Hace unas semanas, una nota publicada en Chile tocó la fibra sensible de los roqueros autóctonos y se reavivó el debate. Gonzalo Fiore leyó, escuchó y pidió la palabra. ¿El rock está en crisis?.

“Me verás caer: la crisis del rock argentino”. Con ese título categórico el periódico chileno La Tercera publicó una nota en su sección Espectáculos hace unas semanas donde denunciaba la supuesta pérdida de creatividad e identidad del rock argentino, a la que se le suma la muy fácilmente comprobable perdida de dominio del mercado. Primer punto. ¿En qué lugar del mundo el rock sigue dominando el mercado?. Si para algo sirvió el artículo chileno, más allá de encender debates en redes sociales y promocionarse a sí mismo de una manera más que eficaz, fue reavivar una discusión que hace años se viene dando en el seno de los seguidores del rock y la música en general. Un fenómeno que no es propio de la Argentina. Segundo punto. ¿Qué tiene para dar hoy esta música de más de medio siglo de vida?. El dilema nos lleva a pensar si, acaso el rock no está llevando un derrotero lógico que llevaron las grandes músicas populares del siglo XX como el jazz, el blues, el folk o el reggae. El tango incluido, cuando en período de rompimiento,  las nuevas cimas creativas hasta “asustaban” a las mentes bien pensantes de las glorias de aquellos tiempos. Vamos a encontrar diferencias en esto. Mi opinión es que podríamos hablar de un período largo (1967-1983) el que justamente (y no por casualidad) conviven el surgimiento de otras músicas como el hip-hop y el techno, por un lado, y la estandarización y estancamiento que puede ser interrumpido por pequeños periodos de resurgimientos comerciales, por el otro. Artísticamente, el que sabe buscar, siempre va a encontrar buena música. En el rock, en el tango, y en lo que sea.

En la década pasada hubo muchas bandas argentinas que podrían hacerle frente a los grandes del género. Pez se cansó de hilvanar discazo tras discazo, y siempre con estilos diferentes. Un rock más popero en “El sol detrás del sol” (2002), haciéndose progresivos y ampliando la formación con dos teclados en “Convivencia sagrada” y “Folklore” (2000 y 2003), editando discos muy cancioneros como “Hoy” y “Pez” (2006 y 2010), mas metaleros como “Los Orfebres”, “Volviendo a las cavernas” y “El manto eléctrico” (2007, 2011 y 2014) o volviendo a la búsqueda de la canción perfecta en un disco titulado (oh! casualidad) “Rock Nacional” (2016) donde desde el arte de tapa inspirado en la mítica revista Pelo juegan con recuperar la tradición de ese viejo rock argentino que supuestamente tan en crisis está. Pez es una banda que suena como una locomotora y que tiene lo más importante que puede tener una banda, canciones incontestables. Lo de Minimal –ahora Sanzo- es un caso aparte, el tipo no solo se dio el lujo de sacar todos esos discazos con Pez, sino que también grabó uno de los mejores discos de la primera década del siglo 21 con otros dos gitantes de la canción como son Manza Esain y Flopa Lestani, un disco que le dio puntapié a toda una escena y que puede hacerle frente a cualquiera de los clásicos de la historia del rock argentino. Ya con solo poner a Pez, Valle de Muñecas, Flopa, Futbol, Acorazado Potemkin, El Mató y gran parte de la escena indie de La Plata, vemos que el rock argentino no está en crisis ni mucho menos, al menos no tan en crisis como ya lo estaba en los 90. Lo que puede estar en crisis es un modo de consumir la música, y obviamente el rock, que ya no es más la música que moviliza al sector mayoritario de la juventud. Eso sucede en todo el mundo, y es más que lógico.

Con el rock sucede una particularidad que no sucede con el jazz o el blues. El rock surge como una música eminentemente joven y por lo tanto rebelde. Tercer punto. ¿Qué pasa cuando el rock se hace viejo?. Este año, el escriba tuvo la oportunidad de ver en pocos meses a los Rolling Stones, a Paul McCartney y a Public Image Ltd. Todos hombres adultos que podrían ser mis padres o abuelos. Más de 70 años en el caso de los Stones y Paul, 60 en el caso de John Lydon, el hombre fuerte de PIL y viejo defensor del “anti rockismo”, no es casualidad que terminados los teloneros y antes de entrar la banda lo único que sonaba era electrónica, disco mutante, dub, y hip-hop. La conclusión obvia es que suenan muy bien, que pueden dar recitales de más de tres horas, se mantienen ridículamente jóvenes para su edad, y uno sabe que está frente a la historia viva del siglo XX, pero uno también es plenamente consciente que sus mejores años ya pasaron y que no está frente a la próxima gran revolución musical. Creo que sentiría esa excitación propia de estar frente a algo verdaderamente nuevo, frente a un artista en la cima de sus posibilidades si estuviera viendo a alguien como Kendrick Lamar o Frank Ocean, pero lo más parecido que sentí de estar frente a una banda que va a ser realmente grande, sino lo es ya, fue viendo a El Mato a un Policia Motorizado el año pasado. En pleno 2015.  Seguramente esa misma sensación, la que tuvimos todos la primera vez que escuchamos a los Ramones o a Charly o a los Redondos, la debe estar teniendo algún pibe en algún bar o casa de Londres, o de New York, o de Jamaica o de Finlandia, o La Plata o de Córdoba o de Jujuy, viendo al próximo artista que nos va a romper la cabeza a todos. Me animo a apostar a que no va a ser un músico de rock, pero si va a ser rock.