Durante la primera semana de Octubre de 1986 apareció el segundo disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Lo presentaron ante poco más de mil personas unos días más tarde. Gonzalo Fiore pide pista y vuelve a sumarse a nuestras páginas para recordar uno de los trabajos más paradigmáticos de la historia de la música nacional. 

A los de mi generación, con los Redondos siempre pasó algo curioso. Por momentos fue la música de nuestros amigos, durante un breve momento fueron la banda con la cual nos identificamos. O elegimos hacerlo. A pesar de que para entonces, ya llevaban unos cinco o seis años separados. Generaciones y degenaraciones. Nos compramos sus cds, descargamos sus inéditos conocidos e innumerable cantidad de piratas. Vivos con un sonido paupérrimo. Pero en tal tema se lo escuchaba al Indio decir tal cosa. Aprendimos muchas canciones en la guitarra y pasamos horas en páginas web leyendo de qué hablaban sus canciones. Deliramos al respecto y las reinventamos según nuestras vivencias y nuestras percepciones. Sucede que Carlos Solari tiene un talento que contadas personalidades han logrado exponer a lo largo de la historia de la música popular argentina: la creación de frases, metáforas y aforismos que, aunque a veces indescifrables, golpean en un lugar demasiado efectivo para un adolescente. Un lugar que podríamos dar en llamar “las tripas”.

Ahí estuvimos siempre nosotros. Del lado de quien recibe. Al grano. Después de haber grabado “Gulp”, un disco casi artesanal producto de años de escenario y rodaje escénico, apareció “Oktubre”. Hace exactamente 30 años. A la luz del tiempo, ese trabajo resulta un disco realmente extraño. No sólo en la discografía de Patricio Rey sino en todo el rock argentino. Ya desde el icónico arte de tapa de Rocambole que cuenta con el dudoso honor de ser el dibujo más tatuado en las cárceles argentinas (el que no sabe, que pregunte) y la sirena del comienzo del disco, el trabajo abre el paso a una distopia post-punk que parece ser hecha por un grupo de beatniks delirantes. Mucha noche, mucha calle. El disco expone atmósferas musicales marcadamente dark y letras cargadas de frases cripticas pero a la vez demasiado sugestivas. “Para mi amor, esto está muy Shangai“, “practicamos tiro al pichón y un test para ir al espacio” o “esos chicos son como bombas pequeñitas”.

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La capacidad de el Indio para el slogan y la metáfora siempre fue de una calidad realmente superlativa. En “Oktubre”, probablemente esta capacidad haya alcanzado uno de sus puntos más destacados. Más allá de una o dos canciones que probablemente funcionen bien sólo en el contexto del disco como un todo, el segundo trabajo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota está plagado de canciones que se terminaron convirtiendo en clásicos absolutos del repertorio rockero medio argento. Para prueba, sólo basta repasar su lista de canciones. “Preso en mi ciudad”, “Ya nadie va a escuchar tu remera”, “Motor Pisco”, “Canción para naufragios” y el mayor hit de la historia de la banda y uno de los más coreados del rock argentino: “Ji Ji Ji”. La canción de “el pogo más grande del mundo”. Ingrediente fundamental de la mitología ricotera que se fue agrandando post-separación con los mega-multitudinarios shows-evento del Indio solista.

En las letras del disco se encuentran referencias más o menos claras a la Guerra Fría, al desastre de Chernobyl, a los medios de comunicación y al consumo de cocaína que imperaba en la escena de aquellos años. Ese todo conceptual sumado a un sonido frío, post punk, herencia de bandas británicas como Joy Division. Herencia que en nuestro país parecía tener a su máximo exponente en los Sumo, pero que también se podía sentir en agrupaciones como La Sobrecarga, Los Pillos, y en los experimentos de Melero, otro de los colaboradores en “Oktubre”. Desde sus teclados, el fundador de Los Encargados termina aportando aún más densidad al clima opresivo del disco. Durante esa época empezaron los intentos de cierta inteligentzia del rock local para comparar y contraponer a los Redondos con Soda Stereo. Una discusión nacida de los cruces verbales de los Soda con Luca Prodan y que se iba a intensificar hacia la década del 90. En retrospectiva resulta absurdo. Y la prueba de ello es el propio Melero, que ya había prestado un tema a la tríada Cerati, Bossio, Alberti para su primer disco (“Tratame suavemente”) y que puso los teclados nada más y nada menos que “Ji ji ji”.

 

A modo de síntesis se podría decir que, en este disco, los Redondos lograron condensar (a lo mejor sin proponérselo) a todo el rock argentino de los ochenta post primavera alfonsinista. Tanto en lo musical como en lo lirico, configuraron también lo que sería el futuro la banda hasta el final de sus días. Había desaparecido por entonces el optimismo al que le cantaba otro Carlos cuando decía aquello de “yo no soy mejor que vos, vos no sos mejor que yo” ni nadie estaba tan convencido de que la solución pasaba por “salir del agujero interior”. Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y la hiperinflación, que de paso se llevó puesta al 95% de la escena under del momento, anticiparon una década en que tanto la juventud como la Argentina en general iban a encontrar una nueva matriz expresiva con los redondos como principal exponente. Esa matriz que tendría al “rock como todo llanto”.