Desde Otra canción nos hemos planteado recomendarte algunos libros de esos que nos gustan leer y qué mejor forma de hacerlo que a través de una charla con sus autores. Tal como lo hicimos en la primera entrega con «Días distintos, la fabulosa trilogia de fin de siglo de Andrés Calamaro» de walter Lezcano; hoy conversamos con Sergio Pujol sobre «El año de Artaud, rock y politica en 1973».

O.C: ¿Por qué decidiste escribir sobre Artaud, o más precisamente sobre 1973?
Sergio Pujol: En realidad, se trata de un libro de historia del año 73 en la Argentina, desde un enfoque  centrado en el rock argentino y su relación con la política. Si bien el disco no tuvo gran repercusión ese año -en realidad el rock no generaba un gran interés público, más allá de algún éxito de ventas como “Confesiones de invierno” de Sui Generis y algún otro -, fue sin duda la apuesta estética más osada en un género emergente que representaba cabalmente las ansias de cambio de la juventud.

O.C: Podemos decir que el 72 y el 73 fueron años de un salto exponencial del rock argentino, empiezan parecer varios grupos y a surgir sellos históricos como Trova, mientras que los sellos multinacionales como Micrófon o Music Hall empiezan a fichar grupos de rock. ¿Por qué crees que se da en esa fecha?
S.P: No es fácil encontrar una única respuesta. Creo que entre el 72 y el 73, el rock argentino ya tenía suficiente edad como escena cultural como para expresarse de modo más definido. Se había desprendido del resto de la música joven “complaciente”, contaba con una revista consolidada – Pelo-, se habían organizado tres festivales (uno incluso llevado al cine) y había empezado a despertar más interés en la industria cultural argentina. Pero quizá el factor clave haya sido el clima de politización y el protagonismo de los jóvenes en ese clima. Es verdad que rock y política iban por carriles diferentes, pero podría decirse que iban en la misma dirección.

O.C: Por esos años también explotan Mercedes, Cafrune y Horacio Guaraní…
S.P: Si, no caben dudas que la canción folclórica testimonial, enraizada con el Nuevo Cancionero de los años 60, estaba en un momento interesante y muy convocante. De hecho, es un tema que también abordo en el libro. Pero no era algo completamente novedoso, y menos aún planteaba un quiebre o renovación respecto a los años anteriores como sí sucedía con el rock.

O.C: ¿Qué significa Artaud en ese contexto? ¿Podríamos decir que vino a plantear otra mirada distinta?
S.P: La originalidad de Artaud está, en primer lugar, en la gran libertad que Spinetta, ya sin Pescado Rabioso, se toma para metabolizar sus lecturas y las músicas que le interesan y hacer con todo eso un disco raro y distinto a todo. Asimismo, es su primer disco solista en un sentido profundo: un viaje interior donde bullen los paisajes de sus lecturas y el entorno social y político de aquella argentina. Y no debemos minimizar la forma irregular de su tapa o las extensiones un tanto insólitas e imprevisibles de las canciones. Todo eso conformaba en sí mismo un pronunciamiento vanguardista frente a la industria cultural. Y, por ende, un pronunciamiento político en el sentido de buscar intervenir críticamente sobre la realidad.

O.C: Me atrevería a decir que el movimiento que contenía a Mercedes Sosa, Guarani, Tejada Gómez estaba más cerca de las ideas proveniente de la revolución cubana; mientras que el rock viene más del lugar de la contracultura, del hipismo y el movimiento beatnick. Más pensando que el rock, si bien era contracultural y contestatario, es una corriente tomada desde potencias mundiales. ¿Cuáles podríamos decir que son las principales diferencias de estos dos movimientos?
S.P: En realidad, en 1973 el rock argentino es bien “argentino” en el sentido de que ya tiene una cierta historia y un determinada mitología, por más que fuera nuevo o joven. Efectivamente, se reconoce en la contracultura norteamericana, y la movida rockera internacional es un insumo importante. Pero sus músicos componen, graban y tocan para la juventud argentina de 1973. No es un injerto extranjero ni una música que se mueva miméticamente.

O-C: ¿Cómo se adapta ese ideario hippie y contracultural al ideario argentino donde no era fácil ir contra el consumo y tampoco contra la política?.
S.P: Más que ir contra el consumo, el rock va contra la idea de que una música joven sólo tiene importancia comercial. El rock es un proyecto cultural. Una mirada sobre la sociedad y la cultura. Un modo de expresión. Luego, los músicos graban discos y esperan venderlos, pero no para cambiar de vida -no hay ahí un móvil aspiracional – sino para seguir haciendo discos y llegando a más público. En cuanto a su relación con la política, está claro que no fue en su contra, en absoluto.

O.C: El libro plantea un poco que el rock era un poco más utópico que el folklore en ese momento. Esa utopía que plantea un poco la famosa frase de Spinetta: «Mañana es mejor». ¿Qué fue lo que te llevo a estudiar más esa parte?
S.P: No fue un verso inocente. “Mañana es mejor” es una respuesta tácita al lamento tanguero de que lo mejor estuvo en el pasado; el sentimiento nostálgico es ajeno al rock, al menos en ese momento.

O.C: Podríamos decir también que es un año donde había una fuerte posición en general hacía la izquierda. Si no me equivoco el partido radical, que hoy está cerca de la derecha, en ese momento hablaba de Reforma Agraria, profundizar la reforma universitaria y ampliación de derechos de la mujer. ¿Por qué está sucediendo eso?
S.P: Porque existe en el conjunto de la sociedad, o al menos en un sector mayoritario – y básicamente joven -, un fuerte deseo de transformación, de ruptura con el establishment y el régimen represivo de la dictadura instalada en 1966. En ese contexto, ningún partido con aspiración de poder podía levantar banderas de derecha. La democracia de 1973 estaba influida por la idea de revolución.

O.C: En la presentación de Artaud, Spinetta  repartió un manifiesto con una fuerte carga política. Algo que no se daba desde el famoso manifiesto del movimiento de Mercedes, Tejada Gómez y que  años más tarde también lo haría Pablo Dacal. ¿Qué poder tuvieron estos manifiestos en la historia?
S.P: Son bastante diferente entre sí. El del Nuevo Cancionero modeló todo un movimiento autoral y compositivo. No diría lo mismo del de Spinetta, que fue más un documento de desahogo e ideología contracultural. Mientras el del folklore se propuso una renovación a partir de una base tradicional, el de Spinetta vino para reforzar algo que ya venía sucediendo de modo más bien espontáneo. Por otra parte, el manifiesto de Tejada Gómez y sus compañeros respondía a una formación política; sus participantes eran, en su mayoría, afiliados o simpatizantes del Partido Comunista.