Una de las voces más importante del blues en la Argentina falleció hace un año, al despistarse el auto que conducía en la autopista Córdoba-Rosario.

Al menos para dos generaciones, la voz de Adrián Otero es emblema del blues hecho en nuestras pampas. Sus canciones, desde las altivas en los  ranking radiales a las escondidas en discos encontrados en bateas de saldo, representan un pedazo fundamental de la música popular de nuestro país. Los apotegmas del género en la Argentina deben rastrearse a finales de la década del sesenta. Javier Martínez, alma mater del trío Manal, adaptó el sonido blusero al arrabal porteño dando origen al formato que podemos denominar “blues argentino”. Cuando la estrella de aquél pionero se fue desvaneciendo de la escena masiva, la posta fue tomada por varios artistas y allí aparece la voz arenosa, ventricular, arrabalera y sentimental de Otero. Esa voz, fue al formato blusero nacional lo que fueron la ejecución y los arreglos disparados desde el cráneo y la guitarra de Pappo.

Otero fue Memphis, desde el nombre y desde la referencia.

 

Memphis La Blusera se formó a finales de los setenta. Otero se sumó un poco más tarde e inmediatamente se hizo cargo de las principales composiciones y se convirtió en la cara visible de la banda. Surgidos en el barrio de Mataderos, la raigambre arrabalera estuvo presente desde sus comienzos. Las crónicas de los primeros espectáculos en vivo retratan a muchedumbres populares coreando las canciones que lentamente se fueron metiendo en el inconsciente colectivo de un Buenos Aires que se arrancaba el corset militar para explotar en alegría, pero también para relatar las historias de los claroscuros de las clases populares. Entre esos conceptos se asentó el primer público de Memphis que lentamente se fue masificando, fue rompiendo fronteras y traspasando barreras.
Antes de ingresar a la banda, Otero supo ser un inquieto estudiante de psicología y un intrépido aventurero que un día había partido a recorrer el mundo. Se ganó la vida entre diferentes oficios hasta que retornó al país en 1980, cuando adoptó el papel que lo iba a acompañar por el resto de su vida.
Con el paso de los años, Memphis fue alternando su apego a las historias de tinte social y arrabalero. Sus canciones comenzaron a centrarse en historias de amor y el lunfardo dejó lugar a las expresiones coloquiales masificadoras del mensaje. Lo que siempre estuvo presente fue el énfasis en los derroteros y la oscuridad de los personajes. De alguna manera, la esencia blusera nunca se apartó del estilo propio de la banda, más allá de cierta adaptación pop y postura roquera de mainstream.

 

Los éxitos se fueron sucediendo, la voz de Otero se convirtió en música de fondo para sketchs televisivos y películas de repercusiones grandilocuentes. Pero a la par del crecimiento, fue fertilizándose el camino del hartazgo. La banda se disolvió en el 2008, cuando su líder decidió dar un paso al costado y continuar el camino en soledad.

Tenía 54 años cuando  estaba cerrando la edición de su segundo disco que se va a llamar “Jinete del Blues”. El disco era un homenaje a las canciones que, en clave de blues, podían ubicarse en un diálogo permanente con su carrera. Un vuelco con su automóvil puso final a su carrera a la altura de la localidad de Ballesteros, en la autopista Rosario-Córdoba.

(Publicado originalmente por el autor en Revista “El Sur” – Junio de 2012)