El rosarino Pedro Reñé anduvo por la ciudad y aprovechamos para conversar un rato con él.

Hace un par de semanas, Pedro Reñé pasó por Córdoba. Casi silencioso y con andar cansino, trajo un puñado de sus muchas canciones, y se llevó otras a Villa María. Como de paso, en el viaje de vuelta a casa. Esa casa, su casa, es Rosario. Desde hace cinco discos, Pedro anda llevando sus canciones por esa ciudad cargada de talentos y mitologías. Con la excusa de bucear sobre esas canciones, su presente y el presente rosarino, nos sentamos a conversar con uno de los cancionistas que circulan por aquella escena desde hace años, cruzado por la humedad del Paraná, la noche, el pasado mágico y la actualidad compleja.

Otra Canciòn: El último disco tuyo apareció el año pasado y me parece que ahí hay una gran mixtura entre lo que conocemos como el ADN de la canción rosarina y el universo de la canción latinoamericana que viene siendo habitual en muchos artistas argentinos en las últimas decadas. ¿Coincidis?
Pedro Reñe: Mi disco “Cardumen” que salió en noviembre del 2014, tiene canciones que nadan en el mar de la canción latinoamericana, claro. Uno está sumergido en el aire que respira, en las palabras que lo circundan, en la atmósfera del río que genera el rocío de la madrugada. Uno está inmerso en las ilusiones comunes, en las ganas de hacer un “nosotros”, en los pequeños heroísmos cotidianos, que ocurren silenciosamente en la ciudad: cada día una mujer embarazada sube a un colectivo, un chico de la calle comparte su pan y un malabarista en un semáforo pone a la vista de todos, esa fragilidad que abriga un instante. Un disco es tan silencioso como un bosque al crecer, porque aunque subas el volumen lo taparán las noticias tremendas de los mediodías, pero puede ser tan indispensable como la convivencia que aún tenemos que aprender, cuando las dictaduras son cotidianas como las balas en los barrios. Un disco es una convivencia deseada. Claro que tiene a Rosario en cada canción, porque uno es una ciudad y es la forma de ir reciclando las palabras que se escuchan a la salida de los bares, en las historias que sólo cobran sentido en una guitarra, en el prisma de una Latinoamérica colorida que transmuta la luz en un arco iris de sonidos.

OC: ¿Dónde te sentís más cómodo?
P.R: En el pasado me siento cómodo. En una vieja canción de Folklore, o en un Tango que escucho en alpargatas, pero no se trata de estar cómodo nomás. Yo canto para interrogar al tiempo. Y, a veces canto y no me siento cómodo, me muevo, voy a una ciudad y a otra, de un corazón con sonrisa al sonido hueco de una sala vacía, habitada con los fantasmas somnolientos que me dicen “qué hacés vos con esa guitarrita” Definitivamente no canto por comodidad. Lo hago porque aunque parezca que el libro de la vida esté escrito y que tengamos que vivir bajo el control de las grandes corporaciones en esta libertad bajo fianza de un sistema feroz, siempre quedará un margen de la hoja y dibujar un corazón.

O.C: Son cinco discos ya y, quien te vio en vivo, sabe que cargas con algunas canciones de esas que se corean y han logrado trascender ¿Dónde te sentís vos?
P.R: Siempre estoy empezando, en materia de difusión, no voy paso a paso sino que no paso del primer paso. Mis canciones guardan el anonimato de las fotos viejas en blanco y negro en esas que intuimos una abuela, pero no sabemos quién es la que está al lado. Quizás algunos corean, sí, pero no saben qué corean. Soy el autor de los textos de los papeles de reparto, lo que digo tiene un protagonismo tan fugaz como una secuencia de una estación de tren en una película antigua. No es un problema mío, es una época donde las grandes gestas duran lo que dura una borrachera y las grandes famas son tan absurdas como el éxito de “Operación Triunfo”. Mejor esquivar la gloria en estos tiempos, lo prefiero así. Nos toca vivir la era de la insignificancia. Lo que construimos y no es insignificante, es silencioso entonces. Alejado de los coros, cercano a una vibración artística y paciente, que nos permite vernos a la cara y reconocer algo de dulzura, y cantar sí, sin aspavientos.

O.C: Recién hablamos de la canción de Rosario, entendiendo eso casi como un género en sí mismo. ¿Cómo es la canción rosarina actual?
P.R: A mí me encanta salir por Rosario y escuchar bandas y solistas, lo disfruto mucho. Quizás una ciudad peligrosa y nostálgica le haya puesto candados y alarmas a la creatividad y la gente repase en lugares cerrados y seguros las medallas de batallas que ya no le importan a nadie. Aun así, disfruto de estar acá.

O.C: Aunque muy cerca, los cordobeses estamos lejos de todo lo que pasa allá ¿Qué tendríamos que conocer para adentrarnos en el universo en el que te movés habitualmente?
P.R: Cuando se inauguró la autopista Rosario – Córdoba, en la mitad, de ese trayecto, cantaron La Mona Jiménez y Fito Páez. Pensemos esos dos ídolos: la Mona, vive y respira a Córdoba, es fernet y cuarteto, Fito busca ser internacional, como si el puerto que está en la entrada de la ciudad le sirviese de metáfora para intentar un viaje incansable persiguiendo al horizonte. Todos aprendemos si transitamos la autopista hecha con canciones…

O.C: ¿Qué cosas de todo este tiempo con la música sabes que te van a acompañar por siempre?
P.R: El amor. Es un instante huidizo y fugaz, es esa sonrisa de una chica linda, es ese acorde que te pareció que iba, esa letra que te emocionó, ese escote que no podes dejar de mirar. No me llevo nada que no sea una nueva canción por escribir.

O.C: ¿Cómo estás en materia de creación? ¿Qué cosas te conmueven? ¿Por dónde andan las nuevas canciones? ¿Las hay?
P.R: Esta nota es una canción, un puente entre el hoy y la posibilidad remota de que alguien lea estas palabras entredichas en una madrugada de este 2015. La noche “abriga” una canción, aunque la ciudad se empeña en hacer más difícil que veas las estrellas. Hay canciones nuevas sí, hay una dulzura inmensa al agarrar la guitarra por la cintura y rascarle la panza y hacer propia una canción ajena o viceversa. “¿Cómo era aquello que yo escribí?”, porque no me pertenece, sólo me pertenece el asombro, la inquietud, el desafío, o sea lo que me pertenece es justo aquello que no tengo. Como el amor, que sólo se conserva si no se amarra, como dijo Drexler…