“Charly García siempre da pasos hacia atrás en el rock. Nos gustaría que algún día nos odie, porque él representa todo lo que no quisiéramos ser”. Pasto acababa de ver la luz unos meses atrás, el NO! entrevistaba a Babasónicos y Adrián Dárgelos, su francotirador insignia, lanzaba una frase lapidaria. Era enero de 1993.

“¿Les gusta el nuevo Cosquín Rock?” dijo mirando al público al caer la madrugada del sábado. La provocación se le notó en la sonrisa. En el tablado sur habían actuado Los Espíritus, El Mató a un Policía Motorizado, Usted Señálemelo, Louta, y El Kuelge, entre otros. En el escenario ubicado un par de kilómetros en frente suyo, Skay Beilinson hacía rebotar a miles de fanáticos y rockeaba con Richard Coleman como copiloto ocasional. Una foto.

El año que viene Cosquín Rock cumplirá 20 años. Para entonces, la marca se habrá convertido en una bandera regional con ediciones y productos desparramados por medio continente americano. Será un buen momento para parar la pelota, imaginar una renovación real que tome todos los aciertos de esta última edición y empiece a dejar de lado los viejos vicios que ya no se sostienen. La tradición ya no puede ser excusa. Al fin de cuentas, o se la usa correctamente o acabará por fulminarnos.

Certeza número uno. Los públicos conviven, coexisten, se mezclan. No hace falta ya separarlos en ghettos para sostener el desconocimiento de los unos y los otros. Porque ahí estaba la raíz del problema. Ojo, eso no quiere decir que no exista la pica, la discusión, la disputa por la representación de un momento, por lograr imponer una forma de actuar y entender al mundo. Pero eso no es algo que deba observarse como algo negativo, más bien todo lo contrario.

Certeza número dos. El público de rock no es no conservador, ni autoritario, ni ortodoxo. Palazzo había deslizado esa idea en las entrevistas previas a la presente edición del festival para dar cuenta del riesgo que para él representaba abrir las puertas y los escenarios a artistas relacionados con el trap, con el hip hop, con el freestyle y con la música electrónica. La decisión marcó el diferencial del #CR19 y tiró por la borda los prejuicios antes señalados. ¿Estaban fundados? Claro que sí, pero en un tiempo que, por lo menos en algunos aspectos, debería asumirse como parte del pasado.

Certeza número tres. Ya no hay excusas para la ausencia de mujeres en todos los escenarios que forman parte del festival. No sólo porque hay un reclamo que se pone de manifiesto en todas las discusiones que abordan los tópicos musicales de nuestros días o porque hay un proyecto de ley que se va a aprobar más temprano que tarde, sino porque efectivamente hay que hacerse cargo del tiempo que como sociedad nos toca protagonizar. El derecho por estar encabezando algunos momentos centrales en el festival más importante del país no admite discusiones al respecto. Y, aunque sea de pésimo gusto hacerlo, creo válido señalar con nombres propios un puñado de ejemplos que vienen al caso. Al menos para quien estas líneas escribe, resulta difícil imaginar el “festival ideal” de la música argentina de esta hora sin Marilina Bertoldi, sin Los Rusos Hijos de Puta, sin Salvapantallas (Zoe subió como invitada de Louta), sin Fémina, sin Marina Fages, sin Barbi Recanati, sin Las Ligas Menores y así… Ya no hay tiempo que perder.

Certeza número cuatro. Lo muerto no está muerto hasta que alguien dice que está muerto y los demás se comportan como si efectivamente lo estuviese. Cosquín no deja de ser un evento organizado por capitales privados que, más allá de sus gustos, deben mantener viva la chispa espiritual garantizando un colchón monetario lo suficientemente contundente. Si las bandas más taquilleras siguen generando la fidelidad entre sus seguidores que, encima, crece en algunos casos, poca culpa tiene Palazzo y toda la organización del evento respecto a eso. O no la tienen toda. Es totalmente válida la inclusión de números que de tan clásicos, hasta suenen anquilosados. Estos no se enumeran, no sean morbosos.

Certeza número cinco. Hay que dejar de analizar el festival con ojos de experto pero afinar el ojo en algunas cuestiones básicas. Los festivales son eventos masivos a los que asisten muchísimas personas que probablemente no vuelvan a ser de la partida en un concierto hasta la próxima vez que pisen suelo festivalero. Un gran porcentaje entre quienes caminan las casi diez hectáreas del Aeródromo de Santa María de Punilla vienen del interior (profundo) y realizan enormes esfuerzos para estar en ese lugar. Para muchos, Cosquin Rock, representa esa estructura organizacional y de gastos que algunos otros llaman “vacaciones”. Por eso hay que ser respetuosos a la hora del análisis, intentar ser lo más abierto posible y no pensar en nuestras discusiones de vanguardia o de trinchera por sobre las demás posibilidades expresivas. El “siempre son los mismos” mío puede ser una oportunidad única para “ver a todos juntos” desde la experiencia del otro. Hay que abrir la cuca. Esa masividad también nos lleva a replantear temas de estructura que resultarán básicos de cara al futuro. El suministro de agua potable (se cortó promediando una tarde que superó térmicas caribeñas) y los costos que implica pasar un día entero dentro del predio del festival son dos variables a analizar. La segunda siempre generará controversias, la primera no resiste ningún debate.