A 37 años del golpe de Estado de 1976 Otra Canción recuerda uno de los momentos claves para entender la conflictiva relación entre la juventud, la cultura rock y los militares en el poder.

En Noviembre de 1977, el Almirante Emilio Massera dio un discurso en la Universidad del Salvador, e instó a no seguir el ejemplo de los jóvenes «que se inician en el rock y derivan en la guerrilla». Lo que Massera dijo marcaba un antes y un después en la vida de la cultura rock en medio de la dictadura. En aquel discurso, se comenzaba por resignificar el sentido de la universidad: “En una etapa de la historia del hombre que se caracteriza por un impulso hacia la fragmentación, la universidad debe constituirse en el centro vital que reagrupe la información pluralista, para devolverla procesada en el sentido de unidad y no de diversidad.” Para luego alertar sobre la situación de la juventud: “Los jóvenes se tornan indiferentes a nuestro mundo y empiezan a edificar su universo que se superpone con el de los adultos sin la menor intención (al principio) de agredirlo deliberadamente. Es como si se limitaran a esperar con toda paciencia la extinción biológica de una especie extraña e incomprensible; mientras, hacen de sí misma una casta fuerte, se convierten en una sociedad secreta a la vista de todos, celebran sus ritos (la música, la ropa) con total indiferencia y hoy buscan siempre identificaciones horizontales, despreciando toda relación vertical (…) Después, algunos de ellos trocarán su neutralidad, su pacifismo abúlico, por el estremecimiento de la fe terrorista, derivación previsible de una escalada sensorial de nítido itinerario, que comienza con una concepción tan arbitrariamente sacralizadora del amor, que para ellos casi deja de ser una ceremonia privada. Se continúa con el amor promiscuo, se prolonga en las drogas alucinógenas y en la ruptura de los últimos lazos con la realidad objetiva común y desemboca al fin en la muerte, la ajena o la propia, poco importa, ya que la destrucción estará justificada por la redención social que algunos manipuladores (generalmente adultos) les han acercado para que jerarquicen con una ideología, lo que fue una carrera enloquecedora hacia la más exasperada exaltación de los sentidos”. Finalmente, el Almirante que ya por aquellos años comenzaba a autoproclamarse como “el político” dentro de la Junta de Gobierno, daba un cierre a su discurso con un silogismo en el que nuevamente aparecían las razones que guiaban su accionar: “Estoy verdaderamente persuadido de que la malversación del pensamiento y la inestabilidad de los valores en la gente joven son las consecuencias más destructivas de la llamada crisis de seguridad que definen a nuestra época” mientras invitaba a los jóvenes a construir una “República concebida como una estructura Moral y una estructura Cultural destinadas a contener y expresar a una comunidad”
Ahí estaba la juventud roquera. Esa lectura que Massera hacía de la situación joven hacia finales de 1977 daba cuenta de que una vez eliminado, o al menos herido de muerte, el campo de la militancia armada en la juventud, había que comenzar a prevenir riesgos. Y el rock era algo peligroso. Sus ideas, sus rituales, sus basamentos de permanente quiebre generacional no eran algo muy bien visto en aquella argentina de finales de década.