El super trío regresa a la ciudad a presentar su quinto disco en el Centro Cultural Graciela Carena.

Cuando todo comenzó, allá por el año 2004, era imposible catalogar a Gran Martell con otro nombre que no sea el de supergrupo. La alineación era algo realmente llamativo en cuanto a la contundencia curricular que servía de prolegómeno para un sonido que iba a explotar aún más que lo que esas expectativas auguraban.

Jorge Araujo, Tito Fargo y Gustavo Jamardo representaban la reunión de los colores musicales nacidos a lo largo de tres décadas de under porteño y elevados a categoría mitológica a partir del paso de los años y la historia. El más conocido por las generaciones de los grandes públicos es Jorge Araujo, el tercer batero de Divididos que ingresó luego de la partida de Federico Gil Solá y protagonizó los capítulos que marcaron el ascenso definitivo del grupo a la masividad. Tito Fargo, el guitarrista, fue parte estable de la Hurlingham Reggae Band (la banda de reggae de Luca Prodan); integró Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en la etapa que desembocó en el primer disco “Gulp” (de hecho, toco guitarras en ese LP) y fue esporádico guitarrista de Sumo, cuando Daffunchio no estaba. Gustavo Jamardo, por su parte, fue uno de los Porco, una banda fundamental del hardcore porteño nacida en Mataderos y en la que hizo sus primeras armas como cantante Gabo Ferro, antes de convertirse en el cancionista que hoy conocemos. Todos hicieron otras cosas, claro está, pero desde el arranque los laureles presentados fueron el destacado que siempre los persiguió. No como carga, pero sí como compromiso. Cada uno que puso un disco de Gran Martell, o fue a verlos en vivo, siempre supo lo que se disponía a escuchar.


Desde sus comienzos el trío se paró ante la obra apostando a una identidad anclada en los sonidos y colores característicos de las formas que moldearon el movimiento roquero autóctono. Pero no parecieron hacerlo desde una búsqueda demasiado ambisiosa sino desde una perspectiva filosófica. La calidad artística percibida en la ejecución no resiste discusión, pero eso tiene que ver con otra de las característica que unifica los tres perfiles que se cruzan en la formación de Gran Martell: la libertad. El primer disco homónimo del años 2005, de hecho, se grabó en una sola toma. El último, “4” de este 2017, en dos días. De todos modos vale destacar que, según contó el baterista a la Agencia de Noticias Telám hace unos meses “el trabajo de coordinación de la idea original fue de casi un año. El disco se grabó en dos días en cinta abierta” dijo Araujo. “Un día, sin ningún tipo de pautas en general, y el otro, grabamos las canciones que estaban pautadas, que eran cinco o seis. Es decir, se grabó en dos días pero hubo casi un año de preproducción y un año de post“.