El mejor recital de mi vida”, así definió Louta al concierto que lo tuvo como protagonista el pasado sábado en Studio Theater.

Las entradas que se agotaron un mes antes de la función y que obligaron a los organizadores a sumar otra, que se desarrolló en la trasnoche del viernes, anticipaban un clima de hermandad entre público y artista que viene desarrollándose desde el minuto cero en que Jaime James pisó suelo cordobés. Con el paso de los años, esa relación se fue fortaleciendo al punto tal que el propia artista señala, sin cassette, que son los escenarios mediterráneos los que más gusta habitar a lo largo del país. Esa simbiosis no es producto de la casualidad.

En gran medida gracias a la marca La Nueva Generación, Córdoba se ha convertido en uno de los faros de la renovación musical y estética que se viene experimentando en nuestro país desde hace al menos ocho o nueve años. Al puñado de artistas locales que empezaron a copar la escena nacional se fueron sumando un manojo de referentes que parecen tener el sold out asegurado desde el momento mismo del anuncio de sus presentaciones. En tiempos de debacle económica y de costos de vida cada vez más estratosféricos, el dato no deja de ser significativo. Basta con tomar lo sucedido este año y enumerar lo que pasó con los conciertos de Bandalos Chinos, Juan Ingaramo, Ca7riel, Alex Anwandter o El Kuelge, para dar cuenta de tal fenómeno.

En ese contexto, Louta es una especie de Targaryen ingresando al Trono de Hierro. Viene con un montón de verdades en sus manos, dispuesto a enfrentarse a cualquiera pero también a abrazarse a todos. Acompañado de cientos de miles que a su lado se sienten libres, escuchados y, sobre todo, representados. Puede que la música no se trate de eso pero cuando fenómeno acontece, hay algo cuyo tamaño suele ser difícil de magnificar en tiempos presentes.

Louta rompe todo lo que se cruza y lo hace con férreo deseo constructivo. Así lo hace en sus discos y sus canciones. Eso parece decir la letra grande del contrato que logró firmar los públicos que se reúnen alrededor de su obra: nada de lo que se escuche en el paso siguiente tendrá una fácil referencia con lo que había más atrás. Entonces, el big bang permanente y el estallido emocional a la orden del momento.

Con Louta en el escenario se baila como la última vez, se dicen cosas que empujan a la reflexión a partir de la agudeza de los comentarios, las parejas se abrazan y se besan como si tuviesen la certeza de no volverse a ver y también hay quienes dejan que la piel de gallina se les manifieste en los lagrimales. Todos cantan, todo saltan, todos gritan. Todos con el celu.

Lo de Studio Theater fue una fiesta de esas cuyas características la puede hacer imaginar interminable, pero que tan sólo duró una hora y pico. Que no quería terminar. A la que hubo que agregarle una función adelante y dos temas atrás. Porque el público no se quería ir, y el artista tampoco.

Este comentario puede parecer exagerado. Fue escrito casi 72 horas después del concierto para evitar el remolino de emociones que complejiza las formas en que nuestro cristal dibuja las imágenes que el cerebro luego decodificará. Es simplemente una foto de un momento que alguna vez alguien se tomará el trabajo de poner en valor. Sin euforias, sin demagogia y sin heaters.