El viernes 18 de octubre a las 21 Los Tabaleros presentarán Chuy en el nuevo Club Paraguay. La banda nacida en Tucumán y actualmente radicada en la Ciudad de Buenos Aires se presentará en Córdoba con su original propuesta que hace honor al folclore desde una impronta punk y rockera.

Creando un imaginario natural, con un espíritu salvaje y atrevido, Los Tabaleros lograron crear un repertorio que, dividido en dos partes (Lado A y Lado B), remite a una provincia imaginaria, sensual y colorida donde el calor y la energía se desenvuelven de forma épica.

Lanzarlo en dos partes tiene que ver con la resistencia que teníamos con hacer un log play en una escena en la que el disco ya no tiene el mismo valor que supo tener en algún momento. Hoy, se volvió a un esquema como el que había en los 60, cuando el valor estaba puesto en las canciones que salían de modo separado. Teníamos un concepto que desarrollar, que era Chuy, y decidimos hacerlo en un vinilo imaginario en el que se presentaba el Lado A y el Lado B” afirma Beto Martínez, cantante de la banda, en diálogo con Otra Canción.

O.C: ¿El concepto se trabajó desde un primer momento o se fue armando a medida en que fueron aparecieron las canciones?
B.M:
Lo teníamos pensado desde un primero momento, sólo que en el Lado B nos quedó espacio para agregar algunas canciones nuevas que fueron incluidas en el trabajo definitivo. Para la primera parte, incluso, convocamos a Mariano y a Mosca de Los Auténticos Decadentes, cuya experiencia representó para nosotros una gran experiencia y un enorme aprendizaje. Al ser dos personas que tenían mucho de música de raíz, pero no son productores del estilo específicamente, encontramos aires de frescura que quisimos seguir contagiando del Lado B. Entonces, de algunas canciones que veníamos ya trabajando, se sumaron otras que terminamos de componer en el proceso mismo de la grabación del trabajo. Por eso, también, el disco salió en dos partes.

O.C: Contame cómo surgió el concepto que aparece en Chuy.
B.M:
La idea surgió a partir de resignificar el concepto. Chuy significa frío y, nosotros, escuchamos esa expresión de nuestros abuelos que se referían al frío de las mañanas de invierno en Tucumán. Nosotros, pensamos ese Chuy a partir del frío de la cerveza adentro de una bombucha estallándote en la espada durante un verano porteño. En esa búsqueda del verano imaginario, que siempre es felicidad y para nosotros tiene mucho de provincianía, imaginamos algo así: un mundo feliz y siempre maravilloso. En ese lugar que nos imaginamos empezamos a crear un nuevo lenguaje que va desde la búsqueda de elementos novedosos para el género hasta el trabajo súper profesional que nos congratula poder interpretar en vivo. También hay piezas de fantasía absoluta, como la mujer de “Aguará guazú”. De todos modos, me parece que la búsqueda de lo ecléctico es lo que mejor nos sale hacer y que, a partir de ahí, podemos ofrecer un bombón para cada consumidor.

O.C: ¿Cómo se hace para que el eclecticismo no desemboque en un pastiche y se logre convertir en una marca propia de la banda?
B.M:
Me parece que el primer acierto que tuvimos en dedicarnos 10 años a hacer folclore tradicional. Éramos muy sesgados y tradicionalistas, tocábamos vestidos de gauchos, al aire y sin enchufar absolutamente nada durante casi una década. Una vez que eso fue nuestro lenguaje, todo lo que quisimos hacer después, y que tuvo que ver con nuestras vivencias en Buenos Aires, se fue dando de un modo muy natural. Entonces, cuando vomitamos, vomitamos folclore, por más que lo hagamos pensando en Sumo, en Atahualpa, los Beatles o Los Ramones. Ese es nuestro lenguaje.

O.C: En una nota que apareció publicada en La Nación dijeron que “el rock está en el folclore”. ¿Es eso una definición?
B.M:
Me parece que el rock supo tener una especie de rebeldía que se fue perdiendo. Hoy, van familias enteras a ver rock en butacas más cómodas que el cine. Entonces, es posible que esa rebelión que tenía el rock se encuentre en otros lugares. De la misma forma, los folcloristas tuvieron siempre su comunión con la muerte y todos sabían que el tipo que andaba con una guitarra colgada, llegaba a su casa amanecido. Me parece que todo está adentro de una postura de entrega total a la obra y en esa el folclore ya estuvo y va a seguir estando. Para mí no hay nada más rockero que un folclorista y, si no, búscamelo a Horacio Guaraní y comparámelo con cualquier músico del rock nacional. Hablo en el sentido de la adrenalina del rock, por lo demás, me parece que toda la música que se hace en nuestro país es genial y tienen una profundidad muy grande atrás.

O.C: ¿Cómo les fue con los públicos cuando decidieron ir dejando la faceta más tradicional y empezaron a trabajar desde otros estilos?
B.M:
Hay un punto de inflexión en alguna parte de la primera década del 2000 en donde la gente se puso a escuchar música de un modo más aleatorio. Antes de eso, había un par de generaciones que se habían caracterizado por la división en tribus urbanas o grupos específicos. Si vos eras fan de Los Fronterizos, jamás ibas a ir a ver a Los Chalchaleros, como si eras fan de Soda Stereo nunca ibas a ir a ver a Los Redonditos de Ricota. Eso se fue dejando de lado porque los chicos escuchan música de otra manera. Ese eclecticismo hizo que ganemos todos, sólo hay que sabe llegar.

O.C: ¿Cómo fue el paso de la provincia a la gran ciudad?
B.M:
Bueno, a nosotros nos cambió desde la raíz. Queríamos hacer música tradicional en Buenos Aires y no teníamos lugares para poder interpretar. Entonces, tuvimos que empezar a reinventarnos y a tocar en cualquier lugar que fuese surgiendo, en clubes, en casamientos o en geriátricos. Tocamos donde quisimos tocar y, de esa manera, fuimos logrando tener nuestro público y pudimos crear una voz propia. Ese desarrollo que surgió en el momento en que no teníamos dónde tocar, cosa que no le deseo a nadie, fue muy importante para nosotros. Duró 9 años y fue lo que nos obligó a dejar de llamar a Jaime Dávalos para ser profundos y empezar a reventarnos el mate y buscar algo con una voz actual que pudiese desarrollarse en Buenos Aires.