Se nos ve de negro vestidos y Parricidas están escritos por por siete académicos que forman parte del Grupo de investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (GIIHMA). Se trata de libros que ponen en discusión la cultura metálica a través de la producción intelectual.

El primero, Se nos ve de negro vestidos, busca poner en debate dentro de la cultura metalera temas como la identidad y la resistencia, la violencia de genero, la pasión y la ética, entre otros temas.

El segundo, Parricidas, pone en discusión la importancia de matar al padre del heavy metal Ricardo Iorio. Esa acción simbólica serviría para que termine de germinar lo nuevo en la cultura del heavy argento.

Está claro que el parricidio surgirá de un arsenal de música y líricas integradas por bandas como Los Antiguos, Kelenkén, Werken, Neyén mapu y el gran vencedor para muchos: Carajo; una banda actualmente separada pero que al momento en el que se escribió el libro era para muchos el grupo insignia del heavy metal en nuestro país.

Hablamos con Emiliano Scaricaciottoli uno de los integrantes del Grupo de Investigación interdisciplinaria del heavy metal

Otra Canción: ¿Cómo nace y que es el GIIHMA?.
Emiliano Scaricaciottoli: El grupo comienza a operar en 2013 luego de la primera Feria del Libro Heavy de Boedo, organizada por Gito Minore y María Inés Martínez. Básicamente, nuestra idea era intervenir política y culturalmente en el metal argentino, que es lo que nos apasiona. El grupo pasó de ser un proyecto de escrituras colectivas a tener un área de docencia muy marcada. Y, desde ya, a pensarnos dentro del movimiento metalero con una propuesta sumamente activa y corrosiva para el rancio  predicador de la yuta, en lo que se convirtió Ricardo Iorio, y ese sector fundacional del metal nacional.

O.C: ¿Existe un heavy metal argentino? ¿Podemos hablar de un heavy metal que nace en respuesta a la acción pacifista de los hippies  a la violencia?
E.S:
Sí, el metal es una subcultura, ergo, una expresión de la clase trabajadora argentina. Y en consecuencia, respondió históricamente con una ética de la violencia. No pasó impunemente por la dictadura militar ni por la razzia de la democracia burguesa. El metal argentino tiene muchas particularidades, una de ellas, la más marcada es que existió una corriente “nacional” muy fuerte. Nosotros la celebramos cuando operaba a favor de los derechos de la clase trabajadora argentina. Cuando se corrió, regulando, al lado de la yuta, chau…

O.C: El libro plantea que el heavy en los 90 interpeló como casi ningún otro género a la clase trabajadora tanto directa como indirectamente. ¿Cómo se da eso?
E.S:
En sus letras, en sus circuitos de circulación, en sus modos de producción. El metal tiene una tensión referencial muy fuerte con una clase que no es poseedora de los medios de producción. Al menos, el metal que al GIIHMA le parece gravitante para entender el diálogo entre su avance dialéctico como movimiento cultural y la historia argentina contemporánea.

O.C: Hay una anécdota de José Larralde que dice que cuando iba algún recital se le acercaban muchachos con remeras negras y él decía «ahí viene la religión». Hay otros ejemplos que se insertan en esas concepciones como la idea de «la misa india» en referencia al Indio Solari. Eso se da casi exclusivamente en el mundo del rock ¿Por qué pasa?
E.S: Sí, pero la idea de la “misa” ricotera nada tiene que ver con el habitus, con el ritual dentro de las esfera del metal nacional. Lamentablemente, la exposición “amable” de Iorio hacia sectores rockeros que se reagruparon en el período de festivales (de sponsors y bebidas espirituosas) llevó a pensar el metal argentino muy agenciado con el rock. Ojo, el rock como el metal regulan o desregulan de acuerdo al momento histórico y las producciones que se viven. Ese diálogo es indispensable para pensar que la “religión”, como toda secta, puede estar equivocada y hay que cortarla de cuajo. Las religiones siempre fueron el opio de los pueblos. Si nos convertimos en eso, péguenme tres tiros en la frente.

O.C: El libro toma a Iorio como uno de los principales actores de ese surgimiento identitario del heavy metal donde el ser nacional está muy arraigado. Me pregunto cuánto ayuda o no la exacerbación del nacionalismo de Iorio, pensando que muchas veces se lo tildó de fascista. ¿Vos qué pensas?
E.S: Ya hemos publicado e intervenido públicamente sobre este tema. Hay mucha bibliografía y comunicados del GIIHMA fácilmente ubicables en la red. Ahora, ¿podemos dejar un segundo de hablar de Iorio? Te planteo ponerle un freno a los padres y tener cierta autonomía. Estamos haciendo otro camino. Iorio es el pasado. Un pasado necesario e inigualable, pero que no agota la experiencia del metal argentino. La píldora del Iorio “facho” me tiene podrido. Yo le diría a Iorio, en su presente, que se busque un empleo honesto.

