar en contra del sistema tengo que decir “váyanse todos a la concha de su madre” y no es así. De hecho, eso es funcional y está adentro mismo del sistema. Federico Moura fue más contestatario que lo que logrará serlo el Pato Fontanet a lo largo de toda su historia. Tengo ejemplos más polémicos, pero me los voy a guardar. Pero también hay un factor generacional y un lenguaje que se impone. Si Wos cantara con una guitarra y una armónica, el poder de su mensaje no sería el mismo. Las formas del decir me parecen fundamentales.

O.C: En tiempos de pandemia donde en parte parece haberse parado todo o haber mutado a los recitales en streaming. ¿Cómo crees que vendrá el futuro?
C.P: La verdad es que no lo sé. Yo espero que esto pase y que podamos volver a encontrarnos en los conciertos en vivo y la música mantenga esos espacios de referencia física que son tan importantes para mantener vivas las cosas. Entiendo que va a haber un antes y un después y comprendo que el streaming puede imponerse en algunos contextos, pero ahí yo me quedó con la tradicional. Y creo que la mayoría de los músicos también. Realmente espero que la pandemia no haya venido a cortar un crecimiento artístico que en nuestro país era alucinante. Escucho los discos que van saliendo ahora y entiendo que no. Eso me pone contento, la verdad.