Se cumplen 10 años de la trágica noche que se llevó 194 y marcó un quiebre en la cultura argentina. ¿Qué cambió?

Cuando se aproxime la medianoche, en muchas cabezas volverán a retumbar los gritos, las sirenas, los rastros de la desesperación. Hace una década, la cultura argentina toda (y la roquera en particular) se veía jaqueada por la implosión de un puñado de prácticas y comportamientos que terminaban de la peor manera. Fueron 194 los muertos, y miles las víctimas. Las bengalas, el rock de hinchadas, la corrupción, la avaricia y la irresponsabilidad estallaron aquella noche en una combinación (ya se ha dicho, no hay metáforas más amplias ni exactas) fatal.

El fuego y la muerte en República de Cromagnon fue uno de los últimos coletazos de una sociedad pauperizada, con base en un innegable deterioro social y económico en la que la mayoría de aquella generación de seguidores del grupo Callejeros habían crecido y se habían formado. Ese factor que aparece como determinante en todos los análisis que patean el tablero, desconoce las responsabilidades individuales y colectivas que en este lugar le corresponde a las propias víctimas, a la propia banda y a nosotros mismos como jóvenes y como sociedad. En el análisis puntual de los hechos, nadie debiera dejar de lado que todos los engranajes del sistema hicieron todo para que lo que sucedió, precisamente, suceda. Están los irresponsables y los que se aprovecharon. Están los que no se dieron cuenta y avalaron en silencio y los que encontraron en ese escenario la mejor forma de amplificar ganancias y beneficios. Alguien prendió una bengala en un lugar cerrado, con 3 mil personas alrededor, ¿es él el único responsable? Claro que no. Si durante años se fomenta disparar al aire como metodología de festejos, el dueño del arma de la bala perdida que termina en la muerte de alguien no es el único responsable, ni es un asesino. A lo sumo, un responsable más de una prática suicida. Y el uso de elementos pirotécnicos (ya sea en lugares cerrados o abiertos) en medio de concentraciones colectivas es una práctica suicida (colectiva). Esa es una discusión que se presentó (con resultados variables, contradictorios, siempre pocos) en la Justicia pero que todavía parece escaparle a la reflexión colectiva de la sociedad. Tan acostumbrada a señalar y a necesitar responsables. Hace apenas semanas, Omar Chaban murió en prisión. Patricio Fontanet y la mayor parte de los Callejeros continúan en libertad aguardando que una tercera instancia de la Justicia determine su futuro. Su manager, Diego Argarañaz, está preso. Los funcionarios que firmaron las habilitaciones recibieron penas menores. Anibal Ibarra fue destituído. Así están las cosas en materia de responsabilidades señaladas.

Cromagnón nunca se calmó. Nunca pasó. Siempre está presente y sus consecuencias culturales se ven un poco más desde la perspectiva que permiten los años. Inmediatamente luego de que la infausta noticia se adueñó de todas las opiniones y análisis de a quien se le ocurriese hacerlo, los manotazos dibujaron un mapa que atacó las consecuencias. Buscó efectos inmediatos y el cierre de los locales nocturnos (sobre todo aquellos que ofrecían espectáculos de música en vivo en su propuesta) se extendió a todo el país. Los golpeados, otra vez, fueron los pequeños. Los artistas emergentes, los pequeños proyectos, las génesis de experiencias colectivas que podían imaginar algún tipo proyección veían truncadas todas sus posibilidades expresivas en pos de “la prevención” (esa misma que nunca se tuvo en cuenta en la previa. Ni por los unos ni por los otros). En medio de eso, los que ganaron fueron las expresiones de esa cultura que, colateralmente, se veía fortalecida. Sólo se podía tocar en estadios, sólo quedaba espacio para las grandes manifestaciones multitudinarias, para los últimos suspiro del rock de las canchas, para la confirmación del mercado del festival. Córdoba fue una plaza paradigmática. Sólo un pequeño puñado de espacios quedaron habilitados, sólo un ínfimo número de proyectos pudieron expresarse en su emergencia. A la par, el festival de rock más grande del continente vivía su apogeo apenas unos kilómetros más allá.

Con el paso de los años, el resurgimiento cultural pudo más que aquellas recetas. Porque supo reinventarse y adapatarse a esas nuevas formas que la realidad imponía. Fue el fin de aquellas formas de comprender el rock y las formas de expresarlo que fueron decayendo en pos de otros formatos que se diseminaron y encontraron sus propios espacios que fueron naciendo desde la nada. Una década despùes, parece ser que ya no hay lugar ni espacio para manifestaciones tales como las bengalas y el aguante (o al menos, en las magnitudes que supimos conocer). Hoy, la cultura de las generaciones que van sucediéndose parecen haber comprendido de los errores del pasado.

Obviamente, incluso en estos casos, están los que resisten.