O.C: A lo largo del libro se puede ver un pensamiento político y hasta diría filosófico que une a la escena heavy metal. ¿A grandes rasgos cuales sería esos pensamientos?
E.S: Clasismo, violencia, anti-imperialismo, grandes referencias (grandes relatos), una identidad muy marcada hacia el no transar con las  modas de turno. Y la posibilidad de morir a tiempo. No rendirse, pero tampoco terminar lamiéndole las botas al Estado. Una ética. Eso es el metal.

O.C: El indigenismo tiene una fuerte presencia en bandas como Tren loco, Malón, A.N.i.M.A.L. Algo que en el rock no es muy común excepto algunos casos, en su mayoría son grupos que mixturan rock con folklore u otros estilos. ¿De dónde surge esa  necesidad en el heavy?
E.S: Manuel Bernal y Juan Ignacio Pisano, integrantes del GIIHMA, han radiografiado esta necesidad de volver a lugares vedados o bastardeados por los medios masivos de comunicación y este estadío de la postmodernidad. La búsqueda de fuentes originarias es una tarea importante para pensar quiénes somos. Eso es nacionalismo. Ahí la militamos fuerte. Y el metal es un género popular y culto. Carga con esa doble valencia. No es extraño que se encuentre en el folklore  o en las enunciaciones de nuestros pueblos ancestrales.

O.C: Hablemos un poco de Parricidas. Pensaba en cuán necesario es “matar” o despegarse de viejos referentes del heavy que en algunos actos no han ayudado mucho a la escena. Tengo que volver a Iorio.
E.S: Es un acto simbólico. Nos cansamos de explicarlo. Morir a tiempo te decía antes. Bueno, Parricidas  nace de la necesidad de observar que hay vida más allá del “metal nacional”. El metal avanza dialécticamente, asume sus contradicciones y replantea la necesidad de referencias. Ahí estamos, errando en búsqueda de nuevas voces para nuestras banderas. Es un debate dentro del partido, pensalo en ese sentido. La muerte es la única seguridad. Aunque a algunos/as les interese eternizarse. El olvido, bueno, ese es otro tema. Creo que caer en el olvido es la peor de las muertes. Ojalá las nuevas generaciones rescaten a ese Iorio que le cantaba a las Madres de Plaza de Mayo y no a la Gendarmería que asesinó a Maldonado.

O.C: Siempre se habló de la estrecha relación Biondini con Iorio y una candidatura que no fue. ¿Que uno de los padres del heavy haya estado cerca de Biondini afectó en algo  al género?
E.S: Hay una publicación que firmé para la revista Noticias y muchas otras en la cual nos expedimos. Está bien, Iorio puede participar de la democracia burguesa como lo hacemos nosotrxs. Ningún problema, sólo que sepa, que sepan (los que quedaron de ese lado), que en la calle ellos defienden las catedrales. Nosotrxs estamos del otro lado.

O.C: ¿Existe un heavy metal indígena o por lo menos Patagónico que se diferencie del resto? Pienso en grupos Kelenkén, Werken o Neyén Mapu o en la figura de Rubén Patagonia que si bien no es heavy siempre está presente en la escena rockera como folklórica.
E.S: Totalmente. Divididos quizás haya sido una de las bandas que más firmemente haya levantado esas banderas. Hasta Arbolito o el subnormal de León Gieco. Pensar que la reivindicación autóctona, aborigen, originaria es propia del metal es una estupidez. ¿Qué carajo le interesa ese reclamo a Rata Blanca, no? Que le canta a Greenpeace. Pero es como decís, las figuras de Rubén Patagonia o de Giménez Agüero han sido vitales. En ese sentido, siempre Iorio tuvo razón. Son discursos silenciados en nuestra Patria.

O.C: En el libro planteas que Los Natas y Los Antiguos de alguna forma son las continuadoras de la obra de Pappo, de quien sostienen es el eje fundamental de la versión stoner. ¿En qué puntos crees que son los continuadores?
E.S: Una pasión por el desierto, la metafísica y los animales. La animalidad. No hay banda más animal que Los Natas en el rock argentino. Entrar en ese dispositivo que plantea Chotsourian  es volver al Volumen III (1973) de Pappos Blues. Menospreciar el trabajo lírico de Pappo en los primero ocho volúmenes de Pappos Blues es no entender nada de rock argentino, de la propuesta de “tajo” que Pappo provoca sobre planos superestructurales. Claro, Larralde lo lleva más allá, hay otras lecturas que se mixturan con esa tradición: Lovecraft, PoePato Larralde es el último gran intelectual del metal argentino.

O.C: Para terminar, uno de los textos plantea a Carajo como el padre del heavy metal del siglo XXI. De alguna forma, «el gran vencedor de la escena». ¿Vos que opinión tenes? ¿Ahora qué Carajo se separó quien disputa ese lugar?
E.S: Diego Caballero sostiene esa tesis y nosotrxs también en términos de pensar el peso específico de Carajo en la escena. Ahora, no como “nuevos padres” o totemizaciones de la banda, sino como aquellos  que supieron incorporar (en su propuesta discursiva) a nuevos sectores adolescentes. Carajo fue, sin duda alguna, una banda que cerró esa grieta estúpida entre huellas de nü metal y metal nacional.


Foto: Leandro Sebastián de Francisco